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La Lujuria
Pecados Capitales
Los Pecados Capitales.


Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net





Eclesiástico en el 23, 15 al 23 explica: “Un hombre acostumbrado a palabras indecentes, no se educará en toda su vida. Dos clases de hombres multiplican los pecados y una tercera parte atrae la cólera del Señor: Una pasión ardiente que se enciende como fuego y no se apaga sino al consumirse. El hombre impuro con su propio cuerpo, no quedará tranquilo hasta que se prenda fuego. El hombre infiel al lecho conyugal, quien piensa para sí: ‘¿Quién me ve? La sombra me rodea, las murallas me protegen, nadie me ve; ¿por qué inquietarme? El Altísimo no anotará mis fallas’. Este teme las miradas de los hombres y no sabe que los ojos del Señor son mil veces más luminosos que el sol, que observan todas las acciones de los hombres y penetran en los rincones más secretos. Él conoce todas las cosas antes de crearlas y las conoce hasta después que se terminen... Igualmente, la mujer que abandona a su marido y le da un heredero concebido de un extraño. En primer lugar ella ha desobedecido la ley del Altísimo. En segundo lugar, pecó contra su marido. Y, en tercer lugar queda manchada con el adulterio, mujer que tuvo hijos de un extraño”.

Tomás de Kempis, en “La Imitación de Cristo” anuncia: “El antiguo enemigo, adversario de todos los buenos, no cesa de tentar, sino urde día y noche graves insidias, por si acaso pudiese precipitar al incauto en los brazos del engaño”. “Vigilad y orad, para que no caigáis en tentación” (Mateo 26, 41).

La causa de la lujuria es la despreocupación por Dios, con lo que el hombre queda hundido en la irracionalidad sexual.


La concupiscencia sustentada en la soberbia, es una desgracia que se identifica con el origen del mal. Satanás se esforzó en destrozar la pureza de Adán y Eva y los alucinó con deseos deshonestos, suscitando los primeros actos de obscenidad. Esa herencia indecente es catastrófica, por cuanto hizo que se alborotaran los instintos licenciosos de todas las generaciones.

La lujuria crea la inmoralidad del cuerpo y lo prostituye como templo del “Espíritu Santo”. La exaltación física con apoyos externos, ha ganado preponderancia porque a la insinuación satánica a nuestros primeros padres para que fueran infieles, se suman los sofisticados métodos con los que actualmente se expone el erotismo, y eso motiva la lascivia.

La humanidad narcotizada por el pecado, desde la infancia forma en la mente los símbolos de la sensualidad. Estos afloran con fuertes ímpetus, cuando desaparece el candor infantil. Hay doctrinas sociológicas, filosóficas y psiquiátricas que le dan supremacía maligna al alborozo sexual; esto arruinó el buen aprendizaje y se alteró la conciencia de los castos que se oponían a la esclavitud lúbrica. A esto se agrega el hecho de que no hay una adecuada educación sexual cristiana impartida por los padres, la cual debe ser oportuna, privada y sistemática.

Mención especial merece Sigmund Freud, psiquiatra austriaco nacido a mediados del siglo XIX, creador de la teoría del psicoanálisis, de la doctrina del subconsciente y estudioso de los temas como la histeria y el tabú. Con su particular estudio de la naturaleza humana y su conducta, arribó a la temeraria conclusión de que las labores de los hombres se circunscriben a la satisfacción sexual para calmar los ímpetus desmedidos, sin interesar los valores morales y religiosos.

Son muchas las críticas en contra de las conjeturas freudianas, relacionadas con el comportamiento sexual de los individuos. Las exploraciones de este científico se basan en el proceder de quienes ceden al erotismo, para saciarse y quedar satisfechos. Lo descabellado de sus especulaciones, es la infamia de que fuimos creados para ser felices y eso se adquiere complaciendo las sugestiones eróticas. Esto le da un carácter insensato a la vida, ya que además de ubicarnos en la misma categoría de las especies inferiores, descarta la influencia de Dios en la Creación y en los méritos espirituales. No es cierta la teoría del apareamiento para estar alegres; los humanos no somos máquinas que se ponen en funcionamiento, para deleitarse con las aberraciones de la sexualidad descarriada.

