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El Espíritu Santo, la mejor herencia de Cristo
Domingo de Pentecostés


Por: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net



Cuando alguien entre al templo para la misa y  distraídamente  escuche el texto evangélico podría decir: “Me están dando un refrito del día de Pascua”, sin embargo no hay razón para pensar así pues precisamente la Fiesta de Pentecostés viene a coronar la obra de Cristo, poniendo la cereza en el pastel, con el don maravilloso de la presencia del Espíritu Santo en el corazón de la Iglesia. Creo que es importante volver a considerar el texto San Juan entrando al cenáculo despacito y en silencio, para poder volver a considerar el ambiente que se respiraba en esa ocasión.  El ambiente ciertamente era de miedo, miedo a los romanos y miedo a los judíos que podrían haber decretado muerte para todos ellos como lo hicieron con Cristo. Había, pues silencio, desconfianza, muchas dudas pero también había oración y algo que consolaba mucho era la presencia de María la Madre del Señor que instintivamente  sintió la necesidad de acoger al cuerpo naciente de la Iglesia porque era la obra más querida de Cristo, su Cuerpo Místico, como en otro tiempo había acogido el Cuerpo físico de Jesús. Y Jesús se presenta entre los apóstoles con un regalo inmejorable, ya no sólo para ellos sino para toda la humanidad: “La paz esté con todos ustedes”. ¿Qué mejor testimonio de amor que devolverles la paz que habían perdido cuando supieron que lo habían subido a una cruz y que ahí había muerto rodeado no del cariño y la gratitud de todos los que habían sido agraciados con un favor de Jesús, sino de la burla, el desprecio y las carcajadas de todos sus enemigos?

Luego Jesús mostró  sus manos y su costado a los suyos, para que acabaran sus dudas, sus temores y sus angustias. Estaban ante el mismo Jesús de siempre pero ahora con un aroma y una situación de inmortalidad que él había anunciado muchas veces. Entonces vino la alegría, la admiración y las miradas al Señor que los llenaba de una profunda admiración.

Pero Cristo vuelve a dirigirles el mismo saludo de antes, ahora como preámbulo a la herencia que estaba a punto de dejarles: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”, con lo cual da inicio a su Iglesia, a su familia, a su comunidad de salvación, a la barca que habría de conducir a todos los hombres a la casa del Padre. Ya en una de las apariciones, en la playa del lago de Galilea donde había comenzado su vida pública, nombra a Pedro cabeza de su naciente comunidad que habría de tener tanta importancia para el bien de la humanidad en todos los siglos hasta que al final, en la misma barca de Pedro, la humanidad, con Cristo a la cabeza llegue a la casa del Buen Padre Dios.

Pero aún no acababan los regalos para los suyos y para la humanidad. Aún aguardaba  algo muy importante, sin lo cual la Iglesia naciente estaría incompleta, el don del Espíritu Santo. En un momento de aquella reunión única y especialísima Cristo sopló sobre sus apóstoles y les dijo: reciban el Espíritu Santo, A los que les perdonen  los pecados, les quedarán perdonados  y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Un soplo muy importante como el del principio de los siglos cuando el Padre sopla sobre la nariz de Adán, iniciando la larga sucesión de los hombres sobre la tierra, pero ahora no era un soplo de vida humana, sino la Vida de los hijos de Dios en el Reino,  con la presencia del Espíritu Santo de Dios que nos hace hijos de Dios y al mismo tiempo nos permite entrar en contacto con Cristo el Hijo de Dios, cabeza de la Iglesia y de la humanidad.  Pero en seguida no podríamos pasar sin comentar que precisamente el perdón de los pecados es obra el Espíritu Santo de Dios, un don del que nunca podremos acabar de agradecer al Señor para no vivir nunca más en las tiniebla del error, del engaño y del pecado. De hecho, además de constituir el sacramento admirable del perdón, por el Santo Espíritu de Dios podemos tener sobre nuestros altares el don de la Eucaristía que nos asegura la presencia de Cristo el Salvador hasta toda la eternidad.

De manera que hoy tenemos más de un motivo para agradecer a Cristo en esta fiesta de Pentecostés, los dones con los que quiso agraciar a la Iglesia y a la humanidad,  por lo que quién mejor que San Juan Pablo II para que concluya nuestra reflexión: “No cabe duda que el Espíritu sopla fuerte en la Iglesia de hoy, invitándonos a evangelizar, catequizar, celebrar, dar testimonio, unir, trabajar por la paz. la justicia, la fraternidad universal”.





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