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Matrimonio, no pareja
Un matrimonio (hablo del sacramental) no es una simple pareja natural.


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



La palabra 'pareja' se ha impuesto para englobar dentro de ella a todo tipo de uniones de personas que hacen vida en común, con trato carnal, sin distinguir qué tipo de unión sea: matrimonio sacramental o no sacramental, personas del mismo o distinto sexo, etc. Comoquiera que soy un hombre casado, ocurre que personalmente me siento afectado, y bastante incómodo, cuando veo que a mi esposa y a mí se nos aplica ese término, 'pareja', con el que no nos identificamos porque no somos ni nos gusta que se nos considere una pareja. Hace unas semanas que hemos celebrado (dando gracias a Dios con muchísimo gozo) nuestro cuarenta aniversario de matrimonio. Y lo que hemos celebrado es que hace cuarenta años Dios tuvo a bien en unirnos, y nos unimos también nosotros dos, en matrimonio sacramental ante un altar; es decir, que dejamos de ser la pareja (de novios) que éramos, para pasar a ser esposos, cada uno del otro. Eso ya es otra cosa.

Por supuesto que en la relación esponsal está incorporado el concepto de pareja; lo incluye necesariamente, pero lo desborda y lo supera, como ahora intentaré explicar, si bien antes me parece conveniente dejar sentado un apunte sobre la batalla del lenguaje.

Comparto la idea de quienes sostienen que la primera y más importante batalla cultural de nuestros días (yo lo ampliaría a toda época) radica en el lenguaje. Existe un consenso generalizado acerca del valor de las palabras y de la idea de que cualquiera que quiera hacer una conquista social ha de empezar por adueñarse de las palabras, cargándolas con el significado que pretenda. Por eso ha quedado acuñada en nuestro vocabulario usual la expresión “batalla del lenguaje”. Quien tenga interés en ello, basta con que introduzca la expresión entrecomillada en cualquier buscador de internet. En el momento de redactar estas líneas, Google ofrece ciento diez mil entradas, y más de de dieciocho millones para la misma expresión sin entrecomillar.

A esta idea, que hoy es de dominio público, añadiré una reflexión sobre las causas. ¿Por qué esto es así? ¿Por qué las palabras tienen una fuerza tan grande como para llegar a ser auténticas armas en el debate social? En mi opinión, aparte de explicaciones filosóficas y lingüísticas que ahora no proceden, ocurre que la palabra es creadora. Es creadora la Palabra con mayúscula, porque “por medio de la Palabra se hizo todo y sin ella no se hizo nada de cuanto se ha hecho” (Jn 1, 3), y es creadora también la palabra, con minúscula (creadora en el sentido en que el hombre puede crear, que es el de construir: elaborar, inventar, fabricar, pergeñar... Si la palabra del hombre es portadora de verdad a favor del bien, ayuda a crear un mundo bueno que por ser verdadero se torna fiable; en caso contrario, cuando la palabra es embustera, crea una realidad falsificada. Pero, veraz o falaz, verdadera o falsa, la palabra es, en todo caso, creadora. La palabra humana es creadora porque creadora es la Palabra divina y el logos humano no es sino imagen del logos de Dios.

Gracias al lenguaje construimos nuestros esquemas mentales y las estructuras psicofísicas necesarias para el razonamiento. Con el lenguaje explicamos la realidad y, hasta cierto punto, tenemos capacidad para construirla. ¿Hasta qué punto? Hasta el mismo punto en que vemos que con el lenguaje se ha deconstruido en las últimas décadas una buena parte de la herencia cultural recibida que el cristianismo había forjado. De aquí que, si acaso fuéramos capaces de reconstruir algo de lo derruido, con el lenguaje habría de ser.



Vamos ahora con el término con el cual hemos arrancado, la palabra 'pareja'. El Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia, recoge once acepciones, dos para el adjetivo parejo/a y las nueve restantes como sustantivos. La primera de estas dice así: “Conjunto de dos personas, animales o cosas que tienen entre sí alguna correlación o semejanza, y especialmente el formado por hombre y mujer”. Como puede verse, es un concepto muy amplio, que equivale a los conceptos de dúo o par. Para que haya pareja basta que los dos elementos que lo forman tengan entre sí alguna correlación o semejanza. ¡Qué débil y qué pobre se queda esto al lado del de matrimonio sacramental, que es la unión dada por Dios al sí de los esposos!