Erich Fromm, quien fuera discípulo de Freud, cuando estudió objetivamente y con esmero las conclusiones desproporcionadas de los experimentos de su maestro, decidió dejarlas de lado. Posteriormente manifestó que las relaciones sexuales no son la vía para que las personas tengan equilibrio emocional, pues este no se adquiere con la complacencia sexual, porque está acompaña de variadas fantasías.

Algunos científicos que indagan los comportamientos anormales de la desmedida apetencia sexual, la definen como “sexo adicción”, la cual tiene entre sus características el desarreglo de la mente y del cuerpo, debido a las relaciones sexuales incesantes. El exceso de perversión, trastorna el comedimiento que debe haber en las relaciones normales de los matrimonios constituidos sobre parámetros cristianos. El desequilibrio sexual, además del agotamiento físico prematuro, daña el cariño de la pareja. La irreformable infidelidad y los asiduos requerimientos eróticos de uno de los cónyuges, ocasionan la ruina económica y el divorcio. Varios científicos creen que el perjuicio psíquico de los adictos, los puede inducir al suicidio, cuando se intensifica este mal.

Hay quienes defienden las relaciones sexuales libres y descomedidas, argumentando que en ellas está la dicha. Si eso fuese cierto, no hubiese sido catalogada por los doctos en la materia, como una terrible enfermedad psicosomática que extenúa el cuerpo vertiginosamente y suscita sensaciones de culpabilidad.

Los incondicionales al sexo y sus chaladuras: Obscenidad, indecencia, pornografía, masturbación, fornicación, prostitución y adulterio, son individuos inestables con tendencia al abatimiento emocional, a la angustia y a paupérrimos niveles de autoestima. Esas debilidades encuentran salida en el aparente bienestar que proporciona las aventuras carnales: Adulterio consuetudinario, encuentros clandestinos circunstanciales, revistas y películas inmorales. Con esas asistencias decadentes, el enfermo cree que canaliza el estrés y la melancolía, cuando en realidad se adentra en un ambiente turbulento y torpe que le trae desaliento y pérdida de los valores Cristianos.

La lujuria desborda las pasiones carnales reprimidas en el subconsciente que al exteriorizarse, llevan a la deshonra del cuerpo y a la desvergüenza erótica. Los lujuriosos se desesperan cuando no complacen las perversiones reclamadas por sus ansias de sexo.

Hay errores divulgados en medios informativos, algunas instituciones mal llamadas educativas, los enemigos del cristianismo, las sectas y las organizaciones satánicas, según los cuales sólo el sexo es la expresión del amor. Esta aberrante declaración con la lujuria como estandarte, está maleando el amor debido a la adulteración de la moral por parte de quienes admiten esos desatinos. Si satanás aniquila los conceptos divinos del amor, obtendrá su empeño de hacer de la humanidad “una manada de puercos”, como lo expresó en el exorcismo relatado al principio. El cristianismo debe preocuparse por remediar esta calamidad, ya que muchos hermanos son proclives a cometer esos desaciertos.

La liviandad también es inducida por las vanidades de quienes se rinden a las costumbres malsanas de un medio ambiente corrompido que obvia lo espiritual. Cuando se detecta esa horrenda trampa y hay reflexión espiritual, se siente aversión por esas infamias. Se comprueba que el momento del acto carnal pasa rápidamente, para tener luego un sentimiento de culpa, de pavor y de soledad espiritual. Sin embargo, hay accidentes patológicos en hombres y mujeres que no demuestran reacción contraria a los pecados sexuales. Esto pasa, porque hay mucho daño moral y en el alma no mora el amor de Dios.

