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10 de noviembre de 2019

Una misma meta
Santo Evangelio según san Lucas 20, 27-38. Domingo XXXII del Tiempo Ordinario


Por: H. Jorge Alberto Leaños García, LC | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor Jesús, por encima de mis deberes tengo la necesidad de escucharte, de hablarte, de tener un encuentro. Quiero estar a tu lado, al menos por unos momentos para que transformes mi mente y mi corazón y que, de esta forma, pueda pensar en ti y amar a todos a través de ti.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 20, 27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?".

Jesús les dijo: "En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado.

Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven".

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Dado que hemos sido llamados a la vida, surge en nosotros el deseo de conocer bien la razón por la cual estamos en este mundo. Puede ser confuso lo que debemos hacer día tras día. Sin embargo, puede permanecer la certeza de nuestra meta final: «somos creados para el cielo».

Todo sale de Dios y, por lo mismo, a Él regresamos. Los caminos de regreso son muy diversos. Cada persona tiene su propio camino, pero tenemos en común una misma meta, pues regresamos al que todo nos lo ha dado, regresamos a nuestro origen. Para tener claro esto, Dios nos llama a través del matrimonio, a través de la vida consagrada... Cada uno de nosotros encuentra su propia vocación y escucha a Dios de una forma diversa.

Hay una cosa en común entre todas las vocaciones, todos estamos llamado a vivir. La vida es un don que nos permite ser peregrinos por este mundo. La meta nos espera, y cuando lleguemos, no tendremos necesidad de seguir caminando, no tendremos necesidad de seguir buscando, ya no habrá que formar nuevas familias, pues seremos una única familia.

De cara a esta meta debemos atravesar todas las dificultades. De cara a esta meta debemos vivir para ser testigos de esta realidad. Somos peregrinos por este mundo, tenemos la necesidad de ser conscientes para que esta realidad sea clara en nuestro presente. Tengamos presente que hemos nacido para vivir eternamente, que hemos sido llamados a la vida, pero la vida eterna.

«Por eso Jesús abre nuestros ojos a la realidad. Estamos llamados a la felicidad, a ser bienaventurados, y lo somos desde el momento en que nos ponemos de la parte de Dios, de su Reino, de la parte de lo que no es efímero, sino que perdura para la vida eterna. Nos alegramos si nos reconocemos necesitados ante Dios, y esto es muy importante: “Señor, te necesito”, y si como Él y con Él estamos cerca de los pobres, de los afligidos y de los hambrientos. Nosotros también lo somos ante Dios: somos pobres, afligidos, tenemos hambre ante Dios. Somos capaces de alegría cada vez que, poseyendo los bienes de este mundo, no los convertimos en ídolos a los que vender nuestra alma, sino que somos capaces de compartirlos con nuestros hermanos».
(Ángelus de S.S. Francisco, 17 de febrero de 2019).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy hablaré con alguien sobre el tema del cielo.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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