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Comentario a la Liturgia III Domingo TC C
La liturgia de hoy nos habla del encuentro de Moisés con el Señor en el Horeb en un zarzal ardiente


Por: Tais Gea | Fuente: Catholic.net



 Seguimos en este tiempo de conversión que nos concede la Iglesia conocido como la cuaresma. En este periodo los cristianos hacen un camino progresivo de regreso a Dios. Se sirven de los medios que les ofrece la Iglesia para volver la mirada a Dios y encontrar en Él la salvación tan deseada.

La liturgia de hoy nos habla del encuentro de Moisés con el Señor en el Horeb en un zarzal ardiente. Este texto nos puede ayudar a comprender cómo Dios sale al encuentro de nuestras vidas. Lo primero que nos dice el texto es que Moisés estaba pastoreando el rebaño. Es decir, él se dedicaba a aquello que hacía normalmente. No estaba haciendo algo extraordinario cuando el Señor le salió al encuentro. Esta primera enseñanza es sencilla pero cierta. A veces esperamos momentos extraordinarios u ocasiones fuera de lo común para encontrarnos con el Señor. Pero Dios sale a nuestro encuentro sobre todo en lo cotidiano de la vida. En la sencillez del día a día. Incluso en la cuaresma, tiempo que todos nos esforzamos por estar cerca del Señor, se nos puede olvidar y meternos de lleno a nuestro trabajo. Pero Dios vuelve a salir a nuestro encuentro en lo cotidiano.

Lo segundo es la llama que salía de zarzal sin quemarla. Cosa que le llena de asombro a Moisés y le provoca curiosidad y se acerca a ella. Esto nos recuerda cómo Dios se hace presente en la vida de cada uno a su manera. A veces hay circunstancias en nuestra vida que no son comprensibles con nuestra inteligencia. No entendemos del todo por qué Dios está permitiendo ciertas cosas o incluso de qué manera puede estar Dios presente en situaciones adversas. Acordarse de la llama en un zarzal que no lo consume nos permite aceptar que Dios es Dios. Su modo de actuar es muy distinto al nuestro. Su manera de pensar muy distinta a la nuestra. Solo podemos contemplar maravillados y asombrados esa llama en el zarzal que no lo quema.

Lo tercero es la voz de Dios que le dice a Moisés: «¡No te acerques! Quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es tierra sagrada». Ante el asombro de un fenómeno que sobrepasa la capacidad del hombre de comprender lo único que queda es descalzarse. Esto es quitarse de uno mismo la pretensión de entender del todo a Dios. La inmensidad de Dios supera al hombre y por lo tanto la actitud del hombre es quitarse la seguridad de pisar firme, sobre sus propias sandalias, para pisar sobre el suelo que es Dios. Ante la adversidad y la no comprensión de la realidad, el hombre está llamado a confiar, abandonarse, quitarse su seguridad y aferrarse a Dios como la única seguridad.

Por último, habiendo comprendido que Dios nos sale al encuentro en lo cotidiano. Que lo hace a su manera, cosa que a veces nos parece incomprensible. Y que nos implica un descalzarnos de nuestras seguridades para entrar en contacto con Dios. Es necesario descubrir quién es ese Dios en el cual estamos poniendo nuestra confianza. Y el texto mismo nos lo dice: «Mi nombre es Yo-soy». Esto quiere decir que él es el Dios que está presente. El origen de toda la existencia. Quien mantiene en sí a todo lo creado. Aquel que no tiene ni principio ni fin. Hacia el cual confluyen todas las cosas. El Dios en el que somos lo que somos. Y esto nos llena de confianza. En los momentos de adversidad, en donde no comprendemos a Dios ni su acción, solo podemos repetir una y otra vez: «Tu eres, eso me basta». Saber que Dios es nos llena de confianza.



Terminemos esta breve reflexión con una oración: «Señor, Dios de nuestros padres, en esta cuaresma sal a nuestro encuentro. Haznos comprender que en la cotidianidad te haces presente de modos a veces sorpresivos. Que nuestra mente no quiera siempre comprender sino que acepte que tu eres Dios y se descalce ante ti. Que sepamos confiar en ti, el Dios que es, que fue y que será siempre en nosotros. Amén.»





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