El erotismo emponzoñado aporta rebuscados mecanismos, para robustecer La disipación. En todas partes, se brindan servicios depravados que desaniman los esfuerzos destinados a vencer las tendencias malsanas. Abundan las tiendas que ofrecen productos para estimular las inmoralidades. Se venden genitales de goma, aparatos para ejercicios sadomasoquistas, revistas pornográficas y otros aditamentos que animan la morbosidad de los corrompidos. Todos los estereotipos lúbricos son vistos como sensatos y necesarios para la feliz existencia. Los medios audiovisuales casi en su totalidad, refuerzan la glotonería sexual, pues presentan espectáculos que van desde el simple destape corporal, hasta las más sórdidas escenas indecentes. Aunado a esos escándalos, también hay canciones pornográficas que incitan a la disipación sexual. Se ha divulgado tanto la corrupción, que en algunos espacios radioeléctricos se propaga la música erótica y se filman videos musicales donde sobresalen escenas inmorales de hombres y mujeres entregados a las sensaciones morbosas generadas por la letra de las canciones.

Los renombrados desfiles de modas y concursos de bellezas, tanto masculinas como femeninas, son exhibiciones decadentes donde impera la esclavitud de mujeres y hombres que se entregan a esas pobres funciones mediocres, donde campea el desenfreno. Todo es un derroche de lujo, luces y colores que adormecen los sentidos y coloca al espectador en una especie de hipnosis que altera el carácter ético de su personalidad. Sumen a estas ostentosas presentaciones, los concursos efectuados de manera pública y clandestina por homosexuales y travestís, donde se emulan los realizados por los denominados institutos de la belleza. La diferencia es que en los desviados sexuales, resalta más la inmoralidad.

El desnudo corporal es ahora habitual y sin límites. Los homosexuales y las lesbianas desfilan sin recato y su desvergüenza no tiene barreras, cuando demandan que se les respeten los derechos a su grotesco modo de ser. Exigen que no les coloquen trabas a sus descabelladas maneras de actuar en la sociedad. Anhelan que sus descarriadas presentaciones sean públicas y que nadie las prohíba. En cierto modo, esta sociedad disipada, ha tolerado su comportamiento libertino, pues son numerosas sus exhibiciones públicas, las cuales son muestras de la cantidad de personas atascadas en el repugnante pecado del descarrío sexual. Es tanto el relajo que en una reunión internacional, se planteó aprobar distintos tipos de sexo con igualdad de derechos: masculino, femenino y homosexual. A esto, hay que agregarle el pedimento casi mundial de los desviados sexuales, para que los parlamentos del mundo aprueben leyes que les autoricen contraer matrimonio civil y han asomado la posibilidad de que la Iglesia certifique tales desafueros. En varios países hay un fuerte enfrentamiento entre la Iglesia que ha sido arteramente ofendida, y algunos líderes políticos que complacen los pedimentos abominables de los extraviados. El enfoque cristiano, en consonancia con el Evangelio, es que estas personas para salvarse deben abstenerse de la impureza sexual, pues ella pone en peligro la redención del alma. Sin embargo, en algunas naciones sus parlamentos hicieron caso omiso a las recomendaciones del Papa y continúan sancionando normas que legalizan la unión entre parejas del mismo sexo. Estamos ante una desgracia ética global que trastoca las virtudes instauradas en la Santa Biblia y desafían sin temor a la Justicia Divina. En la historia, son muchos los acontecimientos que provocaron la destrucción total de varias civilizaciones, como resultado de sus impúdicos vicios.


La decadencia ética es tan inmensa que vale la siguiente afirmación: ¡Estas personas desquiciadas actúan peor que los animales irracionales, criaturas de Dios, a los que sólo los mueve el instinto de aparearse para conservar la especie; jamás veremos a los animales realizando tales aberraciones! Surge un razonamiento lógico: Por naturaleza, lucifer no ataca con sus bascosidades a los animales. Sí lo hace con el hombre, por ser el único de la Creación con espíritu y conciencia.

