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El ateísmo en el mundo de hoy
¿Puede haber una moral atea?


Por: Mauricio Ochoa Urioste | Fuente: Catholic.net



La Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual y la Declaración sobre la libertad religiosa se cuentan entre los documentos y enseñanzas más importantes del Concilio Vaticano II, que por una parte indican una voluntad humilde y resuelta de buscar el diálogo con discernimiento, y por otra parte, dar testimonio convincente de la fe con cuantos no la tienen o no han llegado aún a ella. Tal como afirma B. Häring, en el centro de nuestra fe está la convicción firme y existencial de que Dios es amor y nos ha buscado por amor.

Dentro de las modalidades de ateísmo tenemos a quiénes “niegan a Dios expresamente”, “afirman que nada puede decirse acerca de Dios”, “imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del evangelio”, y finalmente otros, que “ni siquiera se plantean la cuestión de Dios, porque al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso”.  

No considerar a Dios digno de ser conocido y aceptado es la verdadera fuente de las perversiones morales. Recordemos al apóstol San Pablo: “Y como no procuraron tener conocimiento cabal de Dios, Dios los entregó a una mente depravada para hacer cosas indebidas, llenos de toda injusticia, malicia, perversidad, codicia, maldad” (Rom 1,28-29). Con estas expresiones no nos arrogamos el derecho de juzgar a un individuo del que no conocemos ni la medida de su libertad y responsabilidad ni tampoco las causas psíquicas o sociales que le impulsan en esta dirección.  

En la pregunta de si es posible una moral del ateo, y más propiamente, si puede el ateo en cuanto tal darle una justificación válida, encontramos algunas respuestas poco claras. El psicoanalista y filósofo Erich Fromm, por ejemplo, discernía que “el niño empieza a la vida con fe en la bondad, en el amor, en la justicia”. Y posteriormente argüía para sustentar la destrucción del fundamento ético: “da lo mismo que la fe que se quebrante sea de en una persona o fe en Dios. Es siempre la fe en la vida, en la posibilidad de confiar en ella, de tener confianza en ella, la que se quebranta”.

En un sentido profundo, sin embargo, como afirma T. Goffi, el ateo experimenta y testimonia a Cristo, en sus misterios de encarnación y de pascua, con modos propios y complementarios de los del creyente. El Concilio Vaticano II, ha dicho: “Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios es conocida, se asocien a este misterio pascual”.



 





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