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28 de noviembre de 2019

Cristo, el fin y mi vida
Santo Evangelio según san Lucas 21, 20-28. Jueves XXXIV del Tiempo Ordinario


Por: H. Francisco J. Posada, LC | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, que ante las dificultades pueda mantener una fe firme en ti.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 21, 20-28

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército, sepan que se aproxima su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en la ciudad, que se alejen de ella; los que estén en el campo, que no vuelvan a la ciudad; porque esos días serán de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito.

¡Pobres de las que estén embarazadas y de las que estén criando en aquellos días! Porque vendrá una gran calamidad sobre el país y el castigo de Dios se descargará contra este pueblo. Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo que Dios les ha señalado.

Habrá señales prodigiosas en el sol, la luna y las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar. La gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación".

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

El fin del mundo es un hecho que nos recuerda que nuestra vida se acabará y, por esto, hay que encontrar y tomarse de aquello que no se acaba. Hay circunstancias que nos hablan de esto como cuando el tiempo sigue su marcha y cada vez nos sentimos menos fuertes, menos sanos; esto nos hace reconocer que el tiempo se acerca. Ya que los últimos tiempos serán caóticos, nos debemos preparar ahora que podemos para que, cuando lleguen, no digamos: «Espera, Señor, aún me falta hacer esto o no estoy listo, necesito más tiempo», porque el fin nadie lo sabe, es un misterio; pero de lo que sí tenemos certeza es el ahora, así que debemos reconciliarnos con nuestros enemigos para estar en paz con ellos, debemos enseñar a los jóvenes y más pequeños cuál es el verdadero sentido de la vida con nuestra propia vida, y debemos poner nuestra confianza en el único que no nos fallará, Jesucristo, porque pasarán el cielo y la tierra pero sus palabras no pasarán.

Al final vendrá Cristo, nuestro amigo, que pondrá fin al caos con su poder misericordioso y, con su majestad justa, hará un juicio sobre la humanidad en el que se revelarán todas las acciones que hayamos hecho en nuestra vida que no hayan sido aún perdonadas, y nos abrirá las puertas del paraíso en base a esto; esta meta del cielo es una de las motivaciones que tenemos en nuestra vida terrena porque aquí, en la tierra, experimentamos el dolor y el sufrimiento, pero no en el cielo que, además, es eterno.

«Estar despiertos y orar. El sueño interno viene siempre de dar siempre vueltas en torno a nosotros mismos, y del permanecer encerrados en nuestra propia vida con sus problemas, alegrías y dolores, pero siempre dando vueltas en torno a nosotros mismos. Y eso cansa, eso aburre, esto cierra a la esperanza. Esta es la raíz del letargo y de la pereza de las que habla el Evangelio. El Adviento nos invita a un esfuerzo de vigilancia, mirando más allá de nosotros mismos, alargando la mente y el corazón para abrirnos a las necesidades de la gente, de los hermanos y al deseo de un mundo nuevo. Es el deseo de tantos pueblos martirizados por el hambre, por la injusticia, por la guerra; es el deseo de los pobres, de los débiles, de los abandonados. Este es un tiempo oportuno para abrir nuestros corazones, para hacernos preguntas concretas sobre cómo y por quién gastamos nuestras vidas».
(Homilía de S.S. Francisco, 2 de diciembre de 2018).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Ir a confesarme si lo necesito.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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