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Errores en los juicios éticos
Reconocer que existen juicios éticos equivocados es posible.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Formulamos continuamente valoraciones y juicios éticos sobre las acciones y los comportamientos de otros, y también sobre nuestros propios actos. En esos juicios muchas veces cometemos errores.

Juzgo, por ejemplo, que un vecino descuida a sus padres ancianos porque nunca le he visto hablar de ellos. Luego descubro que los visita continuamente y les trata con un cariño ejemplar.

Juzgo, otro ejemplo, que hice mal por no obedecer las indicaciones del médico para curarme de una enfermedad. Luego llego a saber que las indicaciones eran equivocadas, y que de haberlas seguido me habría causado un daño serio.

Reconocer que existen juicios éticos equivocados es posible cuando, a través de un mayor conocimiento de los hechos y de los criterios que envuelven una situación concreta, descubro que mi primera valoración era equivocada, y que debo cambiarla con una perspectiva más completa y mejor basada en la verdad.

¿De dónde surgen esos errores? A veces, de los prejuicios unidos a las prisas: creemos que escuchar a un político en televisión es suficiente para acusarle de falta de honestidad o, al revés, llego a suponer ingenuamente que va a arreglarlo todo.



Otras veces, los errores surgen ante la complejidad de las situaciones. Conozco algunos aspectos que rodean la decisión que ha tomado un familiar, pero desconozco otros aspectos importantes que justifican la línea de conducta que ha seguido.

Para evitar errores en los juicios éticos necesitamos un buen conocimiento de los principios morales más genéricos, de las aplicaciones normales de esos principios a las diversas situaciones, y de lo que el otro pueda percibir a la hora de tomar sus decisiones.

Todos podemos equivocarnos, no solo cuando condenamos un comportamiento como malo cuando era bueno, sino también cuando alabamos otro comportamiento como bueno cuando en realidad estaba lleno de malicia.

Pero también podemos, con una sana prudencia, un amor profundo a la justicia, y un respeto hacia las personas y hacia las situaciones que viven, sopesar con calma si tenemos elementos suficientes para evaluar un acto concreto, o si sería mejor suspender nuestro juicio para evitar juicios erróneos que nos dañan a nosotros mismos y pueden también dañar a otros.









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