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Primera Parte

Jesús y su Madre
Jesús tuvo una madre como cada uno de nosotros. Y esta madre es María


Por: P. Antonio Rivero, L.C. | Fuente: AutoresCatolicos.org



Hemos hablado de Jesús. Pero este Jesús tuvo una madre como cada uno de nosotros. Y esta madre es María. ¡Bendito el vientre que llevó a Jesús y benditos los pechos que le amamantaron! Si Jesús es el Sol invicto, María es la Luna llena, cuya luz la recibe directamente de ese Sol invicto. Luna sin menguante, sin posibilidad de eclipse. Luna, cuyos rayos llevan iluminando dos mil años la noche y la oscuridad de nuestro mundo. Luna que brilla en los santuarios marianos esparcidos por todo el orbe. Como dice la canción: “Quién será la Mujer que a tantos inspiró poemas llenos de amor; le rinden honor la música y la luz, el mármol, la palabra y el color. Quién será la Mujer, que el rey y el labrador invocan en su dolor, el sabio, el ignorante, el pobre y el señor, el santo al igual que el pecador. María es esa Mujer, que desde siempre el Señor se preparó, para nacer como una flor, en el jardín que a Dios enamoró”.

María es verdaderamente Madre de Dios y del Redentor y es verdaderamente la madre de los cristianos porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes. La Anunciación a María por parte del ángel inaugura el cumplimiento de las promesas de Dios para la salvación de los hombres. Dando el consentimiento a la Palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús. Y con esta gracia le vinieron a María los demás privilegios: ser Inmaculada desde el primer instante de su Concepción; ser Virgen antes del parto, en el parto y después del parto; ser Asunta a los cielos en cuerpo y alma, como una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos. Ella es nuestra Madre en el orden de la gracia, es Madre de la Iglesia y Modelo de fe y caridad. Es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. La verdadera devoción a Ella consiste sobre todo en la imitación de sus virtudes.

A María no es posible aislarla de Jesús; ha de ser vista siempre en relación a Él. Todo lo que la Iglesia dice de María depende en último término de que Ella es la madre de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Pero, al mismo tiempo, depende de la reflexión de la Iglesia. Por eso, la Virgen María debe ser comprendida desde Jesús y desde la vida de la Iglesia.

En la Sagrada Escritura están claramente expresadas las verdades más fundamentales que la Iglesia confiere a María: la de ser Madre de Jesús y la de ser, no obstante, Virgen; la de ser llena de gracia y sierva que sigue a su Hijo. Y, en cuanto tal, es parte de la Iglesia, si bien como modelo y madre de ella.

A partir de este núcleo contenido en la Escritura, la Iglesia ha proclamado más en concreto otras verdades que están en relación con las reveladas en la Escritura: la elección y la confirmación en gracia desde su misma Concepción (Inmaculada Concepción), la glorificación de María (Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al cielo) y su papel en el mundo.



Meditemos un poco en el Evangelio para sacar los rasgos y la fisonomía espiritual de María. Y lo haremos desde el corazón y con el corazón. Sólo con el corazón comprenderemos a a esta mujer y madre que todo cuanto le acontecía lo solía pasar por su corazón inmaculado.

  1. La inesperada sorpresa de la anunciación (Lc 1,26-38)

¿Qué hace esta creatura, esta doncella cuando recibe la visita inesperada de Dios, a través del ángel Gabriel?

Oye y escucha atentamente

Alguien ha escrito:

"Tú has hablado, Señor,
en el silencio de mi noche
y tu palabra ha grabado en mi corazón tu voluntad.
Y porque hablaste,
hay en Ti una voluntad que yo desconozco.
Es la voluntad de tus mandatos.
Yo quiero, Señor, cumplir esa voluntad"



Dios habló a María. Y como María tenía un alma tan pura, tan limpia, tan cristalina, inmediatamente per­cibió la luz de Dios, la voluntad de Dios en su vida.

María es bienaventurada sobre todo por haber escuchado la palabra de Dios y haberla guardado, y no tanto por ser la madre de Dios; así lo dijo Jesucristo, su Hijo, a aquella mujer que había lanzado el piropo a su madre.

Escuchar la palabra de Dios es la actitud primordial de la fe de una creatura. La fe, por tan­to, no es primeramente un acto del pensamiento perso­nal, una creación de la inteligencia humana, sino la aco­gida en el corazón del pensamiento divino, y de un pensamiento expresado concreta­mente bajo forma de palabra.