¿Qué te parece lector? Quedémonos dentro del marco de esta primera acepción de 'pareja'. Fíjate que cuando aceptamos ser llamados parejas, estamos aceptando pertenecer a la misma categoría que las cosas o los animales. No sé cómo lo verás tú, pero a mí me repele mucho tamaña degradación. Me parece que es un auténtico disparate que las personas se nos encuadre en la misma casilla que a las cosas o los animales. Cosas y animales son dignos de cuidado y respeto, pero no pasan de ser entes no personales. No tienen estatuto ni dignidad de personas por la sencilla razón de que no lo son. Y en consecuencia me niego en redondo a que mi matrimonio (y por extensión los demás matrimonios) sea comparado a cualquier pareja de... animales o cosas que tengan entre sí alguna semejanza o correlación, sean ellos los que fueren.

La cuarta acepción -segunda acepción de la palabra 'pareja' como sustantivo- procede de la anterior y no se refiere al conjunto de dos sino a cada una de las partes que forman el dúo. Dice así: “Cada una de las personas, animales o cosas que forman una pareja considerada en relación con la otra”. Y para hacerse entender mejor, lo ilustra con el siguiente ejemplo: “He perdido la pareja de este guante”. Tras la explicación anterior, creo que no es necesario insistir más en lo mismo.

Quinta acepción: “Persona que acompaña a otra en una actividad”. Y también añade un ejemplo: “Juan es mi pareja de mus”.

En la siguiente, la sexta, me da la impresión de que los académicos eran conscientes de que entraban en arenas movedizas y se han limitado a incorporar al diccionario, con mucha parquedad y escasa definición, la conquista que la calle ha hecho de esta palabra. Pareja: “Compañero o compañera del sexo opuesto o, en las parejas homosexuales, del mismo sexo”. Ejemplo: Vive con su pareja y dos hijos.



Para lo que se pretende, con lo dicho hasta aquí es más que suficiente, pero no me resisto a dejar de citar la séptima acepción porque viene señalada con la abreviatura “por antonom.” (por antonomasia). Atención. Según hace saber la más alta autoridad en el uso de la lengua española, pareja, por antonomasia, es la “pareja formada por dos números de la Guardia Civil”. Permíteme, lector, que me abstenga de cualquier comentario dado el altísimo respeto y consideración que me merecen el Instituto Armado y sus miembros.

¿Y todo esto, qué tiene que ver con el matrimonio? Muy poco. Cualquiera de todas estas acepciones más sirven para diferenciar a un matrimonio que para ayudar a entenderlo. La única relación está en que la pareja hombre-mujer se encuentra en los cimientos de lo que luego será el matrimonio. El matrimonio incluye el concepto de pareja de la misma manera que el de edificio incluye el de cimiento. Ya se entiende que toda edificación se levanta sobre una cimentación que suele estar soterrada. No es que su función sea pequeña ni irrelevante, pues sin cimientos poca cosa se podría levantar, y menos aún sostener, pero al equiparar al matrimonio con una pareja, se comete el mismo error que se cometería confundiendo una torre, por ejemplo, con sus cimientos.

Mejor se verá la diferencia si nos internamos en el concepto de matrimonio. Un matrimonio (hablo del sacramental) no es una simple pareja natural. Un matrimonio es una institución, pero no es cualquier institución, sino una muy peculiar, personalísima y sagrada. Personalísima porque está realizada por personas “en” las mismas personas que lo realizan. Sagrada porque interviene Dios. El matrimonio se establece gracias a un acto cooperativo de unión realizado por dos partes; Dios y los dos contrayentes. Dios, autor principal de la unión, y los esposos, coautores necesarios, cuyo resultado es que los que se casan, sin dejar de ser las dos personas individuales que son, adquieren una condición nueva, irrepetible y misteriosa, que consiste en quedar constituidos en “una sola carne” (Gen 2, 24), “de modo que ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 6).

Nueva porque ese consorcio único no ha existido antes, aun cuando los contrayentes accedan al matrimonio tras haber cohabitado durante largo tiempo; irrepetible porque cada matrimonio es único, sin posibilidad de repetición, y misteriosa porque no acabamos de explicar del todo en qué consiste ser “una sola carne” ni el alcance de los efectos que produce. Así lo constata San Pablo, cuando, citando el Génesis, emplea esta expresión, “una sola carne”: “Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 32).





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