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Adoración o idolatría de las imágenes
Acercamiento Teológico


Por: Lic. Julián Lumbreras Roldán | Fuente: Catholic.net



Jesucristo, Hijo de Dios, salvador

A lo largo de la historia del cristianismo han existido símbolos y figuras que representaron y representan a una comunidad de seguidores de Jesús. Como es el caso de el símbolo del pez que escrito en griego koiné forman el anagrama de “Jesucristo, Hijo de Dios, salvador” o como es el caso del Crismón que se forma por la unión de dos letras también griegas, la –ji y la ro- así como otras figuras antropomorfas encontradas en las catacumbas y que se conservan hasta nuestros días como testimonio de lo que fueran, los centros de la práctica de comunidad para los primeros Cristianos.

En el siglo XVI surge con el movimiento de Martin Lutero una división con respecto a las representaciones de Dios en pinturas o estatuas. Alegando que escrituralmente las representaciones son de origen idólatra y que se alejan de las leyes de Dios (Ex 20,4-6) surgiendo así con mayor énfasis la categorización de estas dos posturas. Por una parte los iconoclastas que manifiestan que toda figura que representa a Dios es idolatría y los iconódulos que aceptan y favorecen el uso de las representaciones. Frente a este hecho surge como requerimiento que en 1563 el concilio Ecuménico de Trento en la sesión XXV manifestara:

“(…) declara que se deben tener y conservar, principalmente en los templos , las imágenes de Cristo , de la Virgen madre de Dios , y de otros santos , y que se les debe dar el correspondiente honor y veneración : no porque se crea que hay en ellas divinidad , o virtud alguna por la que merezcan el culto o que se les deba pedir alguna cosa, o que se haya de poner la confianza en las imágenes , como hacían en otros tiempos los gentiles, que colocaban su esperanza en los ídolos, sino porque el honor que se da a las imágenes, se refiere a los originales representados en ellas (…)”.

Con esto queda asentada la importancia que poseen de si las imágenes veneradas, no por poseer algún carácter divino sino por el contrario, la importancia radica por la persona a la que hace referencia dicha imagen, como también ya lo mencionaba el Concilio de Nicea frente a este paradigma (Magisterio del C.E II de Nicea VII ecuménico -contra los iconoclastas-), de este modo queda registrado para la historia de la Iglesia que las imágenes se encuentran ligadas a la Encarnación o evidencia de algún personaje o acontecimiento vivido y que forma parte de un discurso pictórico. Encarnación que toma figura a través de la imagen de Jesús en el Pantocrátor en el siglo IV con el concilio de Calcedonia donde se enseña las dos naturalezas de Jesús. Pero cabe mencionar que ya en los orígenes del Cristianismo se tenían representaciones que referenciaban la imagen de Jesús y de otras figuras representativas de la historia de salvación, pues se encuentra el testimonio en las Historia Eclesiástica con Eusebio de Cesaría del siglo III que dice así: “(…) He visto una gran cantidad de imágenes del Salvador, de Pedro y de Pablo, que han sido conservadas hasta nuestros días (…)"  libro VII, cap. 18.



Es así que cuando en la línea del tiempo se pierde el sentido ontológico de la verbalización teológica desde el arte o la expresión pictográficas y se enfrasca el conocimiento y el saber humano a retoricas que no producen más que viejos conflictos, es claro y evidente que se considera al humano como un ser que solo puede pensar a Dios desde su Revelación Hagiógrafa, mutilando su capacidad de razonar la economía salvífica a través de lo visual y solo dejarlo a los testimonios de su salvador a saberes inspirados y manifiestos en una discursiva verbal. Serrando todo criterio aun a las figuras que representaron a Dios en el Antiguo Testamento como por citar un ejemplo donde se ve como el mismo se hace ver como un fuego que cae del cielo: Elías y los sacerdotes de Baal 1 Reyes 18,36–37. O las distintas representaciones en los mosaicos de las sinagogas en la palestina del siglo V d.c. Manifestando el valor de la figura como pedagógico y Teológico para todo  aquel que ha recibido el don de la fe y que este sea un baluarte requerido para alentarla y despertar la inspiración al amor de su Salvador.

