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Un acto de amor sublime
¿Qué haremos con una redención tan grande?


Por: Maleni Grider | Fuente: Catholic.net



“Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos, si cumplen lo que les mando.”

Juan 15:12-14

 

Era una fría mañana de enero en Polonia, los hombres palidecían y se debilitaban en las barracas. La supervivencia era nuevamente el menú de esa mañana. Cada día, el olor a vómito, sudor y orina anunciaba la cercanía de la muerte. Algunos enfermaban y, en cosa de días, eran echados en la fosa donde otros cadáveres esperaban a ser cremados.

Las chimeneas del campo de concentración humeaban incesantes y pintaban el cielo de gris. Incluso de noche, las cenizas volaban por doquier, desapareciendo al instante en la mezcla de nieve. Las sirenas se escuchaban estridentes, los perros ladraban aterrorizando a los cautivos, y las oraciones subían en perfume fragante hasta el trono de Dios.



El padre Maximiliano Kolbe, un religioso polaco que había sido hecho prisionero por los nazis y recluido en Auschwitz, confortaba a sus compañeros de barraca y compartía su trozo de pan con ellos. La piel se pegaba a sus huesos, pero el rostro aún irradiaba la luz de su sonrisa amable y la belleza de su caridad.

Ese día escapó un hombre, así que los nazis matarían a diez prisioneros en represalia. Los numerarían uno a uno y, a aquellos a quienes les tocara el número diez tendrían que morir. Al escuchar este número, un hombre de mediana edad exclamó: “Oh, Dios. Yo tengo esposa e hijos…”, mientras su mirada se pintaba de tristeza. En ese momento, el padre Kolbe dio un paso adelante y dijo a los oficiales que él quería tomar el lugar de aquel hombre, para morir en la celda adonde serían arrojados los diez prisioneros seleccionados.

Los oficiales le preguntaron por qué, y el padre respondió que él era soltero y no tenía dependientes, pero aquel hombre tenía familia. En un acto inexplicable de indiferencia, los nazis aceptaron, de modo que el fraile fue lanzado a la celda para morir de hambre. Durante días, alentó a los otros nueve prisioneros, quienes fueron muriendo uno a uno. Sólo quedó él vivo. Pudieron haberlo liberado, pues necesitaban la celda para las siguientes víctimas, pero, en otro inexplicable acto de crueldad, le pusieron una inyección de cianuro y se deshicieron de él. En el cielo hubo una gran fiesta de bienvenida para este hombre que, al igual que Jesús, dio su vida por otro.

Imagínate el abrazo solidario con el que el Salvador del mundo recibió a este mártir cuya fe lo hizo parecerse a su Señor. Ahora imagínate la experiencia del hombre que fue liberado de la muerte, por la acción misericordiosa y sacrificial del padre Kolbe. Por último, mírate a ti mismo en el lugar de ese prisionero liberado, en el momento de escuchar el número diez y la condena a muerte. Luego mira a Jesús, Él viene caminando lentamente para ofrecerse a sí mismo y tomar tu lugar. Los verdugos aceptan y lo clavan en una cruz. Tú eres puesto en libertad.

Eso es exactamente lo que el Hijo de Dios hizo por todos nosotros: dio su vida en rescate, partió su cuerpo para darnos salvación, ganó la libertad y la vida eterna para aquellos que crean en su Nombre, su sacrificio y su resurrección. El hombre de las barracas era una víctima, pero nosotros somos culpables de pecado, y, con todo, Cristo quiso dar su vida para que fuéramos absueltos. ¿Qué haremos con una redención tan grande? Creer, amar a otros como Él nos amó, y servirlo por siempre con obras piadosas, adorarlo incluso en la eternidad. ¡Gloria al Rey!



 





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