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Dios no quiere que se pierda uno solo de los pequeños
Meditación al Evangelio 10 de diciembre de 2019 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Hoy llega hasta nosotros con sus palabras llenas de consolación el texto de Isaías en su capítulo 40: “Consuelen, consuelen a mi pueblo. Háblenle al corazón y díganle a gritos que ya terminó el tiempo de la esclavitud”. Son palabras aparentemente dichas para otro tiempo y en otras circunstancias, pero son palabras que tienen mucho sentido y dan mucha esperanza a nuestro pueblo en este tiempo.

El gran protagonista de esta historia es el Señor. Es quien hace proclamar el fin de los sufrimientos del exilio y el retorno glorioso del pueblo hacia su tierra. Hoy también sigue actuando el Señor y también nos exige que hablemos al oído y al corazón de nuestro pueblo con palabras de consuelo. Hoy también nos pide que digamos a todas las gentes que el amor de Dios no tiene fin y que es más grande que todas nuestras adversidades.

Consolar al pueblo, es la invitación de este día. Y para ponernos un ejemplo, San Mateo nos narra la parábola de la oveja perdida. Es el amor incondicional del pastor que vive y muere por sus ovejas. Es el amor que sale en busca de la que se ha perdido. Es el símbolo de este Dios amoroso que no tiene empacho en salir en búsqueda de todos los pecadores perdidos, los carga sobre sus hombros y se llena de alegría con su regreso.

Las palabras de amor dichas al oído en el profeta Isaías ahora se tornan en una proclama de un amor fiel a pesar de las infidelidades del pueblo. Dios no nos falla y ahí está nuestra seguridad y desde esta seguridad debemos iniciar el retorno. Tiempo de Adviento es un tiempo de un verdadero consuelo. No es el consuelo de la multiplicación de las fiestas sin sentido que celebran Navidad, pero con la ausencia de Cristo y no porque él no quiera estar, sino porque se le destierra de muchos lugares. No es el consuelo de quien con la droga, con el alcohol o con el dinero, busca olvidar sus penas.

Es el consuelo de quien se sabe amado por Dios a pesar de las caídas y tropiezos, a pesar de los llantos y dolores. El amor de Dios es más grande y en Él encontramos nuestro consuelo. Hoy también debemos recobrar la dignidad de verdaderos hijos de Dios que nos está buscando para hacernos sentar a la mesa del banquete en la participación de su Reino.





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