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¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!
Reflexión del domingo XXV del Tiempo Ordinario Ciclo A


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?» (Mt 20,14-15).

Celebramos hoy el domingo XXV del tiempo ordinario, que no deja nunca de ser extraordinario, y el Señor nos regala una Palabra de Salvación en la que vuelve a hacer hincapié, tal y como se nos proclamaba el domingo pasado, en la grandeza de la misericordia de Dios. Así como en el salmo responsorial del domingo pasado rezábamos: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (Sal 102,8), hoy volvemos a rezar: «El Señor es clemente y compasivo, tardo a la cólera y grande en amor» (Sal 144,8).

Y ya desde la primera lectura el Señor expresa cuál es su voluntad: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cercano. Deje el malo su camino, el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, que tendrá compasión de él, a nuestro Dios, que será grande en perdonar» (Is 55,6-7), porque tal y como dijo el Papa Francisco en su primer Ángelus como Papa, algo que no me canso de repetir: «No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y, padre, ¿cuál es el problema?” El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros» (Papa Francisco, oración del Ángelus dominical el día 17 de marzo de 2013).

Pero lo que nos sucede muchas veces es que nos cuesta creer en ese magno amor gratuito. Nos cuesta creer en lo que nos supera y lo intentamos reducir a nuestros cánones o conceptos limitados. Ya dirá hoy el Señor también por boca de Isaías algo que cumplirá en el pasaje del Evangelio de hoy y que cumple con su misericordia: «Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos - oráculo del Señor-. Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros» (Is 55,8-9).

Así que en este domingo, además del mensaje nuclear de la gran misericordia de Dios, hace también el Señor una llamada a la humildad, a reconocer que uno no es Dios, y que el Señor no tiene por qué dar ninguna explicación de lo que hace ni de su forma de actuar. Como dirá San Pablo en una de sus epístolas: «¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento de Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le dio primero que tenga derecho a la recompensa?» (Rm 11,33-34).



El gran engaño del maligno es hacernos creer, en nuestra soberbia, que nosotros somos Dios, que la vida tiene que ser como nosotros pensamos, que todo debe girar en función nuestra, haciéndonos creer que Dios es malo y que nos engaña: «Replicó la serpiente a la mujer: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gn 3,4-5).

Sin embargo, la realidad no es la que nos presenta el maligno sino la que nos revela el Señor: «Yo soy Dios, no hay ningún otro; fuera de mí ningún dios existe» (Is 45,5); «¿Con quién me asemejaréis y seré igualado?, dice el Santo» (Is 40,25). Y no hay mayor felicidad que vivir en la verdad, aceptar que Dios es Dios y que nosotros no lo somos, que nuestra vida es valiosa pero limitada, que nuestra vida depende de Dios, que es el Señor de la historia. Por ello, resuena ahora en mi mente y en mi corazón la bienaventuranza que proclamará el mismo Jesucristo y a la que Él mismo dará cumplimiento: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3).

Así, el Señor nos llama hoy a tener un corazón agradecido y a bendecirle, a hablar bien de Él, tal y como dice el Salmo: «Bendeciré al Señor en todo tiempo, en mi boca siempre su alabanza» (Sal 34,2); en todo tiempo, en los buenos momentos, y en los que no son tan buenos, «porque en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8,28).

El amar al Señor lleva implícito el hacer y aceptar la voluntad de Dios, tal y como hizo Jesucristo: «Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me ha enviado» (Jn 4,34); «Por eso he dicho: He aquí que vengo para hacer tu voluntad» (Sal 40,8-9). Así, frente a la tentación del maligno de evitar la voluntad de Dios y de huir de la cruz cotidiana porque implica sufrimiento, el hacer la propia voluntad implica el sufrir mucho más. Porque el salario del pecado es la muerte (Rm 6,23).

Cuando uno vive en la soberbia pidiendo cuentas y explicaciones a Dios, no es posible descansar, entrar en el reposo, ya que no hemos no ha sido creados para eso: «Pero me dirás: Entonces ¿de qué se enoja? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? ¡Oh hombre! Pero ¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? ¿Acaso la pieza de barro dirá a quien la modeló: "por qué me hiciste así"? O ¿es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras para usos despreciables?» (Rm 9,19-21). La única forma de vivir en el reposo es la que el mismo Jesucristo ha conquistado para mí y para toda la humanidad en la Cruz: Hacer la voluntad de Dios. Dirá el mismo Jesucristo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,28-29).



Por tanto, la Palabra del Señor en este domingo nos hace una llamada a la humildad, a bendecir al Señor por la obra que está haciendo con cada uno de nosotros y en la historia, a no creernos más listos que Dios, porque, evidentemente, distamos mucho de serlo, y a no dejar de creer nunca en su eterna misericordia. Feliz domingo.







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