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Lo que llamamos mal
¿por qué decimos que algo es malo?


Por: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net



Un gobierno decide invadir el territorio de un país vecino. Desea más poder,  más riquezas, más esclavos, más fama.

La decisión de ese gobierno, y tantas otras decisiones parecidas, es, simplemente, mala.

Surge aquí las preguntas: ¿por qué decimos que algo es malo? ¿De dónde surge nuestra condena ante tantos hechos cometidos por nosotros mismos o por otros?

Las respuestas no son fáciles, porque no siempre tenemos un mismo parámetro para decir qué sea bueno y qué sea malo, y porque hay muchas teorías en giro sobre el tema.

Una teoría que reduzca el bien y el mal a los sentimientos subjetivos o a las perspectivas culturales dirá que usamos esos términos de modo variable y sin alcanzar verdades válidas para todos.



Para quienes los hechos son el resultado de fuerzas ciegas, de mecanismos fijos, de procesos naturales incontrolables, la guerra (y tantas otras acciones humanas, también las llamadas buenas) no deberían ser juzgadas como malas o buenas.

A pesar de las diferentes teorías y modos de ver las cosas, en el fondo del corazón humano hay un criterio que nos dice que ciertos hechos no deberían ocurrir, y que las acciones malas merecen ser corregidas y castigadas.

Ese criterio supone, de modo implícito o explícito, que poseemos una voluntad libre, que estamos abiertos a opciones diferentes, y que entre esas opciones algunas son buenas y otras son malas.

Por eso, cuando condenamos con firmeza la agresión de un ejército sobre un pueblo indefenso, lo hacemos desde la convicción de que no todo es lícito, y de que lo malo ha de ser neutralizado de la mejor manera posible.

La historia y la propia experiencia nos recuerdan que no siempre el mal es detenido ni los culpables son castigados. Pero la razón y la fe nos llevan a reconocer que lo que no sea corregido en esta vida lo será en la vida futura.



Por eso, el mal no puede ser nunca lo último ni lo definitivo. El amor sano hacia el bien y la justicia nos impulsan a frenar las injusticias, a promover acciones buenas, y a esperar en Dios que dará a cada uno según sus obras (cf. Rm 2,5-8; Ap 20,13).





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