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Homilia del 6 de Noviembre 2018

Alabemos juntos al Señor
Y la invitación de Jesús a compartir una mesa común sigue en pie.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



Filipenses 2, 5-11: “Cristo se humilló a sí mismo, por eso Dios lo exaltó”

Salmo 21: “Alabemos juntos al Señor”

San Lucas 14, 15-24: “Sal a los caminos y a las veredas; insísteles a todos para que vengan y se llene mi casa”

 

¿Quién está en el camino? ¿Dónde encontramos a los desempleados, a los malhechores, a los inválidos y ciegos? Ciertamente quienes están el camino no tienen las mejores recomendaciones y son vistos con desconfianza. Por el contrario, se trata de invitar con riguroso “pase” a quienes son importantes, nos reportan algún beneficio o simplemente nos conviene “tener esa clase de relaciones”.



La mesa del banquete está lista para todos estos personajes considerados “honorables, justos y deseables”, pero no se dignan participar en la mesa que ofrece el Señor. ¿Por qué? Jesús nos deja entrever que están muy “ocupados” y no en la construcción del Reino, sino en sus intereses muy personales, muy comprensibles y suficientes para una justificación razonable… pero no para abandonar la mesa del Reino.

Ni bueyes, terrenos, o un nuevo matrimonio son razones suficientes para dejar a un lado la mesa del Reino. Cuando se sobreponen los intereses materiales a las propuestas del Reino algo anda mal. Claro que se podría con un terreno nuevo participar en la construcción del Reino, un bien puesto a servicio y disposición de la comunidad sería muy útil, pero si el terreno nos aleja de los hermanos y pone barreras para compartir la mesa, algo anda mal. No se diga de los bueyes… instrumentos indispensables para el trabajo en el campo, pero cuando a causa de los instrumentos de trabajo nos alejamos de aquellos que también los necesitan y no colaboramos al bien común, en lugar de construir destruimos, les quitamos su verdadero sentido.

La familia, los nuevos esposos, no hay nada más digno y razonable que nos ayude a construir una sociedad digna, pero cuando la familia nos encierra, nos obstaculiza y nos pone barreras, no podemos decir que estemos construyendo comunidad. Es muy común poner por encima de los bienes comunes y a veces hasta de la propia dignidad de las otras personas, el bien de la familia o de un grupo que consideramos familia… Y así se cometen injusticias, se crean monopolios, se rehúyen los compromisos de nuestra comunidad, pretextos no faltan… Y la invitación de Jesús a compartir una mesa común sigue en pie.

Quizás los que no tienen nada que perder sean los que se animan a construirla, quizás los que tienen el corazón limpio sean los que más se entusiasmen… Y al final los pobres son los verdaderos sujetos de salvación y de liberación integral, son los anunciadores creíbles del evangelio.







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