Escuchar es abrirse a esta palabra y recibir todo el pensamiento y la hondura que ella manifiesta. Así hizo María: escuchó el plan de Dios expuesto por el án­gel o por esa voz interior. No expuso primero su propio pensamiento ni su propia decisión. No escuchó otras sirenas que la invitaban a una vida más fácil y sin tantas com­plicacio­nes.

¡Cuántas cosas quiere Dios decirnos a lo largo de la vida! Continuamente nos habla en el silencio de nuestra vida ordinaria, en el silencio de nuestro trabajo, en el silencio de nuestro corazón, cuando vamos caminando. Cada día quiere Él enseñarnos nuevas melodías, nuevas partituras. También nos habla Dios en el ruido de los acontecimientos, de los sobresaltos y de las contrariedades.

¿Qué requisitos se necesitan para escuchar a Dios?

* Silencio: para escuchar hay que estar en silencio de nuestras facul­tades interio­res. Hoy el silencio está amenazada por tantos ruidos prove­nien­tes del exterior (sirenas del mundo) o del inte­rior de nuestro cora­zón (nuestras pasiones); todo esto nos atrofia el oído inter­no, nos atur­de y nos incapacita para escuchar la palabra de Dios.

* Limpieza de alma: quien está limpio de corazón está en sintonía con la onda y la emisión de Dios. Bienaventurados los limpios de corazón porque no sólo verán a Dios, sino que escucharán a Dios.

* Vigilancia: Esta palabra de Dios, pronun­ciada en el silencio, corre el peli­gro, si no vigilamos, de ser aho­ga­da por la cizaña de otra palabra, la Antipala­bra, que no es la palabra de Dios, sino una pala­bra que se in­terpo­ne en el canal de Dios y es­tropea la emisión. Dirá el carde­nal Karol Wojtyla en su libro "Signo de contradicción" que esa Antipalabra es el enemi­go, que no quiere que esa pala­bra de Dios caiga en buena tierra, germine y dé fru­to. Tenemos que estar alertas para que ese enemigo no venga por la noche, cuando estamos despistados, cuando no vigilamos la ronda de nuestro castillo interior y nos arrebate esa palabra divina.

¿Cuándo hay que escuchar a Dios?

Hay que escuchar a Dios siempre, pero especialmente en períodos de crisis esta facultad de escuchar a Dios es parti­cularmente nece­saria. La fe, un tanto ali­caída en estas situaciones límite, sólo puede renovarse colocándola delante de la Palabra de Dios, manifestada en la Sagrada Escritura. Sólo así podremos rastrear el sentido oculto de esa situación difí­cil que estamos viviendo y que Dios ha permi­tido. Si escuchamos nuestras pasiones, oiremos nuestra voz, no la de Dios.

María busca respetuosamente

Segundo paso: buscar. "¿Cómo será esto?".

"Por eso, cuando hurgo en tus llagas
buscando las razones de mi fe...
¡No te me duelas, Señor!
Que buscar no es dudar.
El que busca es porque anhela y cree encontrar.
Y no busco para mí, sino para mis hermanos".

María busca y hurga en el sentido de la vo­luntad de Dios para Ella. La búsqueda no signi­fica desconfianza en Dios sino penetración pro­funda y objetiva de ese plan de Dios para no dar un paso en falso, para no dejarse llevar por el subjetivismo. Esa bús­queda empuja a María a cotejar sus planes, sus ilusiones, sus pro­yectos con el Plan de Dios para Ella, aquí y ahora.

Busca en la presencia de Dios. No busca en el pajar de su egoísmo con la linterna de sus propios raciocinios, por muy brillantes que fueran. Es dema­siado serio lo que Dios le ha propuesto como para despacharlo Ella sola.

El hombre es un buscador nato. Como buen peregrino que es, siempre está atravesando los campos[2] de este mundo buscando las respuestas a tantos interrogantes profundos. Busca la felicidad, lo sabemos. Todos estamos llamados a ser felices. Pero la felicidad del hombre está unida al plan que Dios tenga para cada uno. Y en el buscar y compenetrarse con ese plan, trazado por Dios para nosotros, está la felicidad.

Aquí nos asaltan otros peligros: querer buscar nuestra felicidad, al margen del plan que Dios quiere de nosotros. Resultado: no somos felices, no nos sentimos a gusto. María interpeló a Dios: “¿cómo será esto?”.

