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Cuando el tiempo pase factura
Proponer un relativismo ateo en la educación es un riesgo muy costoso.


Por: Celso Júlio da Silva LC | Fuente: Catholic.net



Rousseau afirmó que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe. Actualmente no es sólo la sociedad que lo corrompe, sino también los sistemas educativos que se aplican. El sistema educativo relativista agnóstico, maquillándose de humanismo, propone que los hijos crezcan sin reglas claras, sin religión, sin Dios, sin la búsqueda de la verdad. Afirma que los adolescentes tienen que sentirse libres de elegir y tomar las decisiones que gusten. No existen un punto de referencia y un criterio estable. La verdad es subjetiva. Este relativismo se contradice, planteándose como única verdad. Si afirma que todo es relativo en el campo de la educación, ahora incluso este relativismo educativo no tiene valor de única verdad.

Lo desastroso de este planteamiento educativo es que el escenario de su desarrollo es la familia, raíz imprescindible de los valores humanos y cristianos. Si aceptamos que el tiempo pasa factura en el campo educativo familiar, dos aspectos que se relacionan- si llevados por el relativismo- pueden ser peligrosos. Uno es el uso de la tecnología y los medios de comunicación y otro es la deficiencia de la comunicación dentro de casa.

El mundo de hoy informa mucho, forma poco. La marea de información ahoga nuestros jóvenes haciéndoles prescindir de un punto de referencia, acríticos ante situaciones de la propia vida. El descontrol del uso de los medios de comunicación conlleva un precio: el descontrol de los valores. Pierden el aprecio por el diálogo, por la responsabilidad, por el trabajo, por el respeto hacia los padres, la gratitud, la capacidad de sacrificio, etc. Las interminables horas frente a los ordenadores y celulares, entre noticias, películas y juegos, los vuelven dependientes de la virtualidad. Se aíslan de la vida real, de la escucha, de los proyectos reales de vida. Maduran lentamente porque crecen encubados en la virtualidad. Y ese tiempo mata la relación y el humanismo de la vida diaria.

Ciertamente el sistema educativo relativista no puede actuar frente a este problema. Estaría contradiciéndose. Uno de sus principios es que no hay principios fundantes. Siendo así, la formación cristiana es una sensata propuesta porque ofrece principios claros. Muchas veces el vicio de los adolescentes frente a las nuevas tecnologías y los problemas que conllevan no es directamente por el mal uso, sino por la deficiencia de los padres carentes de autoridad y responsabilidad. Sería insensato quitarles el acceso a los medios de comunicación. El reto es acompañarlos en el proceso para discernir y regular el tiempo que dedican al mundo virtual.

El acompañamiento favorece a que los jóvenes asimilen que la belleza es la realidad, no la virtualidad. El aislamiento en el mundo virtual hace con que piensen- en palabras de Sartre- que el infierno son los demás: se vuelven solitarios, antisociales. Cuando en el fondo la plenitud de su ser y de su crecimiento depende de la valentía de los padres de sembrar en ellos la disciplina, la escucha, el respeto, la fe, la oración, el voluntariado, las buenas amistades, el trabajo, etc. Estos valores harán que salgan de sí mismos. Que dejen de ser rémoras de la tecnología. La conquista de este reto es la muestra de que las virtudes de los hijos son “hijos” de las virtudes de los padres.



Un hijo bien formado no es fruto de la virtualidad, sino de la realidad envuelta de tiempo, paciencia, amor, relación. Si la familia comprende esto llegará a experimentar lo que Saint-Exupéry escribió: amarse no mirarse el uno al otro, sino mirar juntos hacia la misma dirección. Y el acompañamiento muchas veces implica proponer las preguntas fundamentales de la vida que el mundo virtual no presenta: vocación, carrera, trabajo, novio o novia, familia, fidelidad, responsabilidad, valores, Dios, etc. Y no pocas veces el reto de los padres es que de vez en cuando los adolescentes cambien sus audífonos por el sonido armonioso de la naturaleza, de las conversaciones, del silencio, de la contemplación. En el fondo, por el encuentro consigo mismo y con Dios. Si el relativismo ateo propone una educación sin Dios, el tiempo pasa factura. Nunca olvidaré una triste noticia acaecida en Brasil. Un padre fue acuchillado por su hijo adolescente mientras dormía. Le había dado todo: dinero, coche, noches de fiesta, viajes, vacaciones, placeres. ¡Nunca le dio a Dios! Y un día el hijo le dejó la factura: la muerte. Es triste, pero es la factura que el sistema relativista ateo puede dar con el tiempo. Y contra los hechos caen los argumentos.

Luego, no basta comunicar, hay que comunicar bien. El diálogo es el inicio del uso equilibrado de los medios y del sólido criterio entre lo que es real y lo que es virtual. Tantas tragedias familiares nacen de la atmosfera de que el infierno es el otro, porque donde no hay diálogo, no hay Dios. Y tantas familias se convierten en la complicada y entretejida familia Karamazov de Dostoievski. Los adolescentes con dificultades de socializar, dialogar, afrontar la vida con sus matices a veces grises. Provienen de familias donde los padres no saben dialogar. Allí ellos nunca distinguieron cuando un sí es sí y un no es no. No había claridad en la comunicación. O simplemente no había. Estos adolescentes fueron el niño que, interrogado por lo que quería ser de grande, contestó que quería ser un televisor, porque así recibiría la atención de sus padres. Y el tiempo otra vez pasa factura. Porque los defectos de los hijos son los “hijos” de los defectos de los padres. También aquí el relativismo se encuentra impotente. La falsa libertad sostenida por ese sistema podría ser coartada ante la propuesta del diálogo capaz de transmitir los valores humanos y cristianos, que siempre han acompañado la historia humana.

Es cierto: el hombre nace bueno. Nace dentro de una familia. ¿Y conserva y hace fructificar la familia lo que en él es bueno? ¡Que lo responda el sistema educativo relativista! Claro está: no. Nosotros, en cambio, estamos convencidos: el humanismo cristiano puede conservar lo bueno que hay en el hombre y elevarlo a la perfección y la plenitud. Porque cuando el tiempo pase factura sabremos qué valor hemos dado a la formación. Cuando el tiempo pase factura nos daremos cuenta de que la relación y el diálogo son imprescindibles. Cuando el tiempo pase factura comprenderemos que hay valores innegociables y que no basta comunicar, sino que hay que comunicar bien. Cuando el tiempo pase factura sabremos que la realidad es más bella que la virtualidad. Cuando el tiempo pase factura sabremos que Dios no es una opción dentro de casa, sino el fundamento del auténtico humanismo educativo.

A fin de cuentas la verdad a medias de Rousseau es la huida de quien no coloca el dedo en la llaga. La sociedad no es una idea abstracta, sino el conjunto de muchas familias. El hombre nace bueno y la familia debe protegerlo y educarlo. Proponer un relativismo ateo en la educación es un riesgo muy costoso. Si alguno duda, que el tiempo le pase la factura. En nuestras manos está el tiempo para construir el futuro de la humanidad. Lo que vale no es sólo el resultado, sino el camino. No sólo la factura, sino el tiempo. Porque -en palabras de Séneca-: todo nos es ajeno, solamente el tiempo nos pertenece. ¡Ojalá que no se nos escurra como agua entre las manos!









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