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27 de junio de 2019

¿Cómo construyes tu casa?
Santo Evangelio según San Mateo 7, 21-29. Jueves XII del tiempo ordinario


Por: H. Hans Candell, L.C. | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor Jesús, te entrego este momento de mi vida; revélame, cada vez más, el amor que cada día me entregas.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 7, 21-29

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No todo el que me diga: `¡Señor, Señor!', entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Aquel día muchos me dirán: `¡Señor, Señor!', ¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?. Entonces yo les diré en sus caras: 'Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal'.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre la roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa; y la arrasaron completamente". Cuando Jesús terminó de hablar, la gente quedó asombrada de su doctrina, porque les enseño como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

San Agustín, reflexionando sobre el sentido de la vida, llegaba a una conclusión que cala hasta lo más profundo del alma de aquel que, junto con él, afirma diciendo: «Señor, nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Es evidente que el corazón humano siempre está en busca de algo que lo haga pleno, ese algo es la felicidad. Pues bien, si hemos sido creados para ser felices, la pregunta que nace casi espontáneamente es: ¿ahora que, cuál es el plan que debo seguir para alcanzar esa felicidad?

En el Evangelio, el Señor nos habla de dos tipos de actitudes, dos tipos de hombres. Ambos quieren construir su casa, una casa que los resguarda y les da seguridad, una casa que podemos interpretarla en nuestro caso como la felicidad. Pues bien, al momento de construir nuestro proyecto que nos asegure la felicidad que tanto anhelamos, podemos ser como aquellos que construyen la casa sobre roca, es decir aquellos que ponemos nuestra seguridades en Cristo y en su palabra, aquellos que queremos seguirle y que estamos convencidos que su palabra es de salvación y que en ella encontraremos la verdad que tanto buscamos. Él mismo nos dijo que Él es el camino, la verdad y la vida.

Lastimosamente, muchas veces nos parecemos más al hombre necio que construye su casa sobre arena, es decir, sobre cosas que aparentemente nos otorgan felicidad, con las que a lo mejor en un momento dado incluso nos sentimos felices, pero siendo cosas efímeras y pasajeras, en el momento en que dejamos de tener esas cosas, la felicidad se nos escurre entre los dedos, tal cual arena en el mar.

«Una casa construida sobre la arena de los vínculos frágiles e inconstantes no se mantiene en pie. Se necesita más bien la roca, sobre la que se establecen cimientos sólidos. Y la roca es precisamente esa comunión de amor, fiel e indisoluble, que une al hombre y a la mujer, una comunión que tiene una belleza austera y sencilla, un carácter sagrado e inviolable y una función natural en el orden social. Considero por eso urgente que se lleven a cabo políticas concretas que ayuden a las familias, de las que por otra parte depende el futuro y el desarrollo de los Estados. Sin ellas, de hecho, no se pueden construir sociedades que sean capaces de hacer frente a los desafíos del futuro.»
(Discurso de S.S. Francisco, 8 de enero de 2018).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Analizaré de qué manera he seguido a Cristo, ¿he sido radical y le he entregado todo, o todavía hay algo que no quiero soltar?

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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