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La Navidad, un regalo de Dios
Ciertamente hoy todo es bien distinto a los tiempos pasados.


Por: Angel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.net



Paradójicamente vivimos en la era de la superabundancia, hasta el punto de que no sabemos qué hacer con tanto como tenemos; nos falta tiempo para disfrutar de todo aquello que hemos ido atesorando, libros sin abrir, vajillas sin estrenar, prendas de vestir que nunca usamos… y en medio de tanto atiborramiento nos queda la sensación de vivir inmersos en una desoladora orfandad, hasta el punto de que Lipovestky, uno de los más cualificados analistas de nuestro tiempo, no ha tenido el menor reparo en titular uno de sus mejores libros “ La era del vacío”.  Así son las cosas, mientras nadamos en la superabundancia del tener, tenemos la angustiosa sensación de no ser nada y estar vacíos por dentro. Nuestra aparente alegría no es ni mucho menos la expresión gozosa que brota del espíritu, sino la mueca complaciente de quien se considera inmerso en un tropel de deseos que no acaban de dejarle satisfecho del todo,  esta es la realidad por mucho que queramos disimularlo, perdiéndonos entre las prisas y los ruidos.

Es así como venimos celebrando la Navidad desde hace algún tiempo y este año no habrá de ser la excepción. Una vez más la Navidad nos encuentra adormecidos y apáticos en medio de una tenebrosa ceguera y ofuscación, porque ya no nos quedan ojos para ver la Estrella de Belén, incapaces también de descubrir la ternura de un Dios oculto en la sonrisa de un niño, porque hemos ido perdiendo la inocencia infantil, nos hemos ido haciendo mayores y con el paso del tiempo la sangre se nos ha llenado de impurezas y el corazón se ha ido endureciendo.

La celebración del misterio más hondo de nuestro cristianismo se está convirtiendo en una fiesta pagana, que nos lleva a recordar el solsticio de invierno donde se rendía culto al Sol Invicto. No debiéramos permitir que alguien intente robarnos el espíritu de la Navidad. De nuestras plazas, calles, pueblos y ciudades, han ido desapareciendo los motivos religiosos y apenas quedan vestigios de que en estos días lo que celebramos es el acontecimiento inconmensurable de la humanización de un Dios, que al poner el pie en nuestra tierra escribió la página más importante y trascendente de nuestra historia, que nadie jamás tuvo la osadía ni siquiera de imaginar. Un acontecimiento a partir del cual ya nada volvería ser lo mismo, quedando el tiempo escindido en dos mitades que responden al antes y después del nacimiento de Jesús.

Esto es precisamente lo que ahora un sector importante de nuestra sociedad intenta borrar de cuajo,  en un momento en el que nuestro mundo anda más necesitado de mensajes de concordia y de esperanza, como los que nos trasmite la Navidad; pero no, los hombres y mujeres de la posmodernidad  parecen sentirse a gusto inmersos en el vacío que les envuelve, mostrándose dispuestos a seguir viviendo como peregrinos errantes que caminan sin brújula y sin cartografia, sin saber muy bien dónde orientar sus pasos, ya que la vida ha llegado a ser para ellos un sin sentido. Después de haber asistido al olvido del misterio de Dios, que mantenía al mundo dentro de la órbita de lo sobrenatural, lo que nos va quedado no es otra cosa que un puro inmanentismo, que inexorablemente conduce al nihilismo antropológico, del que tanta muestras está dando la cultura de nuestro tiempo.

Fácil es constatar cómo, religiosamente hablando, el hombre actual se ha ido alejando del sentido genuino de la Navidad, en que de forma sublime Dios nos revela el misterio de su amor infinito al hombre; no cabe la menor duda de que el espíritu navideño ha ido desapareciendo o cuando menos ha sido adulterado. Se han ido perdiendo gran parte de las tradiciones y también esa sagrada magia que envolvía esta época del año ha desaparecido casi por entero, así como el acendrado misticismo humanitario asociado a la Navidad, que calaba en las entrañas de las personas y las transformaba aunque solo fuera por unos días. Lo que se está haciendo es ensuciar estas fiestas, vaciarlas de contenido; amplios sectores de la población han dejado de verlas como el más precioso regalo que Dios nos podía ofrecer.



Ciertamente hoy todo es bien distinto a los tiempos pasados; pareciera como si las gentes se sintieran molestas de dar un significado religioso a estas celebraciones y por todos los medios intentan resucitar el pasado pagano. Nuestra sociedad ya no soporta la imagen de un Dios-Niño humilde y pobre porque ello incomoda, desconcierta, descoloca y sobre todo compromete; prefiere unas navidades sin Niño, sin María y sin José, pero con muchos regalos, muchas comilonas, muchas diversiones, en consonancia con las ansias de consumismo que nos devoran. El olvido del misterio del Verbo Encarnado, aparte de la dimensión religiosa, tiene su repercusión antropológica, pues ¿quién habrá de ser a partir de ahora el Camino, la Verdad y la Vida? ¿Quién habrá de ser el fundamento de nuestra esperanza? Desgraciadamente ya sabemos a dónde nos conducen los intentos de construir una antropología sin Dios. Hasta los mismos ateos reconocen que “nada hay tan triste que un cielo vacío”. Necesitamos de esperanzas sobrenaturales, necesitamos que la Navidad vuelva a llenarse de contenido cristiano y se nos anuncie como una BUENA NUEVA que hace que nos sintamos orgullosos de ser hombres y nos hace saber también que hay un horizonte infinito de esperanza.





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