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6 de diciembre

¿Crees qué puedo hacerlo?
Santo Evangelio según san Mateo 9, 27-31. Viernes I de Adviento


Por: H. Leonardo Garzón, LC | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Padre mío, dame la gracia de tener una fe firme y un corazón bien dispuesto para recibir tus dones. Tú sabes que creo, pero aumenta mi fe para que la obra de amor que ha comenzado en mí, llegue a su plenitud. Amén.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 9, 27-31

Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron dos ciegos, que gritaban: "¡Hijo de David, compadécete de nosotros!". Al entrar Jesús en la casa, se le acercaron los ciegos y Jesús les preguntó: "¿Creen que puedo hacerlo?". Ellos le contestaron: "Sí, Señor". Entonces les tocó los ojos, diciendo: "Que se haga en ustedes conforme a su fe". Y se les abrieron los ojos. Jesús les advirtió severamente: "Que nadie lo sepa". Pero ellos, al salir, divulgaron su fama por toda la región.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

1. Reconocer nuestra ceguera.

Todos nosotros, sin excepción, tenemos un aspecto de nuestra vida que nos limita: un defecto, un vicio, una carencia. Algunos tendemos a ser perezosos, otros somos fáciles a la ira, algunos somos sensuales, avaros, lujuriosos, engreídos, o envidiosos. Todos tenemos, en mayor o menor grado, algún tipo de «ceguera» que nos impide ir por el camino correcto.

Si queremos ser sanados lo primero que tenemos que hacer es reconocer nuestra «ceguera» y querer combatirla. En el Evangelio, los ciegos salen al encuentro de Jesús, son ellos los que lo buscan a pesar de sus limitaciones. Tal vez hubiese sido más fácil aceptar la ceguera y seguir viviendo como si nada pasara, resignados a vivir con sus limitaciones y defectos; tal vez hubiesen evitado la humillación de reconocer en público sus defectos e insuficiencias. Sin embargo, los dos ciegos decidieron ir con Jesús y rogarle que los sanara.

2. Creer que Él puede curarme.

Dios se fija ante todo en los corazones. Para Jesús hubiese sido más fácil haberlos curado inmediatamente después de su petición, sin necesidad de otra cosa sino sus palabras: «quedad curados». Sin embargo, Jesús sabe que la ceguera más fuerte no es la física, sino aquella del corazón. El Señor reconoció que estos dos ciegos necesitaban dar un salto de fe que les permitiera creer y ver las maravillas que Dios puede hacer. Él se dio cuenta que, más que sus ojos, eran sus corazones los que no podían ver.

Es en intuición divina en la que se pone la pregunta que Dios les hace a los dos ciegos: «¿Creen?», y la respuesta milagrosa: «Hágase en ustedes según su fe». Cristo sabía que lo único que estos hombres necesitaban para ser curados era abrir sus corazones a la gracia que mana sin cesar de la fuente del Amor. Para que se realizara el milagro sólo bastaba que abrieran los ojos del alma.

«Para hacer resplandecer la luz de Cristo, todos tenemos el deber de combatir cualquier corrupción espiritual, que es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz”».
(Homilía de S.S. Francisco, 21 de diciembre de 2018).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy voy a dedicar cinco minutos de oración en los que voy a examinar si hay algo en mi corazón que no me permite ver bien en mi vida (mi relación con Dios y con los demás), una pelea, un miedo, un apego desordenado. Luego le pediré a Dios que me sane y me dé los medios para sanar esa «ceguera».

Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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