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La enfermedad y el sufrimiento
Cristo confirió un valor salvífico a todo sufrimiento humano, inclusive al inconsciente


Por: Mauricio Ochoa Urioste | Fuente: Catholic.net



Vivimos una sociedad cuya mentalidad secularizada y en muchos casos enfrascada en valores mundanos que privilegian no pocas veces el hedonismo, el materialismo, el narcisismo, y se cree a menudo, que la tecnología y las ciencias médicas son capaces de extirpar por completo el sufrimiento provocado por las enfermedades. “No se puede esperar ni se debe sufrir más”, es el enunciado que cobija estas ideas. Hace pocos años atrás, tanto en Bélgica como en Países Bajos, se consideran lícitas nuevas formas de eutanasia que no sólo alcanzan a los enfermos terminales, de manera que se pretende alcanzar con esta práctica una mayor población.

A contrapartida de estas ideas, la logoterapia o “cura médica del alma” que Viktor Frankl propone, consiste en ayudar al sujeto a preguntarse sobre el sentido de su existencia, convenciéndose de que en cualquier situación, por absurda que sea, es posible encontrar un “cometido vital”, comenzando por las respuestas más modestas con tal que sean realizables en ese momento. Y es que en el contexto socio-cultural, el problema no es cómo sufrir sino saber reaccionar ante el sufrimiento y disminuir las causas que lo agravan.

Cristo confirió un valor salvífico a todo sufrimiento humano, inclusive al inconsciente. Jesús para redimir a la humanidad dio pruebas de su fidelidad a Dios y de su amor a los hombres hasta la tortura en la cruz. Por otro lado, en el testimonio de la vida de Jesús se insertan relaciones de predilección por los que sufren, y en la otra vida, glorificada por Cristo resucitado, se verificará la plenitud de la vida, la victoria completa sobre toda forma de sufrimiento: “no habrá más muerte, ni luto, ni clamor, ni pena” (Ap. 21,4).

El sufrimiento es una dura prueba de nuestra madurez humana y cristiana. Job llega a revisar su propia fe y a comprender mejor a Dios: “de oídas, ya te conocía, pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42, 5); siendo conclusión espiritual de un camino espiritual madurado en el sufrimiento. Y es que la crisis provocada por el sufrimiento suscita no raras veces una nueva visión de la vida, una maduración humana y una espiritualidad que difícilmente se habría alcanzado sin este itinerario de dolor.

La vida se entiende como peregrinaje hacia la ciudad de Dios vivo, como un éxodo incesante para aceptar las pruebas de la existencia, incluyendo a veces la amargura, la soledad y la aridez del desierto. El cristiano, pues, no pide ni bienestar ni sufrimiento, ni tranquilidad ni lucha, sino la capacidad de entregarse todos los días a Dios y a los hermanos en testimonio de fe y de amor, cualesquiera que sean las circunstancias en que le toque vivir.

Bibliografía

De Fiores, Stefano, et. al., Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Edit. San Pablo, 6ª Edición, 2012, Madrid.  

 







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