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No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores
Meditación al Evangelio 29 de febrero de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Es muy fácil dividir al mundo entre buenos y malos, y nosotros ponernos naturalmente del lado de los buenos, aunque reconozcamos que tenemos algunos errores y equivocaciones. Y desde ahí juzgar a los demás y condenarlos. Hoy se nos presenta Jesús en su verdadera misión: salvar al pecador. Para los fariseos y los escribas esto no tiene sentido. La salvación se gana por los propios méritos y es como una compensación por las propias acciones. Pero Jesús dice algo muy diferente: la salvación se nos ofrece como un regalo y está dirigida a todos, en especial a los pecadores y enfermos.

Cristo ha venido a cambiar diametralmente el sentido teológico de la conversión que se tenía en el Primer Testamento. Siempre se veía a Dios como un juez justiciero y vengador que espera que el hombre se equivocara para condenarlo. Cristo en cambio nos presenta a un Dios misericordioso que busca al pecador para darle la salvación. Y no es que Cristo sea menos exigente respecto a una vida congruente con la fe. Es su gran reproche a los fariseos que una cosa predican y otra muy diferente es lo que viven.

Pero el anuncio de Jesús y la conversión se basan más en el amor que en el temor, más en la misericordia de Dios que en los merecimientos del hombre. Esta nueva actitud de Jesús toca profundamente el corazón y evita las superficialidades y los equívocos. Se necesita un corazón arrepentido para acercarse al Señor. Ya desde el profeta Isaías (primera lectura), se cuestiona duramente la actitud de quien dice estar bien con Dios, pero se dedica a “oprimir a los demás y manifestar un gesto amenazador y la palabra ofensiva”.

Nuestra conversión se inicia con un reconocimiento del gran amor que Dios nos tiene, que nos busca a pesar de que somos pecadores, pero que nos exige una vida conforme a ese amor que el Padre nos manifiesta tanto a nosotros como a todos los hermanos. Que este día iniciemos ese reconocimiento y sintamos cómo nos ama el Señor.







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