"Yo anhelo, Señor, ser todo tuyo.
¿Qué quieres que haga?
Dime, Señor, que tu siervo te escucha.
Sé que en temer a Dios y hacer lo que Él quiere,
está todo el hombre
Pues bien, Señor;
yo quiero ser todo un hombre.
Y porque quiero serlo,
me entrego completamente a Ti.
Quiero hacer lo que tú quieras.
Quiero querer lo que tú hagas.

Quiero que mi voluntad no sea otra sino la tuya.
Pero tuya no por conformidad, sino por identificación".

María cree confia­da­men­te

"Yo creo, Señor; creo en Ti
que eres la Verdad Suprema,
derramada al mundo
a través de las cinco llagas sangrantes de tu Hijo...
Creo en tu palabra inefable, serena
pues nada me sucederá sin tu disposición".

Tercer paso: creer a Dios, creer en Dios. María tenía un plan: ser virgen toda su vida. Ese era su proyecto.

Dios, por el contrario, tenía el suyo: para María ser la Madre de Dios. ¿Cómo conju­garlo? El punto de unión está en la fe de María. La fe de María unió esos dos polos que humanamen­te no podían unir­se: virginidad y maternidad al mismo tiempo en ella.

He escuchado, he buscado...y Dios me ha respondido. ¿Qué hacer? Creer en Él sin ningún tipo de titubeos, ni vacilaciones: "¿Y si no sirvo? ¿Y si luego me sale mal? ¿Y si luego no entiendo a Dios? ¡Con lo cómodo que estoy donde estoy!". "Creo, cuando tiro mis redes una y cien veces y las saco mojadas, vacías, casi rotas".

Este paso es el del amor. Dijimos que el escuchar es la actitud primor­dial de la fe; pues aquí diremos que el amor es la condición para entregarnos a Dios sin regateos. Porque no es verdad que el amor nazca siempre de la fe; lo más corriente es que la fe se aclare en un corazón que ya ama.

María acepta y se abandona gozosamente

"Yo quisiera abandonarme a Ti,
que me pongas junto a ti,
como un sello sobre tu corazón".
"Señor, pues que soy libre, renuncio a mi libertad
A mi libertad que es mi voluntad.
Y yo no quiero voluntad
Porque yo no quiero más voluntad que la tuya
¡Toma, Señor, mi libertad!
Y que sea tu divina voluntad
la única dueña y señora de mi corazón...

María no entiende del todo, pero prefiere abandonarse humilde y plena­mente al miste­rio pro­puesto por Dios, porque Él no puede defraudarle ni mucho menos engañarla: "Yo creo en Ti que eres la Verdad suprema derramada al mundo a través de las cinco llagas sangrantes de tu Hijo".

De esta manera, Ella se convierte en territo­rio libre y dis­poni­ble para que Dios haga su obra maravillosa. Así como el Edén había sido el Paraíso de la crea­ción, la Virgen sería el Paraíso, el nuevo Edén de la Encarnación.

  1. El gozo profundo en Belén (Lc 2,1-7)

En la Anunciación María es una mujer de fe. La consecuencia lógica de la fe es el amor. Belén se convierte en cuna de amor. ¿Cómo era el amor de María para con Jesús?

Amor maternal

Fue María verdadera Madre del Hijo de Dios. Una madre no engendra natura­lezas sino personas. Por eso María engendró la verdadera persona divina del Hijo. Así lo definió el concilio de Éfeso contra Nestorio que decía que María era sólo madre de Cristo hombre, es decir de la naturaleza humana. Una madre da a luz una persona y no una naturale­za. Una naturaleza no se sostiene por sí misma y en sí misma.

¡Qué diálogos de madre e hijo! “Madre, me siento orgulloso de tenerte como Madre. Gracias, por darme tu latido humano, tu cariño maternal. Gracias, por tenerme junto a tu corazón, por alimentarme con tu sangre, con tu fe, con tu amor”....”Hijo, soy yo quien estoy muy agradecido contigo. ¿Qué meritos he hecho yo? ¿Estaré a la altura de ser tu madre?".

El cristiano tiene que ser un hombre con mucho amor. Los demás tienen que sentirnos cercanos. ¡Cuántas veces tenemos que hacer de madre y de padre al mismo tiempo con esas almas atribuladas, necesita­das de comprensión, de respeto, de consuelo!

