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El bien, el mal y el rey Midas
Miles de realidades buenas pueden quedar dañadas si los corazones buscan el propio provecho


Por: P.Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net



Un juego entre niños. Risas, diversión, amistad. Poco a poco, la situación se hace extraña. Dos niños han hecho un pacto secreto para derrotar a otro. Reproches, enfados, gritos. El juego acaba mal.

El descubrimiento de una nueva sustancia en el laboratorio. Parece que ayudará mucho a la curación de enfermedades del sistema nervioso. Pasan las semanas. Luchas por las patentes, por el dinero. Incluso un día se descubre que en un hospital alguien usa esa sustancia para matar enfermos.

Los progresos electrónicos. Aparatos que realizan millones de operaciones con una precisión insuperable. Junto a los logros, miles de virus y de ataques cibernéticos ponen en peligro los secretos personales o la seguridad de todo un Estado.

La lista podría ser muy larga. Miles de realidades buenas pueden quedar dañadas si los corazones buscan el propio provecho, si desean aprovecharlas para dañar a otros, si hacen un mal uso de lo que podría ser benéfico.

La historia del rey Midas ilustra este extraño fenómeno. Lo que tenía posibilidades positivas queda "transformado": un mal uso de un objeto o de una habilidad lleva al dolor, al pecado, a la injusticia, a la muerte.



¿Por qué ocurre esto? En el corazón de cada ser humano hay una ambivalencia que lo dispone hacia lo bueno o hacia lo malo, hacia la generosidad o hacia el egoísmo, hacia el amor o hacia el odio.

Como pequeños reyes Midas, según las disposiciones que adoptamos, un objeto servirá para un uso que ennoblece o que degrada, que ayuda o que daña, que acerca a Dios o que lleva a la esclavitud del pecado.

Por eso necesitamos un buen examen interior para ver qué tipo de actitudes orientan nuestro modo de usar las cosas. Si, como el rey mitológico, todo lo que toco se transforma, ojalá sea para el bien.

Entonces la leyenda puede tener un final feliz. Si quitamos la ambición, si destruimos el egoísmo, entonces una habilidad, un tesoro, un poco de dinero y de salud, pueden llevar a que nuestro pequeño rey Midas interior "toque" las realidades para promover un mundo un poco más bueno, más justo y más abierto a Dios y a los otros.







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