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El abad Teodoro y el problema del mal
Puede ayudarnos también hoy ante tantas situaciones difíciles que no comprendemos.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Hacia finales del siglo IV, dos monjes jóvenes fueron a un convento cerca de Nitria, en el desierto del noroeste de Egipto. Querían encontrarse con el abad Teodoro, famoso por su santidad y sabiduría.

Los jóvenes, Casiano y Germán, estaban apesadumbrados por la noticia del asesinato de unos monjes que vivían cerca de un caserío llamado Tecue (Palestina) y que tenían fama de ejemplares. Unos sarracenos llegaron al monasterio donde vivían y los mataron a todos.

La pregunta era difícil de responder: “¿Cómo -nos decíamos- pudo permitir el Señor se cometiera tal atrocidad en la persona de sus siervos, y abandonara en manos de malvados a varones tan queridos y admirados de todos?”.

En otras palabras, si esos monjes de Tecue eran buenos y admirados en la zona, ¿por qué Dios no los protegió, por qué no los libró de una muerte terrible?

El abad Teodoro escuchó la pregunta con atención. No era fácil explicar ciertos males que ocurren en nuestro mundo, sobre todo cuando se trata del sufrimiento de inocentes.



El abad empezó, pues, a ofrecer sus reflexiones. Casiano publicaría años más tarde lo que pudo recordar de aquel encuentro.

En su explicación, Teodoro arranca con una frase que puede resultar sorprendente: los santos no garantizan, con sus méritos, la felicidad en esta tierra, en la que estamos todos expuestos a peligros que incluso llevaron a la muerte al mismo Cristo.

Ciertamente, la muerte de aquellos monjes palestinos fue claramente injusta. Pero no podemos acusar a Dios de esa injusticia, como si fuera culpable de lo ocurrido. Estas son las palabras de Teodoro:

“Aunque es cosa nefanda, pues causa horror el decirlo, puede suceder que atribuyamos a Dios la injusticia y esa especie de incuria que echamos de ver a veces en las cosas humanas. Tanto más cuanto que parece que no sale en defensa de los suyos en el momento de la adversidad ni protege a aquellos que viven rectamente. Inclusive parece no premiar en esta vida con el bien a los justos ni castigar con el mal a los pecadores”.

Entonces, ¿cómo comprender lo ocurrido con aquellos mártires? Teodoro acoge una distinción, famosa en el mundo antiguo, entre tres tipos de realidades, buenas, malas e indiferentes, si bien las explica de un modo cristiano.



Las cosas buenas se refieren a la virtud, es decir, nos ayudan a alcanzar nuestro bien, que es Dios. Las cosas malas se reducen al pecado, y nos apartan de Dios.

Todo lo demás, explica Teodoro, sería indiferente, en el sentido de que muchas cosas pueden ser buenas o malas según el modo en el que las usemos.

“Indiferentes son aquellas cosas que pueden decantarse hacia esas dos partes divergentes, según el afecto y libre albedrío de quien las usa. Tales son, pongo por caso, las riquezas, el poder, el honor, la fuerza física, la salud, la belleza, la misma vida o la muerte, la pobreza, las enfermedades, las injurias y otras cosas semejantes que, según las disposiciones y sentimientos de quien se vale de ellas, pueden aprovechar ya para el bien, ya para el mal”.

El abad Teodoro se explaya luego sobre algunas realidades indiferentes apenas mencionadas, como las riquezas, las enfermedades, incluso la vida y la muerte. Lo hace con ejemplos de la Biblia, del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Con este cuadro general, llega el momento de afrontar la pregunta: ¿Dios es causa de males? Si el mal es el pecado, Dios no puede causar el pecado (que es el verdadero mal), porque no lo quiere. Dios solo desea nuestro bien.

Germán pregunta, entonces, sobre algunos pasajes de la Escritura donde se indica que Dios causa ciertos males. Teodoro responde que en esos pasajes a veces la palabra “mal” significa “aflicción”, como una especie de ayuda correctiva para orientar a los hombres hacia el buen camino.

