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10 de agosto de 2019

Morir para tener vida
Santo Evangelio según san Juan 12, 24-26. Sábado XVIII del Tiempo Ordinario


Por: H. Jorge Alberto Leaños García, LC | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, en este momento quiero dejar de verme y ponerte como la luz que ilumine mi día. Así, lograré salir de una actitud egoísta para poder vivir actos de generosidad y caridad.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 12, 24-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.

El que quiera servirme, que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre”.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

El vivir para los demás no es fácil. El donar nuestro tiempo sigue y seguirá costando. El trabajar para otro siempre implicará renuncia de uno mismo. La invitación es morir en nuestros deseos, nuestros sueños, y comenzar a vivir para los demás.

Caridad, generosidad, entrega, estamos llamados a vivir una serie de virtudes que nos impulsan a salir de nosotros mismos, y poner al centro a los demás. Esta es la actitud de apertura y desinterés de uno mismo. Esto se puede escuchar muy bonito como meta, como ideal. Sin embargo, en la realidad, en el día a día, cuesta. La caridad es el acto más noble, más valioso y al mismo tiempo es el más exigente.

Piensa en un momento al cual esperabas con ansia, un momento que era clave para el proyecto que habías realizado con esmero y dedicación, un momento importante para ti. Si hubiese llegado un amigo que te necesita con gran urgencia ¿Cuánto te hubiese costado decir que sí? ¿Renunciarías a tus sueños y proyectos?

Y... ¿si no fuese un amigo, sino un desconocido? Es aquí el reto que tiene la fe, el ver en cada persona a un amigo, a un hermano, a Cristo mismo. Él no ha renunciado a sueños y proyectos, sino que ha renunciado a estar lejos de nosotros. Ha tomado un rostro humano, ha querido vernos no solo como Dios sino también con ojos humanos. De forma que siente como nosotros sentimos, lucha como nosotros luchamos, y renuncia a su vida, así como también podemos renunciar a la nuestra.

Por mucho que cueste la entrega, el servicio, se puede tener la certeza de que siempre dejará un sabor dulce, una sensación de felicidad, un sentimiento de haber hecho lo correcto. Cristo, por ejemplo, no sólo murió en un madero, sino que la resurrección dio al final, una gota dulce a toda la pasión. Él nos recuerda con su testimonio que hay más alegría en dar que en recibir.

«Nosotros, cristianos, creemos y sabemos que la resurrección de Cristo es la verdadera esperanza del mundo, aquella que no defrauda. Es la fuerza del grano de trigo, del amor que se humilla y se da hasta el final, y que renueva realmente el mundo. También hoy esta fuerza produce fruto en los surcos de nuestra historia, marcada por tantas injusticias y violencias. Trae frutos de esperanza y dignidad donde hay miseria y exclusión, donde hay hambre y falta trabajo, a los prófugos y refugiados —tantas veces rechazados por la cultura actual del descarte—, a las víctimas del narcotráfico, de la trata de personas y de las distintas formas de esclavitud de nuestro tiempo».

(Mensaje de S.S. Francisco, Pascua de 2018).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Intentaré ver los ojos de Cristo en todas las personas.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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