Algo que ha despertado malestar e indignación en el mundo Cristiano, es el descubrimiento realizado por científicos británicos que sugieren a los homosexuales la posibilidad de concebir hijos con óvulos femeninos, pero prescindiendo de la mujer en el proceso de gestación. Esto es abominable, ya que al óvulo se le borra el patrimonio genético femenino y es sustituido por el del homosexual escogido como madre; luego, en una probeta se fecunda con el espermatozoide del otro disoluto. El fatídico resultado sería un bebé con el ADN de los dos pervertidos y ninguna madre. La biotecnología es el medio para perpetrar tremendo desquiciamiento. Ahora, ha sido satisfecho el deseo gay de tener una alternativa para crear hijos. Con seguridad Dios pondrá trabas, para se expanda esta tremenda locura.

No se intenta juzgar alevosamente a los homosexuales, pues ellos también son hijos de Dios que desgraciadamente decidieron irse por un camino peligroso para sus almas. Su redención no es imposible, pero deben apartarse de esa adversidad y vivir en castidad y abstinencia sexual. Así lo pide Dios y no se puede ser impasible ante sus escándalos y dejarlos pasar sin decir nada, pues este es un mal que se extiende peligrosamente.

Las películas y revistas pornográficas, inundan al mundo. Es tan excesivo el descarrío sexual, que los productores de esos desórdenes ya no se conforman con sus sombrías invenciones, donde los actores aparecen completamente desnudos, en actos homosexuales y de lesbianismo. La degradación hace que estos relajados utilicen niños y animales en sus atroces creaciones. Chiquillos y adolescentes de los países pobres, son sacados de sus hogares con la anuencia y complicidad de sus familiares y son vendidos a precios irrisorios como cualquier mercancía, a los traficantes de seres humanos. Luego los emplean en los trances demenciales de los comerciantes de la lujuria. Estos pobres seres son trasladados a los países riscos, por los perturbados mercaderes del diablo, para explotarlos en el sucio negocio del sexo. Algunos son cedidos a turistas y cuando se lucran bastante de ellos y ya no son apetecidos, se les asesina brutalmente para extraerles algunos órganos y venderlos al mejor postor. Esa horda de demonios humanos, rebate las palabras del Apóstol San Pablo: “Sépanlo bien: Ni los corrompidos, ni los impuros, ni los explotadores que sirven al dios dinero, tendrán parte en el Reino de Cristo y de Dios”.

También hay los bisexuales que tienen contacto sexual con su pareja cotidiana, pero los sacudió el relajo dominante y resolvieron envilecerse en depravaciones, con alguien del mismo sexo.


La prostitución no ocurre solo en burdeles, prostíbulos, clubes nocturnos o el ofrecimiento de favores sexuales en plazas y avenidas públicas. Ahora existen los moteles y casas de citas, donde acuden los seres que alquilan su cuerpo a las parejas de cualquier actividad social; allí dan rienda suelta a su desaforada pasión lasciva.

Es muy rentable el arrendamiento de jóvenes hombres y mujeres que venden erotismo por ratos o días. Desde los simulados masajes en hoteles ejecutivos, el intercambio de parejas, los show lésbicos y homosexuales, hasta el sadomasoquismo, son facilitados a través de avisos en la prensa, radio, televisión, la comunicación por teléfonos celulares e Internet. A diario leemos en los periódicos, revistas y propaganda televisiva, el ofrecimiento de estas personas que se han entregado a los devaneos morbosos inculcados por los demonios.

Hay también la intitulada prostitución de alta alcurnia, para quienes detentan los poderes del mundo y que es ejercida por personas de distinto sexo y afiliadas a poderosas organizaciones criminales. Bellas mujeres y mozalbetes apuestos se adiestran con esmero y exquisitez frívola, para venderse a clientes exclusivos como magnates, industriales opulentos, políticos poderosos, altos funcionarios gubernamentales, profesionales florecientes, artistas y actrices famosos. Ellos pagan jugosos honorarios, por los servicios eróticos proporcionados. Una parte de ese dinero sucio, es entregado a los activistas de la función y la otra la toman las mafias que esclavizan a estos jóvenes. Los festines son aderezados con costosas champañas y whisky, manjares exquisitos y la droga más cara. No escatiman costos, para ver saciada su vida escandalosa. Después de terminada la velada, los que fueron exprimidos regresan a sus actividades como esposos y esposas fieles y como los grandes líderes en quienes está puesta la fe de la gente y los destinos del mundo. ¡Qué calamidad!

