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Carta a un recién nacido
Ese olor a ternura que desprendes, esa paz que refleja tu carita redonda me incita a escribir todo esto.


Por: María Luisa Martínez Robles | Fuente: Catholic.net



Has realizado un largo viaje. Un viaje espacial, donde flotabas en un confortable universo en el seno de mamá. No había ruido, ni frío, ni calor. Comías cuando lo necesitabas, dormías, descansabas. Ahora todo es distinto.

Has llegado a un mundo de sonidos trepidantes, de prisas, donde debes de hacer cada cosa a su tiempo, sometido a horarios y normas. No te preocupes todavía te quedan unos años para disfrutar de algunos privilegios. Para sentirte arropado, mimado y confortable en los brazos de tus padres.

Piensa que hay muchos seres humanos que no han tenido tu suerte. Han nacido con la lacra del hambre, la miseria y el afán de supervivencia. Han cruzado océanos para alcanzar la orilla de la civilización y el progreso. Y a veces solo han encontrado soledad e incomprensión.

A ti estábamos deseando conocerte y abrazarte, quizás por eso estás tan tranquilo porque sabes que eres bien recibido, que para nosotros eres un regalo.

No te asustes, antes los niños venían con un pan debajo del brazo, ahora como el pan engorda, tiene gluten y no sé cuántas cosas más, venís inmunizados, con la vacuna, preparados para una sociedad hostil.

Cuando seas mayor, no te entristezcas cuando sepas que tu generación se vio mermada por muchas mujeres y hombres egoístas, que no quisieron afrontar responsabilidades, sacrificios y renuncias como hicieron tus padres. Decidieron abortar y lo que pudo ser no fue.

Pero también vas a conocer cosas buenas. Tienes muchos medios para evolucionar, pon tu granito de arena para conseguir un mundo mejor.

Tú serás un privilegiado, no importa si eres alto o bajo, rubio o moreno, médico o carpintero. Lo importante es que tienes todos los medios a tu alcance para ser una buena persona. Utilízalos.

Cuando seas mayor, te darás cuenta todo lo que tus padres han pasado para educarte y cuidarte. No se lo agradezcas, es su obligación. Haz lo mismo con tus hijos y así la semilla seguirá germinando.

No sabes leer esta carta, soy consciente, pero cuando te miro, te tengo en mis brazos, por mi mente pasan recuerdos y vivencias que quiero que algún día conozcas.

Ese olor a ternura que desprendes, esa paz que refleja tu carita redonda me incita a escribir todo esto.

Gracias por venir a alegrarnos la vida, a remover nuestros mejores sentimientos y perpetuar la continuidad de nuestra familia.

Dentro de poco entrarás a formar parte de nuestra familia, la familia de Jesús. Recibirás el Bautismo y Dios estará contigo para siempre. Él guiará tus pasos.





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