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El mito del progreso y las generaciones del pasado
Una historia en la que al final triunfe el bien para todos y para cada uno.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Una de las expresiones del mito del progreso queda plasmado en una fórmula sencilla: un día la humanidad alcanzará, en esta tierra, un estado de plenitud y de perfección que dará sentido y completará toda la marcha de la historia anterior.

Esta idea implica que los seres humanos construyen generación tras generación, con mayor o menor conciencia, un camino hacia la plenitud, que llegaría a lograrse en algún punto del futuro.

Salta a los ojos del observador que muchas de las generaciones del pasado que habrían contribuido a ese supuesto progreso final y definitivo vivieron en medio de condiciones difíciles, incluso terribles.

Hambres, guerras, injusticias, enfermedades, unidas a toda una serie de miserias personales y colectivas, llenan las páginas de la historia y los corazones de muchos seres humanos concretos con sufrimientos imposibles de describir en su crudeza y extensión.

Sin embargo, en la perspectiva del mito del progreso aquí analizada, todos esos dolores, esas lágrimas, esas injusticias sufridas por millones de personas, encontrarían su sentido en el momento culminante de una historia terrena donde, por fin, la humanidad brillaría en todo su esplendor.



Un gran pensador ruso, Nicolai Berdiaev (o Berdiayev), evidenció de modo claro la inconsistencia y los absurdos de este tipo de planteamientos.

En su obra “El sentido de la historia” (capítulo 11), Berdiaev señalaba cómo esta teoría del progreso “transforma a cada generación humana, a cada persona y a cada época de la historia, en medio e instrumento para alcanzar la meta definitiva de la perfección, del poder y de la felicidad de la humanidad futura”.

Defender esto, señalaba el autor ruso, implica una enorme carencia, pues un progreso así concebido es incapaz de “dar sentido al tormento de la vida, de resolver las trágicas contradicciones y los conflictos que desgarran al género humano, a todas las generaciones, a todas las épocas”.

Además, según Berdiaev, la humanidad quedaría clasificada en dos grandes grupos: el primero, con millones de hombres estarían destinados al sufrimiento y a lo provisional, situados en las etapas imperfectas del gran camino de la historia. El otro grupo sería el de los afortunados que habrían llegado a la plenitud.

Son críticas que destacan no solo la fragilidad de diferentes formas del mito del progreso, sino que descubren uno de los grandes retos de cualquier interpretación de la historia que llegue a encontrar su auténtico sentido: ¿qué valor tienen las existencias de los millones y millones de seres humanos que no aparecen en los libros, que no son recordados por nadie, que lucharon y sufrieron en medio de situaciones adversas y bajo las injusticias de los prepotentes?



Solo una historia en la que al final triunfe el bien para todos y para cada uno, especialmente para los más desfavorecidos, puede tener un auténtico sentido, como defiende Berdiaev.

Lo cual también está presente en una de las encíclicas del Papa Benedicto XVI, titulada “Spe salvi”, que destaca el papel que tiene Dios y su justicia para dar a la existencia de cada ser humano concreto un lugar y un sentido, en el tiempo y más allá del tiempo, que reflejen la dignidad de todas y cada una de las personas que actuamos, amamos, sufrimos y esperamos en el largo camino de la historia.







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