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Anunciar a Cristo sin ningún temor
Santo Evangelio según San Lucas 9, 23-26. Martes IV del tiempo ordinario


Por: H. Jesús Salazar Brenes, L.C. | Fuente: www.missionkits.org



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, enséñame a abrazar mi cruz de cada día y dame la fuerza de tu Espíritu para anunciarte sin ningún temor con mi testimonio de vida.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 9, 23-26

En aquel tiempo, Jesús le dijo a la multitud: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará. En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye?

Por otra parte, si alguien se avergüenza de mí y de mi doctrina, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga revestido de su gloria y de la del Padre y de la gloria de los santos ángeles”.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Hay un momento en la vida que es crucial: cuando debemos tomar la decisión fundamental de seguir o no a Cristo. Cuando queremos seguirlo, muchas veces tenemos consuelos en la oración y sentimos «muy bonito» cuando oramos; en nuestros grupos eclesiales puede ser que haya un muy buen ambiente y tengamos buenas amistades; pero cuando llega alguna cruz es cuando verdaderamente entramos en el crisol de la prueba para saber si lo que estamos viviendo es verdadero o es una visión romántica de la vida cristiana.

Jesús nos dice muy claro que para seguirle hay que seguir el camino que Él mismo nos trazó en el Gólgota. La cruz no es agradable, da vértigo y miedo, pero abrazarla como Él lo hizo es la mejor decisión para llegar al cielo y llevar con nosotros a muchos más. A través de la cruz nos unimos al sacrificio de Cristo más íntimamente. Así lo hizo san Felipe de Jesús a quien recordamos hoy. Él fue uno de los primeros misioneros nacidos en América (México, 1572) y no se avergonzó de Aquel en quien tenía puesta toda su esperanza. Predicó incansablemente el Evangelio en Japón hasta abrazar la cruz cuando, a los 25 años, derramó su sangre, al ser crucificado. A los ojos del mundo perdió su vida, a los ojos de Dios ganó el premio de la vida eterna.

En nuestra vida cotidiana, aunque no nos toque vivir un martirio cruento, podemos dar testimonio (martirio significa testimonio en griego) de nuestro amor a Jesús venciendo el respeto humano que puede generarse en algunos ambientes laborales y de estudio. La valentía, a ejemplo de Cristo, es una de las virtudes más profundas del cristiano.

Pidámosle a María que podamos abrazar la cruz y anunciar a Cristo sin ningún temor, como lo hicieron los apóstoles después de Pentecostés y lo continúan haciendo tantos hombres y mujeres alrededor del mundo.

«Salvar lo que es propio es caminar según la carne; perderse siguiendo a Jesús es caminar según el Espíritu. Solo así se da fruto en la viña del Señor. Como Jesús mismo enseña, no son los que acaparan los que dan fruto en la viña del Señor, sino los que, sirviendo, siguen la lógica de Dios, que continúa dando y entregándose.»
(Homilía de S.S. Francisco, 21 de junio de 2018).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Abrazaré mi cruz de este día y ofreceré este sacrificio para que más personas conozcan y amen a Jesús.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.





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