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Relativizando la fe
Es verdad que el relativismo es el eje conductor de la sociedad postmoderna, pero esto no significa que debamos de caer en las trampas de relativizar la verdad.


Por: Sofía Aguilar | Fuente: Catholic.net



“Todo es relativo, nada es absoluto”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Sobre todo, para justificar ciertas acciones inmorales que claman una falsa libertad. En otras palabras, para poder obrar “libremente” sin que nadie sea capaz de juzgarme o señalarme. Esa frase es una falacia contradictoria, pero la realidad es que los postmodernos la han apropiado como estandarte para justificar sus obras.

Como jóvenes estamos continuamente expuestos a todas las distintas ideologías que se han apoderado de nuestra sociedad actual. Seguramente, a pesar de ser católicos practicantes en ocasiones hemos reflexionado sobre estos temas, cuestionando el papel de la iglesia y nuestra postura ante los mismos. La complejidad de los temas no radica en lo que tantos llaman la “controversia”, sino en la manipulación de los medios, las agendas mundiales y los intereses de un selecto número de personas. Es por ello que el Papa emérito Benedicto XVI hablaba de la dictadura del relativismo, la cual “no reconoce nada como definitivo y que deja sólo como medida última al propio yo y sus apetencias” (Díez, 2014). En eso precisamente radica el relativismo, en el ensimismamiento del ser humano, enalteciendo las pasiones humanas como; la lujuria, el poder y la avaricia. Todo amparado bajo la cortina del relativismo, de lo que para unos es aceptado como norma para otros no es considerado así.

El problema de aceptar el relativismo en nuestras vidas radica en el adormecimiento de nuestra conciencia. Ejemplo de esto comienza de la siguiente manera: Como católicos reconocemos el valor de la vida desde el momento que el óvulo queda fecundado. Perfecto. Como resultado de esto, nos oponemos al aborto. Pero entonces, algunas personas comienzan a plantear pseudoargumentos para justificar el aborto y empiezan a plantear distintos casos. Uno de ellos, es una niña de 14 años que fue violada y entonces… ¿en este caso en particular?... ¿qué procede?... Seguimos estando en contra del aborto o comenzamos a considerar otros aspectos: “Es solo una niña” “Fue una víctima” “¿Cómo una niña criará a otra?”, etc. Entonces, comenzamos a relativizar la verdad, comenzamos un diálogo muchas veces sin fundamento alguno y podemos caer en frases como: “Bueno, si es así entonces si” o ¡Pena de muerte a violadores! ¿Eutanasia? ¡Claro! Sobre todo, si la persona sufre, seguro Dios lo entenderá. De esta forma comienza un espiral de adormecimiento de nuestra conciencia ante la verdad por caer en las trampas de la dictadura del relativismo.

Las consecuencias de este relativismo son gravísimas para nuestra vida espiritual, porque le damos cabida al mal y convivimos de manera educada con él, sin percatarnos del control que libremente le estamos entregando. El Papa Francisco lo expone de esta manera “el Maligno se ha escondido, viene con sus amigos muy educados, llama a la puerta, pide permiso, entra y convive con el hombre, su vida cotidiana y, juega y juega, da las instrucciones”. El gran peligro de esto es el adormecimiento de nuestra conciencia, poco a poco el mal va anestesiándola y entonces es mucho más sencillo ser relativista y no solo eso, si no, justificar nuestros pecados ante Dios con esa visión. Para evitar caer en esto, el Papa Benedicto XVI nos deja dos antídotos principales: extender los límites de nuestra razón mediante la reflexión seria y fundamentada del arte, la ciencia, la ética y sobre todo de la doctrina de la iglesia. El segundo antídoto es practicar la caridad, como seres humanos tenemos la capacidad de donarnos gratuita y bondadosamente a nuestros hermanos, este es el principio de todo el magisterio de la iglesia y las enseñanzas de Cristo: el amor. La caridad es la fórmula perfecta para el desensimismamiento del hombre.
   
Es verdad que el relativismo es el eje conductor de la sociedad postmoderna, pero esto no significa que debamos de caer en las trampas de relativizar la verdad, recordemos que Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14,6). No podemos permitir que el mal adormezca nuestra conciencia y nos aleje de la Verdad, es por ello que siempre debemos de estar vigilantes y discernir las cosas de Dios y las que no lo son, para poder actuar conforme a la verdad y no al relativismo.





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