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«Frutos dignos de conversión»
Reflexión del domingo XXVI del Tiempo Ordinario Ciclo A


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios» (Mt 21,31).

Celebramos hoy el domingo XXVI del Tiempo Ordinario con una estupenda Palabra de conversión con la que el Señor vuelve a hacer hincapié en el mensaje que nos regalaba el domingo pasado, en el sentido del error que cometemos al intentar encasillar y asimilar tanto al Padre como su amor y misericordia con medios humanos. Así, de la misma forma que la semana pasada nos decía a través del Profeta Isaías: «Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos - oráculo del Señor-.  Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros» (Is 55,8-9), hoy nos dice  por boca del Profeta Ezequiel: «Y vosotros decís: «No es justo el proceder del Señor.» Escuchad, casa de Israel: ¿Que no es justo mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que no es justo?» (Ez 18,25).

Muchas veces nos escandalizamos de la forma de actuar del Señor. En nuestra soberbia le exigimos que haga nuestra voluntad, que actúe según nosotros pensamos y deseamos, en total oposición a Jesucristo, que vivía exclusivamente en un parámetro: «Hacer la voluntad de su Padre» (Jn 4,34); (Jn 8,29).

Así, mientras rezo con esta Palabra resuenan en mi corazón las palabras del mismo Jesucristo: «En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Mt 11,25-26).

Y resuenan porque el día 1 de octubre es el día de Santa Teresita del Niño Jesús, carmelita descalza que comprendió y vivió perfectamente la humildad que pide Cristo. Porque por medio de la Palabra de hoy el Señor delata y pide «frutos dignos de conversión» (Lc 3,8), sobre todo en los versículos finales, en los que habla el Señor con cierta severidad: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él» (Mt 21, 31b-32).



Porque tal y como rezamos en el Salmo Responsorial: «Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna» (Sal 24,6) y como se nos proclama en la primera lectura: «¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado - oráculo del Señor - y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?» (Ez 18,23), lo que Dios quiere es «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). Es decir, es una gracia enorme poder escuchar al Señor, poder contemplarle, poder oír lo que desea para tu vida, gracia que muchas veces no es valorada como debe serlo. Así, dirá el mismo Jesucristo: «Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy» (Mt 11,23).

Porque ciertamente podemos decir las palabras que dice el salmista: «¡Grandes cosas ha hecho, maravillas, ha hecho el Señor con nosotros!» (Sal 126,3), y nos invita el Señor a tener un corazón agradecido por lo bueno que ha sido y es con cada uno de nosotros (Sal 117,1) y a darle un culto verdadero, SIENDO UNO CON CRISTO obedeciendo la voluntad del Padre por amor a Él: «¿Acaso se complace el Señor en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la palabra del Señor? Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros» (1 Sa 15,22).

Así, el Señor nos invita, sobre todo, a buscar la intimidad con Él, a estar vigilantes, a combatir y defendernos por medio de la oración continua, los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, la escucha de su Palabra, y a buscar sólo su Gloria: «El verdadero judío lo es en el interior, y la verdadera circuncisión, la del corazón, según el espíritu y no según la letra. Ese es quien recibe de Dios la gloria y no de los hombres» (Rm 2,29).

Por tanto, el Señor hace una seria llamada a la conversión: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Cuando uno escucha al Señor, lo contempla o lo adora, queda inmerso en el asombro. Porque realmente es asombroso que Dios te hable, que te permita entrar en comunión con Él, etc. De ahí viene la severidad del Señor en su reproche ante la incredulidad, la mediocridad, el no acogerle.

Por tanto, además de hacer una llamada a la conversión, hace una llamada a buscar exclusivamente lo que le agrada a Él: «Pues los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que damos culto según el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en la carne» (Flp 3,3); «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12,1-2). Feliz domingo.









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