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El cristianismo radicaliza y universaliza la libertad
Gracias a la libertad puede el hombre decidirse ante el llamamiento de Dios


Por: Mauricio Ochoa Urioste | Fuente: Catholic.net



La libertad es un valor fundamental en la sociedad juntamente con la justicia. En cierto modo, la historia, se halla vinculada en un sentido amplio a la historia de la libertad, y las diversas culturas y épocas son consideradas y hasta juzgadas en relación con la promoción y ampliación de la libertad.

En Occidente, el mundo griego apreció la libertad en un sentido especial pero reductivo: la “libertad griega” o la “libertad del ciudadano”, es decir, el griego o el hombre libre, se contraponían con el bárbaro, el extranjero, el esclavo. Tampoco en el mundo romano se supera esta perspectiva. Sólo con el cristianismo la libertad se universaliza y se radicaliza: todo hombre, en todos los contextos, está llamado por Dios a la libertad: “No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer” (Gál. 3,28). Esta libertad es inseparable de la existencia humana, y del hombre en cuanto tal, que está dispuesto a escuchar la llamada de Dios para gozar la suprema fe: “Cristo nos libertó para gozar de libertad” (Gál. 5,1).

Con la venida del mundo moderno, hay quiénes sostienen una incompatibilidad entre este momento histórico y el cristianismo. Sin embargo, como indica G. Campanini, la cultura moderna no puede comprenderse más que en la perspectiva de los nuevos horizontes abiertos por el mensaje bíblico de la libertad.

Ahora bien, dentro de la dimensión bíblica de la libertad, es preciso apuntar que gracias a la libertad puede el hombre decidirse ante el llamamiento de Dios, pero sólo en cuanto la libertad humana es una participación de la libertad divina. Según Franz Böckle, es característico pues del cristiano una triple concepción de libertad:

a)    la libertad del pecado (mediante la justificación en Cristo, el hombre se libera de la sujeción al mal),



b)    la libertad de la ley (el que se abre al Espíritu está más allá de la ley)

c)    la libertad de la muerte (el amor de Dios es para siempre; por tanto, la muerte ha quedado definitivamente superada: Rom. 6,21 ss).   

Tal como indica G. Campanini, la libertad cristiana es algo completamente nuevo y desconocido antes de Cristo e irrepetible después de él, ya que es libertad en el amor, y no simplemente libertad en filantropía, por estar arraigada en el amor de Dios y no simplemente en el amor del hombre.

 







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