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Llamados a ser uno con el Señor
Reflexión del domingo XXVIII del Tiempo Ordinario Ciclo A


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos» (Mt 22,14)

Me alegra el Señor en este domingo con la liturgia de la Palabra y el sacramento de la Eucaristía porque nos anuncia en el día de hoy que nos invita a unas bodas, y no como invitados espectadores más de ese acontecimiento para que le acompañemos, sino que el Señor quiere desposarse con cada uno de nosotros porque nos ama: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5,31-32). Si ya los invitados a la boda requieren un protocolo y una forma de estar adecuada en la ceremonia, tal y como se narra en el evangelio de hoy, cuánto más deberá ser para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia, Esposa de Cristo, llamados a SER UNO CON EL SEÑOR.

Para ser una sola carne con el Señor, no sólo es necesario dejar al padre y a la madre, sino toda idolatría que impida esta unión. El Señor va haciendo esta purificación de forma progresiva pero nos invita seriamente en este día a tomar en serio y vivir con profundidad nuestra relación esponsal con Él, purificándonos e invitándonos a colaborar con Él en ese proceso de purificación de tanta vanidad con la que a veces vivimos, no siendo precisamente UNO CON Cristo sino con los ídolos de la fama, del reconocimiento, del dinero, del éxito, del poder: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo! ¿O no sabéis que quien se une a la prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues está dicho: Los dos se harán una sola carne. Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con Él» (1 Co 6,15-17).

Así, el Señor nos hace una llamada personal a escondernos con Él en el silencio de su amor siendo una sola carne con Él. «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).

Me alegra mucho y nos invita esta Palabra a «dar gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (Sal 117,1); porque no se escandaliza de nosotros, de nuestro pecado, sino que nos ama y quiere ser UNO CON CADA UNO DE NOSOTROS.



Resuenan en mi corazón las palabras de Isaías: «Porque como a mujer abandonada y de contristado espíritu, te llamó el Señor; y la mujer de la juventud ¿es repudiada? - dice tu Dios. Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré» (Is 54,6-7); «No se dirá de ti jamás «Abandonada», ni de tu tierra se dirá jamás «Desolada», sino que a ti se te llamará «Mi Complacencia», y a tu tierra, «Desposada». Porque el Señor se complacerá en ti, y tu tierra será desposada. Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu edificador, y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios» (Is 62,4-5).

Porque Ser UNO CON CRISTO significa, como dice San Pablo, no vivir yo, sino que sea Cristo quien vive en mí; «la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál 2,20). Así, «si nos hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,5-6.8-11).

Así, toda la Palabra de hoy es una llamada a vivir ansiando este banquete, que es la Eucaristía, que es el Cielo, que es el mismo Jesucristo. Como rezaremos en el Salmo Responsorial, el Señor nos llama a responder libre y voluntariamente si le amamos, si queremos estar con Él para siempre, y hoy le respondo: «Habitaré en la Casa del Señor por años sin término» (Sal 22,6). Porque el Señor no es un violador, no nos fuerza, no nos obliga. Si no queremos ser santos, nos ama tanto que nos respeta. Pero el Señor quiere SER UNO CON CADA UNO DE NOSOTROS y espera pacientemente nuestra respuesta libre y voluntaria.

Por eso, el Señor nos llama a conversión, a vestirnos de gala con la oración, los sacramentos, la escucha de la Palabra de Dios y las obras de caridad: «Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura - el lino son las buenas acciones de los santos» (Ap 19,7). Feliz domingo.









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