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Como Él, seremos signos de contradicción.
Reflexión del domingo XII del Tiempo Ordinario, ciclo A


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos (Mt 10,32-33)».

Tras la celebración la semana pasada de la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, retomamos el Tiempo Ordinario, que en sí es totalmente extraordinario, ya que hoy mismo nos regala el Señor a través de la liturgia de la Iglesia una estupenda Palabra con la que nos invita a no tener miedo de dar testimonio de Él en el lugar en el que estemos, sabiendo que como Él, seremos «signo de contradicción» (Lc 2,34), y a tener confianza y esperanza en Él. Así, dirá el mismo Jesucristo: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán» (Jn 15,18-20); «En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

Así, el Señor nos invita a tener claro que el seguirle supone un combate, una persecución de parte de esta sociedad enemiga de Dios, enemiga de la cruz de Cristo y el mismo Jesucristo vuelve a hacer hoy una llamada seria a decidir a quién servir: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt 6,24); «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas - no viene del Padre, sino del mundo» (1 Jn 2,15-16).

Muchas veces uno va por la vida con miedo a la persecución, huyendo de las burlas, desprecios, buscando ser aceptado, y hoy el Señor muestra que se trata de un combate serio con dos bandos muy bien definidos. Y nos pregunta: «¿En qué bando te encuentras? ¿Quién es tu aliado? ¿Quién es tu enemigo?» Porque no se pueden hacer cambalaches, no se puede estar en los dos bandos al mismo tiempo: «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30).

Seguir a Cristo es incompatible con amar al mundo, enemigo del Padre. El Señor nos pide hoy fidelidad a Él, algo que lleva implícita la persecución y el odio del mundo, porque el mundo odia a Dios y a lo que es de Dios. Es lo que Cristo vivió y lo que ha revelado para los auténticos cristianos. Pero el Señor nos promete un Defensor ante los ataques del enemigo, que pondrá las palabras en nuestra boca, por lo que nos invita a no tener miedo: «Y cuando os lleven para entregaros, no os preocupéis de qué vais a hablar; sino hablad lo que se os comunique en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu Santo. Y entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mc 13,11-13).



Así, ya desde la primera lectura nos invita el Señor a tener la confianza en que Él nos ayudará en el combate, en las persecuciones, etc: «Pero el Señor está conmigo, cual campeón poderoso. Y así mis perseguidores tropezarán impotentes; se avergonzarán mucho de su imprudencia: confusión eterna, inolvidable» (Jr 20,11). Y ya en el Evangelio el Señor lo expresa directamente: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos! No les tengáis miedo. Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,24-26.32-33).

Por tanto, el Señor nos pide hoy fidelidad hasta dar la vida, para experimentar la verdadera Vida: «Si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él; si le negamos, también él nos negará» (2 Tim 2,12); «El vencedor será así revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus Ángeles» (Ap 3,5).

Jesucristo no ha engañado a nadie. Ha dicho con claridad cuáles son las exigencias para seguirle y cuáles las consecuencias inherentes de su seguimiento, de amarle, de ser UNO CON ÉL. Pero también ha prometido la Vida Eterna: Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16,24-26). Por tanto, no es un juego seguir a Jesucristo en esta sociedad descristianizada y atea. El Señor no sólo nos llama a dar testimonio suyo con palabras, que también, sino sobre todo con nuestra vida concreta, viviendo acorde con lo que Él quiere para nosotros y para los demás, obrando el bien y renunciando a tanta idolatría que el maligno presenta diariamente, llamando al bien, bien y al mal, mal, teniendo presente las palabras de San Pedro: «Alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria» (1 Pe 4,13). Y para ello, no nos deja solos el Señor, sino que Él estará con nosotros para siempre: «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 20,28). Feliz domingo.







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