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Domingo Epifanía
El gozo del nacimiento del niño llena la vida de una inmensa alegría


Por: Tais Gea | Fuente: Catholic.net



Cercanos a la navidad, la Iglesia nos ofrece un último domingo de adviento para preparar nuestra alma a acoger el misterio insondable de Dios hecho niño. Es un misterio que nos supera pero que a la vez nos llena de gozo. Un gozo que se respira en las calles, que se palpa en los abrazos, que se saborea en las comidas navideñas. El gozo del nacimiento del niño llena la vida de una inmensa alegría.

La liturgia de este domingo nos muestra algunos elementos de cómo es este niño que va a nacer y que nos permite acercarnos al misterio y maravillarnos más aún de lo que Dios hace esta navidad. La primera lectura nos presenta una profecía de Miqueas. En ella se anuncia la llegada de un jefe del Pueblo. Un verdadero líder. Y se dice que ese jefe saldrá de Belén, pequeña entre las aldeas de Judá. Ese es el primer elemento a considerar. Si queremos acoger a Jesús niño para que nazca en la aldea de nuestro corazón, tenemos que ser una aldea pequeña. Es decir, Dios nos pide que lo acojamos en nuestra pequeñez.

Cristo niño va a nacer, pero su destino no es nacer en el gran palacio, en la opulencia y en la grandeza. El está destinado a nacer en lo pequeño, en lo humilde, en lo sencillo. Es por eso que solo un corazón así puede acoger al niño Dios para ser espacio en el que nazca en esta navidad. Dios pide que miremos nuestro corazón y nos preguntemos ¿mi corazón es pequeño, sencillo, humilde? Es ahí donde quiere nacer Dios.

El segundo elemento que presenta la liturgia es la misión de este jefe: pastorear al pueblo con la fuerza y la majestad de Dios. Pero ¿cuál es esta fuerza y esta majestad? El texto mismo nos lo especifica. Dice que este jefe-pastor será la paz. El modo en que Dios conduce a su pueblo es con la fuerza y la majestad de la paz. Eso es lo que quiere traer al corazón pobre que lo acoge. Quiere ser para cada uno de nosotros paz y convertirnos en ciudades de paz. Es decir, que seamos nosotros también en esta navidad agentes de paz. Que su grandeza de paz llene nuestra tierra, es decir, nuestra vida, nuestro corazón, para que llenos demos a los demás de esa paz.

La segunda lectura también nos ayuda a comprender este misterio insondable del nacimiento de Dios niño. Dios se ha hecho hombre porque él es amor. Esto significa que no podía hacer más por el hombre que darse, entregarse, hacerse ofrenda. Ser él mismo la víctima que se ofrece como sacrificio para el bien de cada uno de nosotros. El movimiento de Dios, en esta navidad, es de un volcarse en Jesús niño y darse a cada uno de nosotros. Él no podía hacer otra cosa que entregarse ya que, como dijimos antes, él es amor.

Al reflexionar sobre un Dios que viene a nacer en nuestro corazón pequeño. Que es un jefe-pastor que viene a traer la paz. Y que es un Dios que, al ser amor, se nos da en Cristo. Esto nos lleva a la misma experiencia que hizo Juan el Bautista en el seno de su madre. No pudo más que saltar de gozo. Esta navidad es tiempo de saltar de gozo. De vivir en la alegría de sabernos invadidos en nuestros pequeños corazones por un Dios de paz y de amor. Y este gozo nos lleva a bendecir y alabar. Alabamos a Jesús niño que ha querido entregarse por entero a nosotros y le decimos con las palabras de la liturgia: bendito el fruto de tu vientre María. Bendito sea Jesús niño. Bendito sea Dios.

Terminemos con una oración: Niño de Belén, ven a habitar y llenar nuestra pequeña alma con tu presencia que es paz y es amor. Queremos llenar también nuestros hogares de la fuerza de tu paz y de tu amor. Ven a nacer en nosotros esta navidad. Amén





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