Amor virginal lleno de ternura y afecto

Este amor de María tiene el privilegio de ser, a la vez, maternal y vir­ginal. La virginidad confería una incomparable hermosura al amor de María a su Hijo. Esta virginidad puso una nota de perpetua juventud en el amor maternal de María.

El corazón del virgen es un manantial siempre fresco, incontaminado, lleno de ternura y de afecto sincero y limpio. El corazón del virgen no es un corazón seco, frío, narcisista...sino todo lo contrario, está lleno de compren­sión, de cariño, de bondad, de dulzura.

La virginidad hace sintonizar con Cristo, con sus deseos de amor, sus latidos de amor. La virginidad es la expresión de un amor más puro y más pleno a Dios. Es la orientación de todas nuestras potencias afectivas hacia Él, aspi­ración suprema del corazón humano.

"De este amor a Dios brota la bondad de pensamiento, la suavidad de juicio, la delicadeza en las expresiones, la finura en la servicialidad y cor­dialidad aun cuando se encuentre con temperamentos insoportables, tratos rudos y secos, asperezas". El amor virginal hace violencia a nuestro egoísmo, a nues­tra impaciencia, a nuestros disgustos...y los convierte en ríos de mansedumbre y bondad. "Quiero, Señor, que la dulzura invada los caminos de mi vida, dulzura de mi corazón para asemejarme al tuyo, altar de dulzura...Dulzura de mis labios para que tu palabra llegue virgen, transparente al alma de mis hermanos. Dulzu­ra de mis pensamientos, como Job en medio de su dolor".

Amor puro sin ningún tipo de egoísmo ni posesión

De ordinario el amor de una madre es posesivo. María, sin embargo, amó a su hijo, se entregó a su hijo sin buscar de Él las compensaciones que toda madre busca de ordina­rio. Se entregó a su Hijo sin esas imperfecciones propias temperamentales en que una madre manifiesta su enojo o su impaciencia o su demasiado celo posesivo. Era tal la armonía interior que reinaba en el alma de María, que nunca Jesús se sintió contrariado ni de­cepcionado por la conducta de su Madre.

Su amor a Cristo fue puro y desinteresado porque María nunca se aprovechó del puesto privile­giado de su Hijo, como quisieron hacer los discípulos que se disputaban los mejores puestos junto a ese Rey. Ella sabía que su Hijo estaba destinado a los hombres y no se lo guardó celosamente para Ella sola. Sí, se desvivía por Él, pero desinteresadamente, consciente de que si bien era su hijo, no le pertenecía a Ella: "Sería el Salvador del pueblo".

"Porque el que se ama, no ama. Porque el amor a sí mismo es exclusión. Y el amor al prójimo es donación". "Amaré, Señor, a mi prójimo en la humildad, porque la humildad es tu rostro". "Haz, Señor, que ame a mi prójimo según tu corazón con un amor puro, pero fuerte que no decline ante las flaquezas y cobardías, con un amor sin envidias, que no intente robar a mis hermanos los dones que les has concedido para que trabajasen por ti.

Amor teologal

La gracia había elevado el amor maternal de María al nivel de la caridad teologal, porque el término de su amor era directamente el mismo Dios: la Per­sona divina de su Hijo. Sin embargo, nosotros tenemos que amar a Dios a través del prójimo, hasta el punto que el mismo Dios considera hecho a Él lo que hemos hecho por el prójimo.

La filantropía camina por nuestras calles; es ese amor horizontal. Pero el amor teologal viene de arriba, de Dios.

Evidentemente, Dios otorga la caridad a todos los hombres que le abren li­bre­mente su alma; pero a María se la daba bajo la forma del amor maternal. Es decir, en María su amor maternal se identificaba con la caridad teologal. Las demás madres aman a Dios y a sus hijos con dos amores distintos; María con un único e idéntico amor.

Cuando decimos que las madres adoran a sus hijos, hay que fijar bien el límite de esta adoración, puesto que en sentido propio tan sólo a Dios puede dirigirse. ¡Es una hermosa metáfora! "Te adoro, mi solecito". María, sin embar­go, pudo adorar legítimamente y en el verdadero sentido de la palabra a su Hijo, adorarle con una religiosa veneración.