El destape es promovido por modas y costumbres cada vez más vulgares, que sin pudor brindan la posibilidad de lucir los cuerpos en playas y otros lugares públicos. Hay clubes de nudistas donde está prohibido el uso de cualquier vestimenta y andan como Dios los trajo al mundo. El desnudo significa en términos de fe, estar vestidos con el manto de la gracia. Nuestros primeros padres se sintieron desnudos cuando pecaron.

Es asombroso el poderío económico que se moviliza en los desfiles de modas, donde se emplea un ejército de jóvenes de ambos sexos que son reclutados, seleccionados y sometidos a un riguroso entrenamiento que los hace autómatas, para después recorrer una pasarela. Allí muestran sus menguados cuerpos, producto de una inclemente dieta y exhiben los trapos de los más connotados modistas internacionales que se hicieron multimillonarios a expensas de esos pobres seres que son aprovechadas como carne de cañón para sus nefastos intereses mercantilistas. Una vez impuesta la moda, quienes adquieren las prendas de vestir, pagan colosales sumas por poseer un trapo que dejará de usarse cuando el ingenio del diseñador confeccione un nuevo estilo. Así pasan la vida asediados por cosas banales, ilusiones y mitos, sin felicidad y sin Dios.

A los jóvenes y a muchos adultos, el diablo les lesionó su dignidad y la capacidad para mantener una condición física decente. Esto se evidencia en la escandalosa costumbre de tatuarse el cuerpo con figuras construidas con tinta imborrable. En sus partes íntimas, hombres y mujeres graban dibujos obscenos con imágenes y emblemas satánicos; otros se colocan piercing, aros y anillos. La lengua, los glúteos, los pezones, las tetillas de los hombres, las cejas, los labios, la nariz, las orejas y los órganos genitales, son perforados con esos instrumentos siniestros. Se pintan el pelo de colores luminosos y sus vestidos son estrafalarios y obscenos. Los hombres no deben usar ornamentos exclusivos para las mujeres, tales como zarcillos y pintura de labios; quienes son dignos, aborrecen esas cosas y respetan su contextura física que es “Cuerpo del Espíritu Santo”.

Los hermanos esclavizados por las anteriores aversiones, concluyen sus vidas tristemente, sin objetivos específicos ni principios morales. Deambulan por el mundo sin rumbo fijo y si no se implanta una campaña caritativa para rescatarlos, seguirán pereciendo sin remedio. Es una lástima que tantas almas sean arrastradas al infierno, sin posibilidades de rehabilitarse, debido a la indolencia de los gobiernos y de algunas instituciones creadas para tal fin. La Iglesia debe tener como una de sus prioridades, el auxilio de esos hermanos.

Todas estas personas engullen bebidas alcohólicas, cocaína, marihuana, opio, ácido lisérgico, heroína, crack y otras pestilencias alucinógenas. Son aterradoras las cantidades de drogas que se ingieren en el mundo, en medio de la apatía de los gobiernos, para aniquilar este mal que asesina sin piedad y de manera solapada.

La impureza hace perder la castidad, la cual se vive por amor y temor a Dios. La degradación moral no se circunscribe sólo al especto sexual. Por tener su origen en el infierno, ocasiona la exaltación de los sentidos que terminará en las abominaciones diabólicas, es decir, realizando orgías donde se le rinde culto al diablo y se sacrifican vidas humanas. El colapso moral es dramático, y solo un milagro puede salvar la vida de los seres entregados a la sórdida corrupción satánica.

Mientras haya concupiscencia, será mayor el desespero por cometer ocurrencias descarriadas. Cuando predomina una rendición dócil a las aberraciones, se puede causar la pérdida de los sentidos y de la vida. La voracidad sensual es tan intensa que se invoca a lucifer para que con su intervención se adquiera la satisfacción de los malévolos instintos.

