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Palabras al aire
Santo Evangelio según San Lucas 5, 1-11. Domingo V (C) del tiempo ordinario


Por: H. Jorge Alberto Leaños García, L.C. | Fuente: www.missionkits.org



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Quiero hablar con toda confianza, por eso te pido, Padre, la gracia de saberte encontrar como un hijo, para que pueda descubrir en Ti la paternidad que me dé seguridad en los pasos que estoy por dar.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra, echaré las redes”. Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos. Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.

Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: “¡apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro al ver la pesca que habían conseguido. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Entonces Jesús le dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”: Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Hay personas que dirigen sus palabras hacia una multitud. Su hablar se podrá llenar de sabiduría, fuerza y pasión. Podrá tener un excelente contenido, ideas que puedan cambiar el mundo, cambiar las personas e incluso, cambiar nuestra propia persona. Sin embargo, siguen siendo palabras ajenas que tienden a caer en la indiferencia. Esto ocurre cuando no nos identificamos con lo que oímos. Éste es el peligro cuando Dios habla.

Él transmite su mensaje a través de tantos medios, pero basta desviar la atención para ignorarle. La tendencia puede ser formar intereses, pensamientos o ideas cuyo fin sea satisfacer nuestros propios deseos y evadir todo lo que implique sacrificio o vaya contra nuestros deseos.

Pero, aun así, Dios sale al encuentro, sube a nuestra barca y entra en nuestra vida de forma inesperada. Nos congelamos, nos impresionamos... la reacción de cada uno puede ser tan diversa. Dios seguirá hablando y anunciando el mensaje de siempre. Seguirá dirigiéndose a una multitud, pero ahora le oímos diferente, pues Dios ha entrado en nuestra vida.

Aun así, sigue habiendo espacio para la indiferencia. Él no permite que todo acabe de esta forma. Hay otro momento en donde la predicación acaba y las palabras que se lanzaban al aire ahora caen sobre nuestra persona. Es entonces cuando hay un trato personal. Se oyen con claridad sus palabras, las palabras nos interpelan directamente: «rema mar adentro», y exigen una respuesta concreta. Si respondemos será el inicio de una gran aventura...

«Nosotros podemos enredarnos en discusiones interminables, sumar intentos fallidos y hacer un elenco de esfuerzos que han terminado en nada; pero igual que Pedro, sabemos qué significa la experiencia de trabajar sin ningún resultado. [...] pero como Pedro, también somos capaces de confiar en el Maestro, cuya palabra suscita fecundidad incluso allí donde la inhospitalidad de las tinieblas humanas hace infructuosos tantos esfuerzos y fatigas. Pedro es el hombre que acoge decidido la invitación de Jesús, que lo deja todo y lo sigue, para transformarse en nuevo pescador, cuya misión consiste en llevar a sus hermanos al Reino de Dios, donde la vida se hace plena y feliz.»
(Homilía de S.S. Francisco, 7 de septiembre de 2017).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Haré un examen sobre aquello que me interpela Dios a hacer y que he no he querido responder.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.





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