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Los milagros cotidianos en tu vida…
Santo Evangelio según San Lucas 10, 13-16. Viernes XXVI de Tiempo Ordinario.


Por: H. Jesús Alberto Salazar Brenes, L.C. | Fuente: missionkits.org



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, forma en mí un corazón agradecido para que sepa reconocer tu paso por mi vida y hagas milagros en mí.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)



Del santo Evangelio según san Lucas 10, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo: "¡Ay de ti, ciudad de Corozaín! ¡Ay de ti, ciudad de Betsaida! Porque si en las ciudades de Tiro y de Sidón se hubieran realizado los prodigios que se han hecho en ustedes, hace mucho tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza. Por eso el día del juicio será menos severo para Tiro y Sidón que para ustedes. Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo? No. Serás precipitada en el abismo".

Luego, Jesús dijo a sus discípulos: "El que los escucha a ustedes, a mí me escucha; el que los rechaza a ustedes, a mí me rechaza y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado".

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio



En nuestra experiencia de vida como cristianos estamos más acostumbrados a hacer oración de petición. Ponemos en las manos de Dios todos nuestros problemas, los de la gente que nos rodea, nuestros deseos. Sin embargo, ¿cuántas veces le agradecemos a Dios por los regalos que nos da?

El Señor hace milagros todos los días en nuestra vida pero ya nos acostumbramos a ellos. El milagro de nuestra familia, del amor de los que nos rodean, el milagro de estar vivos. Pero a pesar de todos estos milagros, ¿ya hemos vuelto nuestro corazón con todo nuestro amor a Jesús? ¿O aún reservamos una parte que no le hemos querido entregar?

Jesús no se lamenta de haber hecho los milagros, sino de que, a pesar de ellos, nos neguemos a cambiar y seguirle. Cuando esto sucede no le dejamos obrar el único milagro que requiere de nuestro grano de arena, la verdadera conversión. Una conversión sincera no significa ser inmaculado y no pecar, sino evitar a toda costa el pecado con la ayuda de la gracia. Al abandonarnos en sus manos reconociendo que solos no podemos, nuestro amor al Señor se vuelve tan grande que no queremos ofenderle más, no queremos cargar más peso en su espalda llagada.

Hemos escuchado tantas veces de la conversión, pero ¿qué esperamos para tener una experiencia verdadera de Dios? Y si ya hemos ido experimentando ese llamado de vuelta hacia Dios, nuestra conversión es un sí cotidiano, un sí sostenido que nos va acercando a la contemplación de la alegría eterna, del rostro de Dios. Y tú, ¿piensas escalar al cielo como te pregunta Jesús?

El Hijo de Dios da la vuelta a cada esquema humano: nos son los discípulos quienes lavaron los pies al Señor, sino que es el Señor quien lavó los pies a los discípulos. Este es un motivo de escándalo y de incredulidad no solo en aquella época, sino en cada época, también hoy. El cambio hecho por Jesús compromete a sus discípulos de ayer y de hoy a una verificación personal y comunitaria. También en nuestros días, de hecho, puede pasar que se alimenten prejuicios que nos impiden captar la realidad. Pero el Señor nos invita a asumir una actitud de escucha humilde y de espera dócil, porque la gracia de Dios a menudo se nos presenta de maneras sorprendentes, que no se corresponden con nuestras expectativas.
(Homilía de S.S. Francisco, 8 de julio de 2018).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy pediré a Dios la gracia para evitar el pecado que más fácil cometo, y si es necesario me acercaré a la confesión.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

 





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