La castidad es un don de Dios, por eso, al alejarse de Jesucristo, el hombre se expone a ser bombardeado por el mal. Al conocer nuestras debilidades, satán ataca la continencia, porque sabe que conservándola se está en comunión con la Santísima Trinidad.

La impudicia es vista por San Pablo, como la causa del endurecimiento de la razón, de la desvergüenza y del desatado deseo de pecar. La tozudez hace al hombre insensible ante el pecado, lo embrutece, no siente remordimientos, se le insensibiliza la conciencia y pierde la noción de lo bueno.


La vulgaridad hace del corrompido un individuo licencioso, y se malogra la dignidad, la cual es muy difícil recuperar si no hay un profundo arrepentimiento; es indiferente a los males de su conducta lasciva y termina satisfaciéndose a sí mismo, con muchas inmoralidades.

El deseo de pecar es intrínseco a la mente del lujurioso, pues en su entorno están las cosas deshonestas. Cuando se recrea mentalmente en las bajezas de sus instintos, anida un ansia vehemente de inmoralidades; si no tiene al lado a alguien que lo satisfaga, se masturba. Su deshonestidad erótica lo lleva a cualquier escándalo, para obtener su desviado objetivo.

Desde hace años, se desató en todas partes una epidemia aciaga que mata a miles de personas y amenaza con extenderse rápidamente para aniquilar a millones de seres. Este mal es conocido como el SIDA (Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida). Los científicos determinaron como causas del contagio, las relaciones sexuales promiscuas, el contacto sexual con infectados, el uso de inyectadoras de drogadictos, transfusión de sangre mal realizada y la transmisión a fetos en gestación.

Lo común en las contaminaciones, son las relaciones sexuales ilegales, sobre todo la de los homosexuales, aunque también se da mucho en los heterosexuales. Es posible que Dios haya permitido este mal, para aleccionar al mundo por la sensualidad escandalosa que lo corroe y por el poco interés de los descarriados en enmendarse.

Son incalculables los recursos monetarios que se gastan para minimizar el mal y de nada sirven esas inversiones, pues cada día aumenta la homosexualidad y los demás vicios inherentes al sexo. Unido a esto, el relajo es colectivo en todos los aspectos: La mayoría de los nacimientos en el mundo son ilegítimos, es decir, de madres solteras y padres irresponsables. La generalidad de las personas no profesa religión alguna y son desafectos a la Iglesia, los jóvenes realizan relaciones sexuales prematrimoniales y quienes se divorcian, son partidarios de emparejarse nuevamente, sin concernirles los mandatos de Dios. Estas son algunas de las deplorables señales de la corrupción propagada, que carcome las entrañas de la humanidad. Son enclenques las iniciativas que se hacen, para que avizoren el abismo hacia donde se desplazan.

Jesucristo en Mateo 13, 41 al 43 dice: “Y enviará Dios a sus Ángeles y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y a quienes se dedicaron a hacer obras malas, y los lanzarán al fuego donde será el llanto y el crujir de dientes... El que tenga oídos para oír, que oiga”.

A la lujuria la enfrenta Dios con la castidad. Después de haberse enlodado en ella, deben hacerse sacrificios para obtener la pureza. Mortificar la carne y huir de sus tentaciones es difícil, más si estamos en contacto con una sociedad influenciada por las manías fatídicas del erotismo.

Las vinculaciones con el mundo que acepta los patrones de la inmoralidad, hacen escabroso el camino de la rectificación y es una dura prueba para quien quiera salvarse. Nadie lo logrará si no apela a la ayuda del Cielo. Ni terapias, ni psicólogos, harán cesar esta aciaga enfermedad. Sólo se apaciguará temporalmente.

El Apocalipsis 21, 7, indica: “Los que se dedicaron a la impureza irán al lago de fuego y azufre y esa será su muerte segunda”. Quien quiera eliminar la lujuria, debe estimar el valor de su dignidad como hijo de Dios.