Amor generoso

Todo lo dicho hasta ahora: que su amor no es egoísta, ni posesivo, ni aprovechado...no quita que Ella le haya amado con un amor real, es decir, le haya dado todo a su Hijo: todo su cariño, todo su afecto de madre, todas sus caricias, el pensar sólo en Él, el amamantar­le, el cambiarle los pañales...No idealicemos tanto, tanto a María que vayamos a pensar que los ángeles venían a hacer lo que era deber de ella como madre.

Le dio todo: su fe, su confianza, su amor, su cuerpo. La misma heren­cia física de Jesús le venía de su Madre...Jesús tenía los rasgos físicos de María.

"Yo sólo con amor puedo, Señor, pagarte. Pero darte porque me das, no me basta. Porque otros me dieran, yo también les daría. ¡Y tú no eres...uno más, Señor! ¡Porque tú eres...tú! Y te amara aunque nada me dieses. Y te amara aun­que todo me negases.

Amor vigilante

Vigilaba las veinticuatro horas del día, como hace toda madre los primeros meses de su hijo. Una madre vigila, no duerme; sabe cuándo necesita el niño el alimento, cuándo hay que cambiarle de pañales, cuándo llora porque el niñito tiene algún dolor.

Vigila para que su hijo no reciba un mal aire.

María también tuvo que vigilar, pues había muchos Herodes sueltos que intentaban matar­le.

Hay que cuidar a ese Cristo que viene a nuestras almas todos los días en la comunión, defenderlo a capa y espada para que nadie nos lo robe ni nos lo mate.

Amor expansivo

No se quedó con su Hijo solo en Belén. A quienes fueron a la gruta les hizo partícipes de su Hijo. A los pastores, a los reyes.

"El amor a Dios incluye el amor constante, desinteresado y heroico a los demás...Muchos aún no te conocen, viven hundidos en las tinieblas, sin fe y sin amor. Que les llegue el don de tu cono­ci­miento a través de mi cuerpo. Que encienda la antorcha de su fe junto a mi fuego crepi­tante" .

  1. La ofrenda de María en el templo (Lc 2,22-39)

Tercera instantánea del alma de María: el desprendimiento. Hemos visto su fe, su amor. Demos un paso más.

Estaban felices con su Hijo en Belén. Parecía que esa felicidad no se iba a acabar. Quejarse de la pobreza, cuando tenían ese Tesoro consigo, les hubiera parecido simplemente ridículo.

Pero, no. Sobre esa alegría ya gravitaba una espada en el horizonte. Así fue. Un mes más tarde se pusieron en camino hacia Jerusalén para ofrecer a Dios ese Niño primogénito. Los primogénitos eran propiedad de Dios. En rigor los primogénitos hubie­ran debido dedicar su vida entera al servicio de Dios. Pero en la realidad eran los miembros de la tribu de Leví los que "cubrían" este servicio en representa­ción de todos los primogénitos de todas las tribus. Para esto debían pagar un precio por este rescate.

María sabía que aunque rescataba a su Hijo con ese "par de tórtolas", sin embargo, su Hijo seguiría siendo total y absolutamente de Dios. Ella lo tendría en préstamo, pero sin ser nunca suyo. María se desprendió de ese su fruto querido. Desprenderse no es cosa fácil. Es muy duro.

¿Cuál es la esencia del desprendimiento?

No consiste propiamente en la separación material, efectiva de las cosas y de las creaturas; lo cual, por lo demás, en esta tierra jamás es posible en modo absoluto: necesitamos de cosas materiales para comer, vestirnos, hacer apostolado, etc...

La esencia del desprendimiento está en la separación afectiva de todo cuanto se usa; es esa "desafección espiritual"; mante­ner el corazón libre de todo apego. Por tanto, la esencia del desprendimiento está en el desapego de ese núcleo secreto que somos cada uno de nosotros, con nues­tros ambiciones legítimas, con nuestras ilusiones santas, con nuestras preferencias.

¡Líbrame, Señor, de mí mismo!
Y ni las dulzuras del amor,
ni las exaltaciones de la dicha,
ni las amarguras del dolor,
me hagan su esclavo.

¿Cómo era el desprendimiento de María?

Doloroso. Hasta ese momento todo había sido júbilo, castañuelas, aleluyas de ánge­les, gozo de pastores. Un niño es siempre una alegría para una madre, para una familia, para un hogar. María como que hubiera querido retrasar su ida al tem­plo. Algo presentía.

