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Si te escucha, habrás ganado a tu hermano
Reflexión del domingo XXIII del Tiempo Ordinario Ciclo A


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15)

Nos regala el Señor en este domingo una Palabra extraordinaria, necesaria para todos, una Palabra que desde la primera lectura al pasaje del Evangelio está unida de forma coherente por la idea que revelará el Señor al pueblo de Israel en el libro del Deuteronomio y que posteriormente Jesucristo asume, da cumplimiento y proclama a los que quieran ser sus seguidores. Así, la idea que enlaza la Palabra de hoy es la siguiente: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.» (Dt 6,4-5); «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,36-40).

Mientras escuchaba y rezaba con esta Palabra resonaban en mi corazón las palabras que le dice el Señor a Pilatos cuando éste le está interrogando y juzgando: «Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?» Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37).

Por lo tanto, ya el Señor nos llama a ponernos de cara a Él porque es Él el que nos da la libertad para poder amar a los demás en la verdad, con libertad, tal y como Él mismo nos ama a cada uno de nosotros.

Es importante esta realidad porque muchas veces, por el miedo al qué dirán, por miedo a que no nos quieran, no amamos al otro en la verdad, sino que utilizamos al otro para satisfacer nuestras necesidades emocionales y somos incapaces de corregir al otro. Por esto, rezamos hoy en el Salmo Responsorial: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón» (Sal 94,8). Se trata de vivir unidos a Dios, de SER UNO con Cristo, viviendo en actitud de escucha, de querer recibir este Amor que Dios nos quiere dar, y que nos da continuamente, para que recibiendo este amor de Dios, podamos amar al otro. Porque amar al otro significa morir: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24); «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13). Y corregir al otro lleva consigo morir, que te desprecien, que te den un espantón, etc. Por eso es importante nutrirnos del amor de Dios por medio de la oración, de la escucha de su Palabra, de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, para poder amar al otro.



Dirá la primera lectura: «A ti, también, hijo de hombre, te he hecho yo centinela de la casa de Israel. Cuando oigas una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte. Si yo digo al malvado: «Malvado, vas a morir sin remedio», y tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. Si por el contrario adviertes al malvado que se convierta de su conducta, y él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida» (Ez 33,17-19). Esta Palabra se cumple en el Evangelio y Jesucristo le dará plenitud, porque aunque con esta Palabra del profeta Ezequiel se nos llama a asumir el don de profecía que hemos recibido en nuestro bautismo, haciendo referencia con ello a los pecados de omisión en los que caemos cuando no amamos en la verdad, cuando como me hace recordar esta Palabra al querido Papa Emérito Benedicto XVI, que nos decía que frente a la dictadura del relativismo estamos llamados, como Cristo, a dar testimonio de la verdad, pero no porque Dios nos pida cuenta de ello, que nos pedirá; sino por puro amor al otro. Porque el otro o está pecando, y «el salario del pecado es la muerte» (Rm 6,23), o porque como personas necesitamos ser corregidos todos.

De ahí, que nos haga el Señor el llamamiento urgente a la HUMILDAD, porque como decía Santa Teresa, la verdad es la humildad. Humildad para corregir, no para juzgar ni condenar. Porque Jesucristo no juzga ni condena. Salva. Jesucristo, siendo Dios, se humilla por amor a nosotros. No nos corrige con soberbia, sino con mansedumbre y misericordia. «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15). Y humildad para ser corregidos.

Es un don de Dios tener a alguien que nos corrija. Cuando veo a los niños cuyos padres o madres, por debilidades afectivas, no corrigen sino que los convierten en verdaderos tiranos, pienso con pena en cuántos padres y madres hoy no quieren a sus hijos, o no saben quererles. Cuando oigo de tantos divorcios o separaciones, cuando no se ve al cónyuge como una ayuda para ser santo sino como una persona con la que satisfacer los caprichos, aunque sea algo mutuo.

Si tuviéramos la vacuna para el COVID 19 y no la compartiésemos o la patentásemos para que todo el mundo pudiera vacunarse, sería algo monstruoso. ¿Cómo poder ser indiferente a tanto sufrimiento, tanta muerte, teniendo la solución? Pues viendo tanto sufrimiento, tanto dolor, producido por un virus peor que el del COVID 19, que se propaga con mayor facilidad y produce mayores estragos, que es el pecado, ¿cómo no anunciar a Cristo? Cuando el maligno está destruyendo al planeta, al ser humano, a la familia, cada vez a mayor velocidad, ¿cómo seguir mirando el propio ombligo o mirar hacia otro lado cuando el Señor nos urge, nos insta a anunciar este antídoto ante la muerte, que es el mismo Jesucristo: «CARITAS CHRISTI URGET NOS» (2 Co 5,14). Porque como decía el Santo Cura de Ars: «No hay mayor obra de caridad que anunciar el Evangelio, que salvar un alma del infierno».

Por eso nos llama el Señor a vivir como San Pablo: «Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,8), o como respondió la Santa Madre Teresa de Calcuta a la pregunta que le hizo un periodista: ¿Usted también puede condenarse? Y respondió: «No me importa. Yo sólo quiero amar a Cristo». Todo por amor a Dios, no porque nos vaya a pedir cuentas, que las pedirá, sino por amor a esta generación que no conoce a Dios, que no conoce la verdad, que no conoce el amor ni la misericordia. Amemos a Cristo y démosle a nuestra generación el antídoto que Cristo nos ha dado: «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo» (Lc 10,36-37).









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