Al diablo de la lujuria se le combate de varias maneras: teniendo claros los preceptos morales del buen cristiano, huyendo de los atrapados en la sensualidad sin límites, no asistiendo a los sitios donde se avivan los malos deseos, tales como bares, discotecas y prostíbulos, rechazando las invitaciones que motivan la concupiscencia, alejándose de los falsos amigos que incitan al pecado, rechazando invitaciones de hombres y mujeres para fornicar o cometer adulterio, evitando tratos con homosexuales y lesbianas, no consumir drogas, no asistir a eventos donde las personas se desnudan, no ver desfiles de moda ni concursos de belleza, no participar en bailes eróticos, no ver películas pornográficas ni programas televisivos con mucha sensualidad, huir de cualquier otra atracción pecaminosa.

El remordimiento y el arrepentimiento ante Dios por las locuras cometidas, es el inicio de la querella contra la lujuria. Las tentaciones se dominan orando y entregando esas penas al Señor y a María. Muchos Santos fueron excepcionales, mortificando los malos deseos. Algunos castigaban sus cuerpos para superar este engendro. El combate durará toda la vida, pero se ganará si se persevera. Santa Teresita del Niño Jesús dijo: “Los afectos sensibles, las amistades sensuales hacen enorme daño a la personalidad”. San Felipe Neri afirmó: “La virtud que hay que cuidar con más esmero y defender con más cuidado es la castidad, ya que es la más delicada y débil de nuestras virtudes”. El Beato Miguel Rúa odiaba a muerte el dejar entrar a las habitaciones a gente joven, las miradas apasionadas, las caricias excitantes y los regalos a las personas de buen aspecto físico. San Juan de Ávila recomendó no intimar con personas jóvenes de sexo opuesto, pues el diablo quita cualquier tipo de relación: Tías, sobrinas, primas, ricas o pobres, feas o bonitas, sabias o ignorantes y nos empuja al pecado, por eso pide huir de cualquier familiaridad con personas que puedan hacer caer en la tentación carnal. San Juan Bosco recibió un mensaje de la Santísima Virgen María: “A quienes me aman y confían en mí y no se cansan de pedir mi protección, yo les daré un buen tesoro, que consistirá en que logren tener pureza en palabras y obras”.

El sacerdote Eliécer Sálesman, en su libro “pureza y castidad”, refiere algunos pasajes bíblicos sobre la lujuria: San Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses 4, 3 al 5: “Esta es la voluntad de Dios, que os abstengáis de la fornicación, de la impureza, de las faltas contra la castidad. Que sepa cada uno conservar su propio cuerpo, santo y honestamente. No con pasiones impuras, como lo hacen los que no tienen religión y los que no creen en Dios”.

Primera carta a los Tesalonicenses 4, 6: “Que nadie peque contra otro en esta materia, ni se aproveche de él para hacerle pecar, porque Dios es vengador de todas estas cosas”.

Eclesiástico 7, 26: “Y encuentro que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es como un lazo, su corazón una trampa y sus brazos, cadenas. El que es bueno ante Dios se librará de ella, pero el pecador quedará atrapado”.

Mateo 5, 8: “Todo el que mira a una mujer consintiendo un mal deseo, ya cometió pecado de adulterio en su corazón”.

Entre los elegidos de Dios, también aparece la lujuria. La naturaleza humana fusiona el deseo carnal con el agrado espiritual. La exaltación de los sentidos exacerba esta delicada combinación, como resultado del placer que se obtiene con estas dos situaciones.

Sobreviene la lujuria en los más cercanos a Dios, cuando alguien finge afinidad con Él y efectúa inmoralidades sin afectarle el mal que está provocando, cuando aparece la tibieza espiritual debido al gusto por los desaguisados del mundo y si los religiosos y laicos comprometidos, se alborozan con relaciones ilícitas.

