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Desde el principio
Nunca en el plan de Dios estuvo contemplado el divorcio, ni la nulidad.


Por: Luce Bustillo de Schott | Fuente: Catholic.net



“Entonces Yahveh hizo caer en un profundo sueño al hombre y éste se durmió. Le sacó una de sus costillas y rellenó el hueco con carne. De la costilla que Yahveh había sacado al hombre, formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces el hombre exclamó: «Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer porque del varón ha sido tomada». Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne” (Gen 2).

El sacramento del matrimonio adquiere sus raíces desde el inicio de la creación cuando Dios creó al hombre y a la mujer uniéndolos en una sola carne.

Luego en las bodas en Caná de Galilea, Jesús realiza su primer milagro al convertir el agua en vino como un signo visible del amor de Dios por los esposos, mostrando a los invitados de la boda que esa unión por mucho que se quebrante en momentos de sequedad y/o crisis es indisoluble al tener la bendición de Dios.

El hombre hace muchas décadas ha querido atribuirse cosas que no le corresponden, dejando a un lado las enseñanzas de nuestro Creador queriendo acomodar las leyes y principios que Él nos dejó a su antojo por comodidad, egoísmo y el deseo de una felicidad pasajera aquí en este mundo, sin darse cuenta de que la verdadera felicidad está en ganarnos el cielo que solo está en vivir la verdad.

Muchos esposos, después de una larga convivencia, sienten el cansancio de la vida rutinaria y creen que el amor, que una vez se juraron hasta la muerte, se ha acabado, y dejan de luchar por renovarlo y hacer renacer esos hermosos momentos cuando se conocieron, y desisten de su matrimonio, buscando otros amores pasajeros que les hacen perder la integridad ante Dios.



Dios nos invita a reforzar ese amor llenándonos de Él para serle fiel a la verdadera esposa, ese amor de juventud, que se mantenga unido como Él lo está de su Iglesia. "¡Bendita sea tu fuente, y sea tu alegría la mujer de tu juventud..." (Prov 5,18).

El esposo(a) busca de todas las formas salir de ese matrimonio al verse involucrado con una nueva unión. Busca obtener un divorcio civil, que para la Iglesia no vale (aun cuando en casos específicos sea aconsejable la separación). Al estar en esa nueva convivencia le hace adúltero(a) y pone en juego su verdadera felicidad eterna y la salvación de su alma.

Al pasar los años creyendo que encontró lo que no tenía en su hogar primero, decide buscar una nulidad eclesiástica a toda costa, aun cuando sea basada en mentiras y falsos testimonios, como queriendo adormecer la conciencia, y cree que puede engañar no solo a la Iglesia, al mundo y a Dios, sino que el primer engañado es él/ella mismo/a (cf. Gal 6,7-8).

La Iglesia, en casos puntuales, cuando se solicita la nulidad matrimonial, hace una investigación profunda ante un tribunal eclesiástico para comprobar si existen causales antes de contraer el vínculo según el derecho canónico. Solo entonces se puede declarar nulo el matrimonio.

No somos nadie para juzgar conciencias, solo Dios las conoce, pero hay actos que dejan entrever la tristeza, la preocupación que causa actuar en contra de Dios y del matrimonio, alejarse de su esposa y de sus hijos, porque, aunque haya habido una larga convivencia, siempre quedará el vacío de su papel en el hogar en su verdadera familia, por la cual deberá responder ante Dios el día del juicio particular (cf. Jn 17,11).



Nunca en el plan de Dios estuvo contemplado el divorcio, ni la nulidad, ya que desde el principio, como bien dice la Escritura, hombre y mujer los creó y los unió en una sola carne. Aquí nuevamente el hombre se toma por su propia iniciativa el querer pasar por encima de las leyes de Dios queriendo cambiarlas aduciendo que es preferible una nulidad eclesiástica aun cuando no haya causales, en vez de buscar una reconciliación con la/el esposa/o para mantener no solo el matrimonio unido, sino la familia completa y dar testimonio del verdadero amor de Dios por nosotros, Sus hijos, pues solo quiere nuestra felicidad eterna si cumplimos con Sus leyes y sacramentos.

Pidamos a Dios y a nuestra Madre Santísima que nos den el discernimiento que necesitamos para poder vivir en la verdad plena dejándonos guiar por sus enseñanzas, su amor y deseo de vernos llegar a Su presencia.

Oremos también por los sacerdotes y la Iglesia para que a través de una pastoral familiar busquen sanar y reconciliar matrimonios antes de proceder a nulidades equivocadas que solo dejan heridas y alejan a los hijos de la Iglesia, que dejan de creer en este sagrado sacramento.





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