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El dolor en sentido contrario
El corto que me demostró que aun cuando me siento abandonado, Dios está ahí


Por: Santiago Benavidez | Fuente: Catholic.net



Cuando atravesamos momentos de dolor y dificultad, es sencillo culpar a Dios o sentirnos abandonados por Él, por eso en este post quiero hablar de esos momentos en los que el dolor nos hace sentir confundidos.

Cuando era chico y tenía aproximadamente siete años, me encontraba jugando en mi casa, hasta que corriendo, caí de unas escaleras y rodé hasta llegar al suelo. Recuerdo que no paraba de llorar y me dolía todo el cuerpo, enseguida mi mamá me llevó al médico, me realizaron varios exámenes para descartar alguna fractura y finalmente me dieron analgésicos que me ayudaron a calmar el dolor. Vinieron a mi mente sentimientos de vergüenza, de soledad y de angustia, pero todo el dolor se fue cuando mi mamá se acercó y me dio un fuerte abrazo.

Solo en ese momento entendí que hay dolores físicos que se curan con un medicamento y hay dolores mucho más profundos que no sanan con una pastilla, sino con un gesto espiritual y suelen ser los más difíciles en desaparecer.

Es verdad que la causa del dolor en el mundo y en nuestra propia vida en ocasiones puede parecer un misterio, algo difícil de explicar. Pero, no por eso dejaremos de intentar comprenderlo. Uno de los mayores tropiezos que podemos cometer, sino el mayor, para aliviar el dolor humano es desconocerlo: ¿Qué es lo que siento?, ¿por qué me duele?, ¿cómo reacciono ante el dolor?, ¿pido ayuda a los demás?. El video que les comparto a continuación me inspiró para pensar en el dolor cristiano, ese al que todos tenemos que afrontarnos alguna vez en la vida.

Dios también se conmueve con nuestro dolor



En cada uno de nosotros, hay una huella espiritual divina, ya que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios, y aunque nos cueste aceptarlo, al ser sus hijos, Él también se conmueve con nuestro sufrimiento, no nos abandona. El gesto de mi mamá sanó algo que ningún médico del mundo podría sanar, curó mi dolor interior con un gesto de amor que solo podía provenir del amor mismo de Dios.

Sabemos muy bien que nos encontramos en un mundo donde la percepción del dolor, acompañado de la Cruz de Cristo, va en sentido contrario. Algunos no conocen el dolor porque viven en un ambiente demasiado alejado de los grandes sufrimientos humanos, otros no conocen el dolor ajeno porque están demasiado inmersos en el suyo, lo cual hace imposible ver, percibir o compartir el dolor del prójimo.

Hay que comprender nuestro dolor y el de los demás

Con frecuencia escuchamos en nuestros círculos más cercanos de amigos o familiares, dichos como «para de sufrir», «no sufras más, deja de quejarte. La vida está para disfrutar» Pareciera que está «prohibido» experimentar alguna clase de dolor en una sociedad como la nuestra. ¿Te ha pasado alguna vez? ¡No tengamos miedo de intentar entender el dolor! No nos conformemos con ocultarlo o con ignorar el que otros viven.

Pensemos en esta pregunta por un instante: ¿el dolor no será una oportunidad que nos da Dios para aprender a amar al prójimo? Muchos dolores en el corazón se sanan entregándose a los demás. Somos seres sociales por naturaleza y aunque compartir el dolor con otra persona pueda aliviar la carga, éste no desaparecerá por completo. Pero si ese dolor se comparte con Cristo, por su gracia, sanaremos.



La mayor equivocación que podemos cometer es quedarnos encerrados en nosotros mismos, en estancarnos como el agua que no corre, se ensucia y finalmente termina por perder su pureza inicial. Te invito a ofrecerle a Dios todos tus sufrimientos y estar más dispuesto cuando veas a otro en medio del dolor o la angustia, actúa como un bálsamo que reconforte el corazón de ese hermano que te necesita.





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