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La Carrera de la Vida
Una buena estrategia sería identificar aquel Don que florece en nuestros corazones


Por: Marlene Yañez Bittner | Fuente: Catholic.net



La “carrera de la vida” requiere un esfuerzo permanente que comienza a temprana edad cuando aún somos niños y que termina en el último de nuestros días. Es carrera, pues supone una lucha por aprender; quien no aprende está destinado a perder la carrera, a quedar en el último lugar y a que los demás, lo pasen a dejar. Lo cierto es que de diferentes formas, debemos aprender, pues la vida es un aprendizaje constante.

Y de aquí nace la necesidad de estudiar, perfeccionarse y aquella lucha por adquirir más y mejores conocimientos, pues así podremos obtener un mejor “rendimiento”. Válido es este esfuerzo que tenga como finalidad obtener el mejor provecho de nosotros mismos, pero debemos tener presente de que todo cuanto tengamos, nuestros talentos, cualidades, aptitudes, vocaciones, así como también lo que logremos en la vida son Gracias de Dios. Él es quien nos ha regalado todo cuánto tenemos por acción del Espíritu Santo, pues así lo ha dispuesto desde toda la eternidad.  Estos son los Dones con los que hemos sido dotados y el Señor nos llama a que sus frutos sean entregados para el bien de nuestro prójimo y no sólo para nuestro propio bienestar.

“La manifestación del Espíritu que a cada uno se le da es para provecho común.” (1 Corintios 12,7)

Perfeccionarse en un ámbito profesional, dotarse de conocimientos o acrecentar el capital intelectual no es criticable, cuando lo hacemos con un fin comunitario, pero es lamentable cuando la ambición, las ansias de poderío, el consumismo, comienzan a gobernar las vidas de las personas. Aquellos Dones que tan amorosamente Dios nos ha regalado, se transforman en simples herramientas que sirven para vivir egoístamente en un mundo cada vez más alejado de Él. ¿Parece ilógico verdad? Dios nos dota de Dones para ser mejores personas y terminan siendo un arma para atacarlo. Pues quien no atiende a las necesidades de su hermano, no ama a Dios.

“Si alguno dice que ama a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso. El que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve.” (1 Juan 4,20)

Ninguno de los hijos de Dios, ha sido desposeído de una Gracia especial, de un Don; dicho de otra forma, todos tenemos una cualidad más acentuada que otras, una habilidad, aquello con lo que nos desarrollamos mejor.

“A uno se le da, por el Espíritu, palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; 9.a otro, el don de la fe, por el Espíritu; a otro, el don de hacer curaciones, por el único Espíritu; 10.a otro, poder de hacer milagros; a otro, profecía; a otro, reconocimiento de lo que viene del bueno o del mal espíritu; a otro, hablar en lenguas; a otro, interpretar lo que se dijo en lenguas.” (1 Corintios 12,8-10).

Para el servicio de nuestros hermanos y para gloria de Dios Padre, en esta “carrera de la vida”, podemos esforzarnos en lograr distintas habilidades y conocimientos con mayor o menor resultado. Sin embargo, una buena estrategia sería identificar aquel Don que florece en nuestros corazones y trabajar en base a éste. El humilde consejo es explotar aquel Don y a partir de éste obtener provecho para beneficio común. Por ejemplo y tal como lo señala San Pablo, si tenemos la habilidad de oratoria, quizás la evangelización debe ser nuestro apostolado. Y si no tenemos buena voz, quizás no debamos integrar el grupo de coro de la Parroquia. Por cierto, todo puede lograrse con la gracia de Dios y aquellas falencias se pueden superar si Él así le agrada.

Todos los hijos de Dios formamos un solo cuerpo y por ello es que hemos sido dotados de distintos Dones en mayor o menor medida y lograr así, un complemento.

“Un solo miembro no basta para formar un cuerpo, sino que hacen falta muchos.” (1 Corintios 12,14)

El Señor se ha encargado desde siempre de asignarlos de acuerdo a su voluntad.

“Y todo esto es obra del mismo y único Espíritu, que da a cada uno como quiere.” (1 Corintios 12,11)

Queridos hermanos, pidámosle al Espíritu Santo que nos que nos ilumine para identificar en nosotros aquella Gracia con la cuál podamos contribuir a formar el Reino de los Cielos en la tierra.





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