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Vivir en la verdad, vivir en humildad
Reflexión del domingo XIV del Tiempo Ordinario Ciclo A


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños.

Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,25.28-30).

En este domingo XIV del Tiempo Ordinario, el Señor nos regala por medio de la liturgia de la Iglesia una Palabra verdaderamente impresionante, ya que en ella el Señor muestra una imagen de la vocación a la que nos llama, que consiste en bendecir al Señor, en hablar bien de Dios a través de la liturgia de nuestra vida, a imagen de Jesucristo.

Así, como digo, me impresiona esta Palabra de Dios, porque muestra la obra que el Señor está haciendo conmigo y en la que me invita a colaborar con Él, que consiste en vivir en la verdad, en vivir en humildad, en bendecir a Dios. Si contemplamos la naturaleza podremos ver con nitidez cómo toda la creación de Dios no cesa de hablar bien de Él. Cada una de las criaturas de Dios sigue fielmente el plan de Dios obedeciéndole sin ningún problema. Es la humanidad la que, alejada de Dios, cayendo en la tentación del maligno, y, por tanto, creyendo sus mentiras (Gn 3), se cree Dios; se cree más lista que Dios.

Mientras rezo con esta Palabra se me hace presente una historieta que escuché una vez en la que se narraba cómo se veía a Dios preocupado en el cielo al ver la insatisfacción de la humanidad con sus vidas concretas. Decía el Señor: «¿Tan mal lo he hecho que no hay un ser humano feliz en la Tierra?» Es lo que dice el salmo: «Se asoma el Señor desde los cielos hacia los hijos de Adán, por ver si hay un sensato, alguien que busque a Dios. Todos están descarriados, en masa pervertidos. No hay nadie que haga el bien, ni uno solo» (Sal 14,2-3).



Porque ¿cuántas veces, como consecuencia del gran pecado, la soberbia (Sal 19,14), no se cree uno más listo que Dios? ¿Cuántas veces no piensa uno que Dios se ha equivocado con lo que ha permitido y permite en la vida? Que las cosas deben hacerse de forma diferente. El orgullo impide entrar en el reposo y la alabanza y se ve uno inmerso en la queja y la protesta continua, quizás no expresada oralmente pero sí con la tristeza, la ira, la ansiedad, etc. Por ello, es una ayuda el salmo 8 con el versículo: «Con la boca de los niños pequeños afirmas tu gloria, oh Señor» (Sal 8,3) y me ayuda a ver la llamada a vivir como un niño pequeño en los brazos de su madre (Sal 130,2), tal y como dice San Pablo: «Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29).

Es decir, el Señor nos invita a alabarle y bendecirle, a decirle que todo lo hace bien (Gn 1,31), y nos invita ya desde el salmo responsorial: «Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi Rey» (Sal 144,1), y sobre todo en el pasaje del Evangelio de hoy, el Señor nos llama a ir a Él para encontrar el descanso, el reposo. En la mentira, cuando nos creemos Dios, no encontramos reposo. Por eso, dice el Salmo invitatorio con el que se inicia cada día la Liturgia de las Horas: «Escuchemos la voz del Señor para que entremos en su descanso».

Con esta invitación Jesucristo se presenta como el que cumplirá y ayudará a cumplir las dos primeras bienaventuranzas que él mismo relata en el denominado Sermón de la Montaña, sabiendo, claro está, que lo hará con todas y cada una de ellas: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra» (Mt 5,3-4).

En todo el Evangelio se nos dan muestras de la humildad y mansedumbre de Cristo pero será en su Pasión y Muerte donde se expresen con toda claridad. Ya el profeta Isaías lo predice en su Canto del Siervo: «Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca» (Is 53,12). Y San Pedro lo recordará en la primera de sus epístolas: «Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas. El que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño; el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia» (1 Pe 2,21-23). Además de las variadas referencias que hará San Pablo en sus epístolas, (Flp 2,6-8).

Así, en la primera lectura de hoy también se nos proclama una profecía de Cristo manso y humilde: «¡Alégrate, hija de Sión, canta de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna» (Zac 9,9).



Por tanto, frente al engaño de pensar que es huyendo de la cruz como vamos a descansar, que es dirigiendo la propia vida como vamos a ser felices, el Señor hoy hace una invitación a SER UNO CON ÉL, a vivir unidos a Él en la humildad de la cruz, para poder entrar en el descanso del Señor y bendecirle en medio de la problemática particular de cada cual, sabiendo que, como dice San Pablo: «Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio» (Rm 8,28), por lo que estamos llamados, con la ayuda del Espíritu Santo, a vivir unidos a Cristo encarnando las palabras del salmista: «Bendeciré al Señor en todo tiempo, en mi boca siempre su alabanza; en el Señor mi alma se gloría, ¡óiganlo los humildes y se alegren!» (Sal 33,2). Feliz domingo.







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