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La Iglesia Militante en comunión con la Iglesia Purgante
Un deber familiar, por encima de cualquier otra consideración, honrar a sus muertos.


Por: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.net



Vivimos inmersos en “el presentismo”. No queremos saber nada del pasado y del futuro, lo que nos importa es poder disfrutar el momento fugaz que la muerte puede arrebatarnos en cualquier momento, según ha venido a recordarnos la pandemia del coronavirus. La muerte, según Heidegger, representa la última de nuestras posibilidades humanas, pero una posibilidad tan cierta que nadie puede eludir. “Mors certa, hora incerta” decían los antiguos. Por esta razón la muerte en nuestra cultura es vista como un elemento perturbador que nos intranquiliza y tratamos como sea de librarnos de ella ocultándola, no pensando en ella, haciendo como si no existiera, como el niño que piensa que cerrando los ojos el peligro desaparece.

Nada más nacer hemos emprendido la marcha hacia la muerte y cualquier edad es buena para que este acontecimiento se produzca, porque en realidad la muerte viene a ser una parte inseparable de la vida, todo viene a ser parte del mismo guión que ya está diseñado. Si al menos los hombres pudiéramos decidir cuándo y cómo queremos morir… ¿ Por qué, Señor, no nos dejas elegir al menos la fecha y las circunstancias de nuestra muerte? Pero bien pensado, mejor dejarlo todo en tus manos y decir con Jorge Manrique: “Consiento en mi morir/ con voluntad placentera/ clara y pura/ que querer hombre vivir/ Cuando Dios quiere que muera/ es locura.

Como complementación a la festividad de Todos los Santos la Iglesia ha reservado el 2 de noviembre para la conmemoración de “Los fieles Difuntos”, cuando el esplendor de la Naturaleza se ha marchitado y la tierra se viste con un sayal pardo de penitente que invita a la reflexíon. La celebración de este día de difuntos va asociada a la comunión de los Santos y nos trae a la memoria la preparación o purificación de las almas antes de presentarse ante su Divina Majestad. Ha pasado el tiempo de merecimiento para ellos, pero desde aquí abajo los que estamos en la lucha podemos ayudarlas con nuestras oraciones, para que la espera no se prolongue, ni sea tan gravosa, pero sobre todo la conmemoración de los fieles difuntos nos trae el mensaje esperanzador de que nuestra aventura humana no acaba con la muerte. Si cierto es que nacemos para morir, no es menos cierto que morimos para renacer a la vida eterna. Todo lo bueno, hermoso y gozoso, que aquí abajo lo disfrutamos a cuenta gotas, lo tendremos de forma sobreabundante, cuando hayamos traspasado las barreras del tiempo.

El origen del culto a los difuntos viene de muy atrás, podíamos decir que es tan antiguo como la aparición del hombre sobre la tierra, llegando a ser en algunos pueblos como el Egipcio el núcleo central de su cultura. Como celebración específicamente cristiana constatamos como desde sus comienzos existía la costumbre de grabar en los dípticos el nombre de los fieles fallecidos. En el año 998 el abad Odilón introdujo la conmemoración de los fieles difuntos para todos los monasterios bajo la jurisdicción de la abadía de Cluny. Roma en cambio tardaría un tiempo en incorporar a la liturgia esta festividad hasta el siglo XIV.

El culto a los muertos de una forma o de otra es una de las tradiciones más arraigadas, que con el paso del tiempo no ha perdido fuerza, a pesar de que la celebración de Halloween pagana y carnavalesca intenta abrirse camino y desplazarla, pero la realidad es que por el 2 de Noviembre todos los hombres y mujeres de cualquier clase condición o creencia sienten como un deber familiar, por encima de cualquier otra consideración, honrar a sus muertos. El Halloween como mucho podrá distraernos con una representación macabra y espectral de la muerte llena de mal gusto, pero lo cierto es que nunca podrá desposeer a la festividad de los fieles difuntos  de su sentido trascendente.









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