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Homilia del 7 de Noviembre 2018

El Señor es mi luz y mi salvación
¿Qué hay en nuestro interior?


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



Filipenses 2, 12-18: “Sigan trabajando por su salvación, pues Dios es quien les da energía interior para que puedan querer y actuar”

Salmo 26: “El Señor es mi luz y mi salvación”

San Lucas 14, 25-33: “El que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo”

 

No ha faltado quien al escuchar este evangelio juzgue equivocadamente la propuesta de Jesús. Quizás nos ayude la sentencia que dirige San Pablo a los Filipenses para comprender mejor este pasaje: “Sigan trabajando por su salvación con humildad y con temor de Dios, pues Él es quien les da energía interior para que puedan querer y actuar conforme a su voluntad”.



Y sigue dando otros consejos, pero lo importante y que quiero resaltar es el punto clave que nos señala San Pablo sobre qué es lo que nos mueve en nuestro interior. Cuando nos movemos por intereses monetarios, por homenajes humanos y por placeres, será muy difícil comprender el Evangelio; cuando nuestro interior se llena del amor de Dios, todo empieza a adquirir su justa dimensión. ¿Qué hay en nuestro interior? Parecería ser ésta la pregunta que ahora Cristo nos dirige, y pone muy claras las condiciones para su seguimiento. Nada será más importante que ese amor de Dios que nos lleva a una radical decisión de seguirlo. No es mirar las cosas materiales como males, sino darles su justa dimensión; no es considerar la familia o el cuerpo como pecado, no es hacer una división intransigente entre el cuerpo y el alma; es darle a toda la persona su verdadera dimensión de hijo de Dios de una manera integral.

Negarse a sí mismo, no es odiarse o mirarse con desprecio, sino apreciarse como verdadero hijo de Dios, pero no colocarse como único dios como pretenden las modernas ideologías que colocan al hombre sobre todas las cosas, pero que acaban despreciando a los “otros hombres y mujeres” para afianzar el egoísmo. Cargar la cruz, es asumir la misma misión de Jesús que obedece al Padre con alegría y plenitud pero que se llena de amor y entrega también a todos los hombres por quien se ha hecho carne. San Pablo nos invita a seguir el camino de Jesús y a hacerlo todo sin quejas ni discusiones, para que podamos ser verdaderamente hijos de Dios y “brillar como antorchas en el mundo”.  Cuando Jesús pone muy claras sus condiciones está suponiendo que hay un corazón que lo ama, de otro modo no se entienden renuncias estoicas y miserias humillantes.

La cruz tiene el sentido del amor y de la resurrección que da vida a todas las personas. ¿Cómo estamos siguiendo nosotros a Jesús?





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