Ni siquiera en la práctica religiosa, se abandonan radicalmente los impulsos eróticos, ya que con frecuencia se despierta el anhelo de sexo en muchos elegidos para pastorear las almas. En los grupos de oración y en las congregaciones religiosas, los demonios atacan con más saña, para eliminar la pureza de los bienaventurados. Cuando están más compenetrados en la oración, a veces se les aviva el deseo sexual. Casi nadie ha escapado, a esta nociva circunstancia.

Cuando Dios llama a la conversión, muchas almas avanzan cargadas de equívocos, tales como la sensualidad que se nota en las miradas y conversaciones insinuantes, en las loas para que haya empatía con el interlocutor, buscando con ello un acercamiento corporal. Los demonios andan a la caza de los místicos, para lacerarlos con los encantos corporales y pervertirlos con las relaciones sexuales ilegítimas. Los contactos diarios de algunos Sacerdotes con mujeres cristianas de cualquier estado civil, si se hacen interdependientes y no se corrigen, producen la atracción física. Se inventan estupideces, para entablar diálogos y ahondar en intimidades. Son muchas las vocaciones religiosas deterioradas y los matrimonios destruidos, por culpa de los absurdos vínculos entre Pastores y fieles.

Hay lujuria en la religiosidad, si surge interés sexual por alguien, si ante Dios se es más impulsivo que converso auténtico, cuando se es más mundano que piadoso. “La naturaleza humana quiere su ración de goce y la unión con Dios crucificado es distinta”: Carlos Carreto en “Cartas del Desierto”

No hay cultivo de la fe, si la frivolidad y lo lascivo aceleran el abandono de los deberes cristianos. Así se desnaturaliza el amor a Dios, pues quienes incurren en estas infamias se defienden vehementemente con razonamientos fraudulentos donde se aduce la natural relación que debe haber entre hombres y mujeres, sin importar cómo sea. Arguyen el concepto censurable de los prosaicos, de que las mujeres son para los hombres y viceversa, sin restricciones y lo que hagan para ser felices es incuestionable, pues para eso Dios dio libertad. Con esta deformación del amor, el hombre hace lo que le da la gana, acomoda a Dios a sus pareceres depravados y sugiere que si Él existe debe consentir los deseos libertinos, pues todo eso da felicidad. El Altísimo no aprueba la astucia procedente de las bajezas que tienen al sexo, como la máxima expresión del amor.

Para dominar la lujuria, hay que descartar a los sembradores de dudas sobre la pureza del cuerpo y del alma. En medio de la confusión espiritual reinante, hay quienes recomiendan comportamientos deformados.

La Iglesia ha sido sacudida en los últimos tiempos, por la forma descabellada en que algunos Sacerdotes flaquean ante las sugerencias maléficas. Hay casos de pastores de distintas religiones que aprueban las obscenidades, alegando falseadas interpretaciones de los textos sagrados y de las instrucciones de la Iglesia. En el año 2002, surgió un escándalo que vapuleó al cristianismo en todo el mundo, pues un sinnúmero de Presbíteros se vieron enredados en la corrupción sexual. Juan Pablo II, inspirado por el Espíritu Santo, condenó categóricamente estos desagradables acontecimientos y el Vaticano decidió que aquellos Prelados implicados en pederastia y otros delitos sexuales, deben ser separados de su ministerio y sometidos a la justicia ordinaria para que respondan por sus perversas contravenciones.

La carencia de oración y de humildad, la subordinación a los dominios de la decadencia sexual, la pérdida de la fe y el malévolo influjo de agentes externos corrompidos, están provocando una devastación angustiosa en la castidad de muchos Pastores. Antes de reprobarlos es perentorio pedir ante Dios su remisión, pues de lo contrario serán juzgados con mayor rigor: “A quien más se le da, más se le exige”

La lujuria deja al final un vacío y una preocupación, ya que es un amor falso, equivocado, escandaloso, carente de caridad, lleno de concupiscencia, de hipocresía y de suciedad corporal. La satisfacción de las malas pasiones dura un momento, en cambio, el amor de Dios es eterno y no muere, ya que se alimenta de lo bueno. La perseverancia en la fe evitará las pifias y así podremos repeler la avalancha del mal actual, y el que está por venir.

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