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Homilia del 17 de Noviembre 2018

Dichosos los que temen al Señor
Jesús nos enseña el gran valor de la oración


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



Santa Isabel de Hungría

III San Juan 5-8: “Debemos ayudar a los hermanos para que seamos colaboradores en la difusión de la verdad”

Salmo 111: “Dichosos los que temen al Señor”

San Lucas 18, 1-8: “Dios hará justicia a sus elegidos que claman a él”

 



No es raro encontrar personas desalentadas porque su oración no ha sido escuchada. Quisiéramos que apenas presentamos nuestras necesidades a Dios, inmediatamente fueran resueltas nuestras peticiones.

Hemos hecho de la oración una especie de comercio en el que esperamos, exigimos, recibir de acuerdo a lo que hemos pedido. Esta sensación es más fuerte cuando lo que pedimos es a nuestros ojos una exigencia de justicia y de verdad. Lo sentimos por ejemplo ante la violencia que a pesar de nuestras oraciones no cesa, o bien cuando una persona querida por nosotros sufre o fallece a causa de la enfermedad, o es sometida por algún padecimiento o por un problema. ¿No nos escucha el Señor? Quizás hemos deformado la imagen de Dios. Me parece que lo convertimos en una especie de buen surtidor de mercancía. Igual que un papá que en días pasados me comentaba que sus hijos sólo lo veían como fuente de dinero y que sólo lo tomaban en cuenta cuando necesitaban algo.

El ejemplo que hoy nos narra Jesús no deja una muy buena imagen de Dios al compararlo con un juez injusto que no se preocupa por ejercer lo que debería resolver sin ninguna presión. Pero lo que quiere enseñarnos Jesús es el gran valor de la oración, hecha con fidelidad, con constancia y poniéndonos confiadamente en manos de Dios. Sobre todo me llama la atención la forma en que concluye diciendo que con mucha mayor razón hará Dios Padre justicia a todo el que se lo pidiere.

Hay ciertos momentos en que parece que ya nada más podemos hacer que la oración, no desperdiciemos energías en lamentos y acusaciones inútiles. Pongámonos confiadamente en manos de Dios, insistentemente, y seguramente Él nos hará justicia, no nuestra justicia, sino su justicia.

 







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