Pero se puso en camino. Allá va María. ¿Qué lleva al templo? Su mejor tesoro, su Hijo querido, su todo, el objeto de su alegría profunda... Lo lleva para ofrecerlo a Dios Padre y a los hombres. No es suyo, no es para ella, no es para su disfrute personal.

¡Cómo iría sangrando su corazón durante el camino que conducía al templo, cuando lo tenía entre sus manos y lo apretaba junto a su corazón! ¡Cómo le miraría una y otra vez! “¿Qué tiene este Hijo mío? ¿Por qué es tan distinto a los demás niños?”. Si apenas había nacido...y ya Dios Padre lo quiere para sí, y la huma­nidad pecadora, triste y sola, lo reclama para sí desde el abismo de su miseria.

Y María lo lleva al templo, aunque su corazón sangraba. Todo desprendimiento es doloroso...es como arrancar la venda de una heri­da ya fuertemente adherida. Doloroso, como doloroso fue para Abraham desprenderse de su querido hijo Isaac. Doloroso, porque todo lo que uno había acariciado de bueno, lo que uno había ambicionado de noble, lo que uno tenía en posesión como pequeños o gran­des tesoritos...creía que nunca se le quita­rían. Y viene Dios y le pide el sacrificio de todo esto, cueste lo que cueste: desapego de gustos, de ambicio­nes, de planes.

A veces duele, Señor, mi sacrificio
pero por encima de mi dolor resplandece el gozo
de sentirte cerca, guiándome a la cumbre
de tu perfección por los duros caminos.
La cima es alta y yo sé, Señor,
que hay que llegar sin lastre...
quiero ponerte por encima de todas las cosas,
las largamente amadas
las fuertemente anheladas

También el desprendimiento de María fue libre y motivado. María, aunque fue conducida al templo por inspiración del Espíritu y para cumplir lo que mandaba la ley, sin embargo, ella fue libremente, sin coacción alguna. Allí fue la Inmaculada, la no atenazada por las pasiones ni por el egoísmo.

Desprenderme sólo porque me lo mandan los diez mandamientos, es absurdo. Desprenderme porque quiero volar ligero y conseguir así la santidad, es fino egoísmo, y por tanto, nuevo apego, que deshonra ese desapego que hice. Estos son motivos espúreos que agravan y dilatan ese sutil apego a nosotros mismos.

María se desapegó por un motivo teologal: porque se lo daba al Padre Celestial, de quien lo había recibido; y lo ponía a disposición de todos los hombres, independientemente de que los hombres valorasen o no esa ofrenda tan costosa para su corazón maternal.

"Yo quisiera de Ti, ¡Dios mío!,
aquel desasimiento absoluto de las cosas del mundo
que dejara sin ambages mi total entrega a Ti...
Yo anhelo, Señor, esta santa indiferencia
que me anulará a mí mismo para fundirme en Ti.
Y poder yacer en tus manos como fiel de balanza
para que tú lo inclines hacia donde se te antoje".

Junto a su Hijo, su riqueza efectiva, que no la cambiaría por nada, María también llevó al templo sus ilusiones más íntimas, su voluntad, su corazón, sus afectos, sus sentimientos más nobles y sagrados. Todo, absolutamente todo lo ofreció junto a su Hijo en el templo.

Quiero que tu voluntad se imponga a la mía
que mi pobre voluntad, expuesta a errar,
camine junto a la tuya, conocedora de la verdad,
que tu voluntad se adueñe de mi corazón,
absorba todo mi ser,
que tu gran verdad resplandezca en mi cuerpo

Desprendimiento, ¿a cambio de qué? A cambio de su Hijo, recibió en el templo por su ofrenda una espada. De por sí fue doloroso el desprenderse de su Hijo.

El anciano Simeón fue cruel con María. ¿Por qué le anticipa lo que Ella sería en vida: la madre de una piedra de escándalo contra la que tropeza­rán muchos egoísmos, placeres, orgu­llos, soberbias, potentados, reyes, siglos? ¡Su Hijo, signo de contradicción! ¡Su Hijo, piedra de escándalo! Bienaventurados los pobres...¡No puede ser!

¿Por qué una espada? Era duro aceptar esto. Dios llena a quien esté vacío. Y esa espada fue poco a poco introduciéndose en el corazón de María. En el Calvario esa espada se clavó totalmente.

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[2] De hecho la palabra peregrino viene del latín “Per-agrum”, es decir, a través del campo.

 







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