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Reflexión del evangelio del Domingo 19 de agosto del 2018

Eucaristía, en Carne Viva. XX Domingo Ordinario
¿Cómo vivo yo la Eucaristía y cómo experimento ese “permanecer” en Jesús?


Por: Mons. Enrique Díaz; Obispo de la Diósecis de Irapuato | Fuente: Catholic Net



Lecturas:

Proverbios 9, 1-6: “Coman mi pan y beban del vino que les he preparado”

Salmo 33: “Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”

Efesios 5, 15-20: “Traten de entender cuál es la voluntad de Dios”

San Juan 6, 51-58: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”



 

Unos panes que son fortaleza para el camino, una sangre que es protección, un cordero que es liberación… son los signos asumidos por Cristo en la Eucaristía para fortalecer, proteger y liberar a su pueblo. Su carne es verdadera comida, su sangre es verdadera bebida. “Mi carne y mi sangre” expresan la totalidad de su persona, su realidad histórica y mortal, convertida en alimento, unión y presencia viva.

El pueblo de Israel fue poco a poco llenando de significado y simbolismo la carne y la sangre del cordero de la Pascua. Lo mismo sucedió con los panes ázimos. De una profunda motivación campirana, las fiestas pastoriles fueron adquiriendo el sentido de la liberación. La carne del cordero pascual o los panes ázimos, no son sólo el sabroso  bocado de un pueblo campesino que se reúne a disfrutar lo que con tanto trabajo ha logrado. Tampoco se reducen a la alegría entusiasta de quien da gracias a su dios por los rebaños o por las mieses,  y eleva sus cantos y oraciones por los frutos recibidos. Pan, carne y sangre, tienen un significado mucho más profundo: son la señal de la liberación de un pueblo que sufrió el yugo de la opresión y que por la mano poderosa de Dios, ha alcanzado su libertad. La sangre que mancha los dinteles, dibuja y recuerda las hazañas del Señor; la carne, asada, comida de prisa, trae a la memoria los primeros pasos a la liberación y hace presente, en este día y en este momento, al Dios liberador; los panes ázimos, apenas puestos al fuego por la prisa, hacen revivir el caminar por el desierto, bajo la mano protectora de su Dios. Hablar de pan, de maná, de la sangre y de la carne, no es hablar de signos sin importancia, es tocar las fibras más íntimas de un pueblo.

Pues en esas fibras íntimas, en carne viva, en lo profundo y más sagrado del pueblo, es donde se hace presente Jesús: “el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”. No será ya ni la carne ni la sangre del cordero, no será ya el pan ázimo, será el mismo Jesús quien se hace alimento para que el hombre tenga vida. Con el término “carne” se designa la condición terrena de Jesús (“el verbo se hizo carne”) y que ahora se hace alimento. La Encarnación no es solamente presencia, sino que da vida, salva y alimenta. La Encarnación no es apariencia, sino realidad del Jesús que hecho carne se inserta profundamente en las aspiraciones de todo hombre, les da sentido y las plenifica. Cristo no se queda en la superficie, ni se contenta con apariencias, Cristo entra en carne viva en la historia del hombre, de todos y cada uno de los hombres. Se deja tocar, sentir, oler, partir y tragar. No es ideología que se aprende, se modifica y se desvirtúa. Es carne que se come y que da vida. Dios entra en nosotros a través del camino más natural, el de los sentidos. Se hace experiencia en cada comida compartida, en cada pan repartido y en cada Eucaristía celebrada.

Cuando comulgamos no puede quedar, o no debería quedar, en un acto meramente externo. Se crea una comunión recíproca entre Cristo y el creyente a tal grado que Cristo nos dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”, una permanencia constante y estable. Quien cree en Jesús y vive en comunión de fe y amor con él, se ve introducido misteriosamente en una amistad divina. “Comer la carne de Cristo”, nos involucra en todo su dinamismo pascual. Entramos en su misma entrega, muerte y resurrección. No es fácil para el mundo judío asimilar las palabras de Jesús y les causa escándalo. Tampoco es fácil para nosotros asimilar y comprender en profundidad estas palabras de Jesús. Hay quienes comulgan como un acto participativo de un evento social, muy comunicativo, muy emocionante, pero que queda en el exterior y que no implica la transformación interna. Se entra a vivir todo el misterio del dolor y el sufrimiento de Cristo, se participa en carne viva de su misma misión y se experimenta su propia resurrección. Tan profunda, tan comprometedora y tan mística es la comunión.



El banquete es símbolo de comunión y de intimidad. Si además, en este banquete tenemos como alimento la Carne y la Sangre de Jesús, adquiere una fuerza y una integración formidables. Cada Eucaristía nos asemeja más a Jesús y nos abre mil posibilidades para el encuentro con los hermanos. Hoy también nos dice a cada uno de nosotros que es pan, carne y sangre para vida nuestra. ¿Cómo vivo yo la Eucaristía y cómo experimento ese “permanecer” en Jesús? ¿Son la carne, la sangre y el pan, elementos que me llevan a una liberación plena e íntegra? ¿Me comprometen en el misterio de salvación?

Padre nuestro, tú quieres que nuestra Comunidad sea ejemplo de fraternidad, de comunión, de compartir, de vivir la Eucaristía como fuente y culmen de nuestra vida cristiana, concédenos que, unidos a Cristo, busquemos la vida plena para toda la humanidad. Amén





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