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En la Ausencia de tu Presencia
No me hablas, lo sé; pero estás.


Por: Marlene Yañez Bittner | Fuente: Catholic.Net



Te fuiste, no estás. Y si estás, así no la pareces. Tu presencia imperceptible, ahonda tu aparente ausencia. Si estás, ¿cuánto me sirve?, pues es como si no estuvieras. Recuerdo tu promesa y luego pienso:

“… Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.” (Mateo 28,20)

¿Acaso estás? Hermosos días pasé cobijada en tu nido de amor. Gocé de aquel fuego ardiente, de tu fuente sacié mi sed. Quiero volver a aquellos momentos, de dicha, de alegría, de regocijo sin fin.

Mi naturaleza pecaminosa me ha hecho pecar, lo sé. Mas tu misericordia busco Señor con la certeza de obtener tu perdón. Perdón que me hará digna de ti, perdón que te hará volver hacia mí. Y mientras… ¿debo entender esta agonía, cómo mi penitencia?

“Ante esto, ¿vas a permanecer insensible, Señor? ¿Te quedarás callado y nos afligirás hasta el fin?” (Isaías 64,11)



Pues si es así, acepto esta cruz con dicha y alegría. Y sino, ¿Por qué te fuiste? ¿Tan poco importo como para sufrir tu abandono? Pienso y río… porque te descubrí. Juegas conmigo porque sé que estás aquí. Nunca te fuiste, sólo permaneces callado. Sí, es lo que aquellos Santos llamaron “el Silencio de Dios”. Pareces ausente, pero estás más presente que nunca. Y mientras menos te siento y más lejano te percibo, más te amo. Porque descubrí tu juego; lo haces porque me amas, sabes que esta desolación que siento me hará amarte aún más. Por cierto es así, tú jamás te equivocas.

Ay de ti alma enamorada! No desesperes, aquel amado está a tu lado.

Escucharé tu voz en la ausencia dµe tu presencia aunque perfectamente la logres disimular. No me hablas, lo sé; pero estás.

“Entonces, cuando me invoquéis y me dirijáis vuestras súplicas, yo os escucharé.” (Jeremías 29,12)

No me cansaré de hablarte hasta que me respondas. Mi alma desolada sabe que la acompañas. Un día golpeaste mi puerta y te abrí. Pero ¿sabes? Abrí mi puerta para que entraras para siempre. Eres mi invitado de honor, me complace que te quedes a alojar y contemplaré tu sueño. Estás dormido, en silencio y en la ausencia de tu presencia, pero aún así me siento de ti acompañada. Aquí estaré esperando tu imposible regreso, pues nunca te fuiste, sólo dormías. ¡Qué bien lo haces!, eres imperceptible. Capaz de hacer caer en angustia a cualquier alma.



Sólo me queda esperar anclada en las oraciones que con inmenso amor te dedico; con mis alabanzas acompañaré tu sueño y con mi canto te haré despertar.

“En cada madrugada

abrir mi pobre casa, abrir la puerta,

el alma enamorada,

el corazón alerta,

y conmigo tu mano siempre abierta.”

 





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