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Vendrá un día en que les quiten al esposo y entonces sí ayunarán
Meditación al Evangelio 4 de septiembre de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Entre las buenas costumbres que más me sorprendían en las comunidades de la diócesis de San Cristóbal era su disposición para hacer ayuno y oración, además de la eficacia que con frecuencia en ellos encuentran. Si hay alguna dificultad grave, si no han podido llegar a un acuerdo después de grandes diálogos, entonces recurren a la oración y al ayuno.

No como algo mágico, sino como un disponer el corazón para la solución que haga surgir el Señor y con frecuencia se presentan soluciones por donde menos lo esperaban. Han hecho del ayuno una táctica de conversión y de disposición para nuevas oportunidades. Encontramos en el pasaje de hoy, un reclamo a Jesús porque sus discípulos no ayunan y no hacen oración como sí lo hacen los discípulos de Juan y de los fariseos.

La respuesta de Jesús nos lleva a profundizar en este acto piadoso: lo más importante es sentir la presencia de Dios en medio de nosotros; si el ayuno nos lleva a esto, tendrá sentido. Si a pesar del ayuno nosotros seguimos practicando nuestras maldades, entonces estaremos poniendo remiendos y parches a lo que no tiene solución.

El ayuno y la oración entendidos como medios de ponerse en presencia de Dios, tienen un gran valor espiritual, pero si solamente responden a ritos y costumbres, pierden todo su sentido. Cuando los ritos y las costumbres tratan de suplir el contenido de una relación especial con Dios que nos compromete a una vida de comunidad, no pueden tener valor.

A nosotros nos sucede con frecuencia que solamente nos quedamos en los signos exteriores y olvidamos lo que significa. Asistimos a misa, pero no dejamos tocar nuestro corazón por la Palabra del Señor; vivimos los sacramentos como actos sociales; practicamos algunas costumbres religiosas, pero sin comprometernos con el Señor Jesús.



Hacer de la oración y el ayuno un camino de diálogo y de encuentro con Dios, tendrá mucho sentido. Nos ayudan a disponer el corazón y a colocarnos en manos del Señor. No pongamos remiendos, miremos cómo está nuestro corazón y cómo responde al amor de Jesús. 








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