Tras enumerar algunos pasajes de la Biblia para comprobar lo anterior, Teodoro dirige la mirada hacia los males que causan nuestros enemigos. Tales males, para quienes los reciben, no serían verdaderos males (no serían algo que nos haga pecar), sino realidades indiferentes. Pueden llegar a ser males si las víctimas los reciben de modo equivocado, es decir, pecando.

“Pero volviendo al tema propuesto, es preciso no olvidar que los presuntos males que nos causan nuestros enemigos o quienquiera que sea no son todos males verdaderos, por ser, las más de las veces, cosas indiferentes. Y es que, en definitiva, no hay que estimarlos tal como los conceptúa el sujeto que en un transporte de ira los infiere, sino como los imagina el paciente que es víctima de ellos”.

Así ya se puede dar una explicación ante el mal que sufren los justos. Teodoro lo expone con estas palabras, fijándose en el ejemplo de la muerte.

“Consecuentemente, el varón justo no sufre por ella [la muerte] detrimento alguno. En realidad, no le ha ocurrido nada nuevo, sino lo que le había de sobrevenir por exigencia de la misma naturaleza. Con la particularidad de que la malicia del adversario, al darle la muerte, le da posibilidad de conseguir el premio de la vida eterna. Satisfizo la deuda de la muerte humana, que por ley indeclinable había de pagar, cosechando, merced a sus sufrimientos, frutos ubérrimos, más el galardón de un valor inestimable”.

Sobre este punto, el ejemplo de Job es claro, y así lo recuerda Teodoro, que luego cita un famoso texto de san Pablo:

“En toda acción debemos considerar no el resultado, sino la intención del que obra. Por eso es imposible hacer el mal a nadie, si este no procede por cobardía o por pusilanimidad. Confirma esta doctrina un versículo de san Pablo: Sabemos que para los que aman a Dios todas las cosas cooperan para el bien (Rm 8,28)”.

En resumen, Dios no quiso el mal para aquellos monjes que murieron martirizados. Cada uno de ellos, al recibir el daño de quienes cometieron la injusticia de matarlos, tenía en sus manos, con la ayuda de la gracia de Dios, la posibilidad de orientar ese daño hacia la virtud (hacia Dios) o hacia el pecado.

He aquí un amplio párrafo que expresa estas ideas:

“Todas las cosas, por consiguiente, tanto las que se consideran propicias, por estar polarizadas hacia la derecha -y son las que el Apóstol designa por la gloria y buena fama-, como las reputadas por adversas, por estar orientadas hacia la izquierda -y se expresan claramente por la ignominia y la infamia-, todas, repito, se truecan para el varón perfecto en armas de justicia, si las acepta con corazón magnánimo.

Todo se transforma en sus manos en instrumentos de combate. Las mismas calamidades que parece habrían de abrumarle se convierten en verdaderas armas de lucha. Pertrechándose con ellas cual si fueran un arco, una espada y un escudo fortísimo, se defiende contra aquellos mismos que se las proporcionan.

De este modo progresa en paciencia y virtud y alcanza el glorioso triunfo de la constancia gracias a los mismos dardos que sus enemigos le asestan mortalmente.

Ni la prosperidad le altivece ni la adversidad le amilana. Discurre siempre por un camino llano, por una senda real. Cobra estabilidad aquel estado de perfecta quietud, en que ni las alegrías logran desviarle hacia la derecha, ni las penas le impulsan hacia la izquierda”.

La enseñanza del abad Teodoro puede ayudarnos también hoy ante tantas situaciones difíciles que no comprendemos, pero que, si son acogidas con humildad y con esperanza, abiertos a lo que Dios nos dice a través de un sufrimiento, se convierten en motivo de crecimiento en el amor.

(La narración del diálogo entre Casiano, Germán y el abad Teodoro está recogida en el texto de Casiano, “Colaciones”, Colación VI).







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