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Obispo Emérito de SCLC

Bienaventuranzas de los politicos
"Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel. Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad"


Por: Mons. Felipe Arizmendi Esquivel | Fuente: Catholic.net



VER

Estando en Chiapas, durante las campañas electorales, me buscaban varios candidatos a presidencias municipales, a cargos legislativos, a la gubernatura y, en algunos casos, a la presidencia de la República, para preguntar mi opinión sobre la situación del Estado y del país. Después de manifestarles mi punto de vista sobre la realidad y sobre los retos más sobresalientes, siempre les preguntaba por qué aspiraban a estos puestos, siendo tan delicados los problemas locales y nacionales. Su respuesta era casi la misma: “Amo a mi pueblo y considero que puedo aportar algo a su mejoría”. Les deseaba éxito en sus aspiraciones, les ofrecía mi colaboración no partidista y mis oraciones. Celebraba que fueran buenas intenciones las que les movían. Sólo uno me dijo claramente que en su vida sólo sabía hacer actividad política y partidista, y que se obtenían buenas cantidades de dinero. Hay políticos bien intencionados, honestos, servidores leales y generosos para dar su tiempo y su vida al servicio de los demás, y otros que son unos vividores y unos corruptos de marca, que ya el pueblo identifica.

En el actual gobierno, puede haber gente de toda índole: desde funcionarios rectos, capacitados y decididos a cambiar muchas cosas que han estado mal, hasta quienes cambiaron de color partidista sólo por sumarse al carro vencedor del actual presidente. Hay que comprobar si tienen buen corazón, si practican la “Cartilla Moral” que se ha propuesto, si son competentes para enfrentar los desajustes que provocan decisiones que pueden ser unipersonales. Por ejemplo, estamos de acuerdo en que se combata el robo de combustible, fruto de una corrupción endémica y de una incapacidad para evitarlo, pero da dolor y pena ver a tantas personas que pierden su tiempo y su dinero haciendo largas y desesperadas filas, desvelándose y sufriendo el frío y la lluvia, por la ineficiencia en el surtido oportuno de la gasolina en varias partes del país. Eso puede revertir los votos que se les dieron, pues aumenta el enojo social. ¡Qué difícil es ser un buen político! Hay que escuchar a muchas personas, antes de tomar decisiones que pueden afectar más que la enfermedad que se intenta sanar.


PENSAR

El Papa Francisco, en su mensaje para la pasada Jornada Mundial de la Paz, dijo:

“Merece la pena recordar las ‘bienaventuranzas del político’, propuestas por el cardenal vietnamita François-Xavier Nguy?n Vãn Thu?n, fallecido en el año 2002, y que fue un fiel testigo del Evangelio:

Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel. Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad. Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés. Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente. Bienaventurado el político que realiza la unidad. Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical. Bienaventurado el político que sabe escuchar. Bienaventurado el político que no tiene miedo’.

Y agregó: “Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia. La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción”.

ACTUAR

¿Qué hacer? Casi no hay procesos e instancias para la formación integral de buenos políticos. Algo hacen unos partidos para formar sus cuadros y capacitar sus líderes. Se requeriría algo más formal por parte de universidades, sociedad civil, organizaciones no partidistas, para formar sobre todo el corazón, educar en el servicio público, orientar prioridades en los comportamientos éticos. Las iglesias podemos aportar nuestros propios valores, no con ambiciones proselitistas, sino para unirnos en la construcción de un pueblo donde reinen verdad y vida, santidad y gracia, justicia, amor y paz. No esperemos grandes proyectos; hay que empezar por pequeñas iniciativas de una diócesis, una congregación, un decanato, una parroquia, un grupo juvenil. No nos quedemos en quejas y lamentos. Construyamos historia.







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