Para ir adelante con este tema es importante hacer énfasis en que el cristianismo surge como una experiencia con la Encarnación, pues ya no se le habla a un Dios abstracto o revelado a solo unos cuantos, sino por el contrario la fe en Jesús se reconoce por ser antropomorfa, donde el Ser del origen causal de todo, alcanza al humano en una relación personal, trasladándose así a una figura estética de experiencia y lenguaje – la estética como encarnación- es por esto que el negar toda representación grafica es negar la ontología de la Encarnación pues la verdad se vuelve aquí una experiencia, con dimensión estética, como menciona 1 Juan 4,20 Y si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto; ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Suponer que las imágenes hacen caer en idolatrías, es creer que el amor al hermano supone lo mismo. Ya los Padres de la Iglesia consientes dicen en San Irineo de Lyon, discípulo de San Policarpo, que aprendió del apóstol San Juan:

“(…) En tiempos pasados también se decía que el hombre ha sido hecho a imagen de Dios, pero no aparecía como tal, porque era todavía invisible el Verbo a imagen del cual fue hecho el hombre, y precisamente por eso fácilmente perdió la semejanza. Pero cuando el Verbo de Dios se hizo carne confirmó lo uno y lo otro: mostró verdaderamente la imagen, haciéndose él mismo aquello que era su imagen, y restableció firmemente la semejanza, haciendo al hombre semejante al Padre invisible por medio del Verbo que se ve -AH V,16,2-(…)”.

La reflexión cristiana en este sentido adopta un carácter de sarcología – la ciencia de la carne -, pues ya no se comprende al humano como un hecho aislado de lo que es Dios en sí, pues somos participes de su forma y figura. Es por esto que la iglesia acepta la representación aunque sea una madera pintada que solo reproduce el aspecto corporal como un lugar concreto que representa a ser salvífico de la humanidad.

La figura en un pensamiento gnoseológico es toda aquella relación que surge a partir de la captación por medio de los sentidos humanos que le colocan en un tiempo, un espacio, una forma, etc., haciéndola una cosa conocida, es darle un lugar en nuestra conciencia para diferenciarla de los demás objetos y así colocarla en un grado de valor según la importancia que esta requiera, es decir dándole un lugar significante y darle a su vez un lenguaje. Como ya se comentaba al principio, no puede darse la revelación solo a hechos verbales y hagiográficos. En este sentido la imagen no es un acto idolátrico pues las imágenes forman parte de la comunicación humana y negar su importancia es negar todo valor a las imágenes representativas.



Bajo este nivel de comprensión surgen representaciones que van más allá del ser humano que quiere representar un hecho ocurrido hace más de dos mil años, que es un lenguaje que articula con el acontecimiento de la encarnación, pues significa ya de sí por su carácter estético el cuerpo con la conciencia actual y de todos los tiempos de las personas que han tenido relación y tendrán esta relación con sus sentidos frente a Jesús y los santos, donde se hace imprescindible el mensaje de que Dios se ha hecho humano donde la palabra inspira la imagen y la imagen inspira a la palabra es un elemento confirmativo para determinar la importancia de las representaciones en figuras e imágenes dentro de la Iglesia Católica, pues es la imagen que nos transmite el mensaje de que Dios se ha hecho presente en la humanidad y que ha trasformado la vida de cada uno a través de su entrega y sacrifico, una entrega de amor que nos ha dejado en el recuerdo de Jesús y los santos para la posteridad de todo humano. Es así que viviendo en el amor y la fuerza de la fe se es manifiesto el discurso de Jesús, de que Él no los dejara solos y que siempre estará con ustedes.





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