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¿Qué nos dice Jesucristo sobre la pederastia?
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños.


Por: P. Eugenio Martín Elío LC | Fuente: Catholic.net



Ante la noticia de los nuevos casos ventilados en la prensa de presuntos culpables de pederastia en la diócesis de Pensilvania en los EE. UU. siento la necesidad imperiosa de escribir estas líneas para tratar de aclarar un poco mis ideas ante el terremoto que tal noticia ha provocado en mí.

Reconozco desde un inicio que más que tratarse de un artículo en el que completo y cierro mi pensamiento, más bien pretendo abrir mi corazón dolido, expresando pensamientos confusos y abierto al diálogo con mis hermanos los hombres de buena voluntad.

Mi primer pensamiento y reconocimiento va hacia las víctimas, desde la vergüenza y el dolor por estos horribles crímenes. Me apena mucho que esto haya sucedido en mi familia Cristiana y humana.

Y como dijo Madre Teresa de Calcuta, me pregunto ¿qué puedo hacer para cambiar esta situación? Y me respondo: empezar por mí mismo y no ser indiferente ante tanto dolor que me rodea; ir a los míos, a mi propia familia, y comenzar amándolos, como Dios los ama, o al menos un poco más de lo que me amo a mí mismo.
 
Desde que salió la noticia, cuando me despierto en las noches, a las tres de la madrugada, siento que se me oprime el corazón y una necesidad de postrarme ante el Señor en la Eucaristía, de abrazar el crucifijo, de reparar al Sagrado Corazón de Jesús que sufre en sus hermanos más pequeños, por culpa de aquellos en los que Cristo ha puesto toda su confianza.

¿Qué piensa Jesucristo sobre la pederastia? ¿Por qué el Papa Francisco y la Iglesia Católica han implementado una política de tolerancia cero respecto a este asunto? ¿Qué juicio se merecen los que caen en estos delitos? ¿Y quién debería juzgarlos?



1. Jesucristo dice en los evangelios, concretamente en

Mt 18: 1 En aquel tiempo los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más grande en el reino de Dios?
2 Él llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos
3 y dijo: Os aseguro que si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de Dios.
4 Quien se humille como este niño, es el más grande en el reino de Dios.
5 Y el que acoja a uno de estos niños en atención a mí, a mí me acoge.
6 Pero a quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al fondo del mar.
7 ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos. Pero, ¡ay del hombre por quien viene el escándalo!

En otro pasaje Cristo se enoja con sus discípulos, porque influenciados por los prejuicios de la época, querían apartar a los niños de su presencia.

Mc 10, 14-16

13 Le traían niños para que los tocara, y los discípulos los reprendían.
14 Jesús, al verlo, se enfadó y dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos.
15 Os aseguro, el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.
16 Y los acariciaba y bendecía imponiendo las manos sobre ellos.



Finalmente en el texto de

Mt 18, 10

10 Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños. Pues os digo que sus ángeles en el cielo contemplan continuamente el rostro de mi Padre del cielo.

Creo que estos tres textos nos permiten vislumbrar un poquito la gravedad y el alcance que estos delitos cobran ante la mirada de Jesucristo. Porque afectan directamente a sus predilectos, los niños inocentes y más pequeños. (Por favor, tomemos nota de que estos textos no solo se relacionan con el tema de la pederastia sino también -haciendo las debidas adaptaciones- con el del aborto. Disculpen la digresión)

2. Mi opinión sobre la pedofilia es exactamente la misma que la del Papa Francisco.

Es más, me gustaría añadir este enlace de la página oficial del Vaticano sobre las políticas que el Papa y la iglesia católica ha estado implementando para afrontar esta lacra de nuestra sociedad que también nos ha afectado a la Iglesia y que se ha atrevido a calificar como “delitos gravísimos”  (Cfr. Documentos de  carácter disciplinar).

Me da mucha tristeza que esta noticia casi coincida con la nueva ley que acaba de aprobar la Asamblea Nacional de Francia, en la que no se fija una edad mínima de consentimiento de los niños para mantener relaciones sexuales con adultos.

Me parece indignante que se pretenda definir la pedofilia como una opción de orientación sexual. Y más aún que desde los parlamentos de lo que llamamos “Primer mundo” se pretenda constituir en ley.

Aquí se aplica lo que decía san Agustín: "Dos amores hicieron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hizo la ciudad del mundo; el amor de Dios, hasta el desprecio de uno mismo, hizo la ciudad de Dios”.

3. Como es lógico, creo que estos delitos deben juzgarse desde las instancias legítimamente constituidas tanto en el ámbito civil como eclesiástico, desde organismos nacionales como internacionales. Y sobre todo proteger a los más débiles para que se defiendan sus derechos y no se solapen ni se repitan estos casos.

A medida que avanzamos en la vida, nos damos cuenta de que en este mundo no hay verdadera justicia. Para mí el argumento filosófico más fuerte de que debe existir un mundo más allá del que alcanzamos a percibir en el de acá, es precisamente este anhelo de justicia que existe en todo corazón humano. Ya Sócrates reflexionaba sobre la necesidad de que esta justicia, que todos traemos innata, no quedara como un anhelo frustrado.

Pero ¿quién es capaz de penetrar en el corazón humano y de entender el misterio de la iniquidad? ¿Quién puede hacer justicia y lanzar una sentencia estando libre de pecado?

Dios nos libre de justicieros iluminados y heridos como en México el presidente Plutarco Elías Calles, el gobernador de Tabasco Tomás Garrido Canaval, o a nivel mundial, la encarnación del superhombre de Nietzche, Adolf Hitler, que se lanzó inexplicablemente contra el pueblo elegido de Dios. “Maldito el hombre que confía en el hombre” (Jer 17, 5)

"Espero tanto de la justicia de Dios, como de su misericordia” afirma Santa Teresita de Lisieux. Decir que Dios es justo significa que es fiel, que su amor no podrá jamás decepcionarnos, que tiene en cuenta lo que somos, nuestra buena voluntad, así como nuestras limitaciones. Decir que Dios es justo es también afirmar que, fiel a su amor y a su verdad, es el Dios que quiere salvar al hombre. (...) El hambre y la sed de justicia son el deseo de que venga por fin, en todo su esplendor, el Reino de Dios”. (Jacques Philippe).

Apo 22, 17, 20-21

17 El Espíritu y la Novia dicen: "¡Ven!" Y el que oiga, diga: "¡Ven!" Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida.

20 Dice el que da testimonio de todo esto: "Sí, vengo pronto." ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

21 Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. ¡Amén!
 





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