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El Empobrecimiento del Cristianismo: protestantes y evangélicos
La Doctrina Católica nos da las Certezas que necesitamos.


Por: Javier Ordovàs | Fuente: Catholic.Net



Jesucristo, hijo de Dios, hijo de María y José, marca el nacimiento de nuestra era, es el centro de la historia humana y nos da la explicación del porqué, el cómo y el para que de nuestra existencia.

“Si os mantenéis fieles a mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32).

Toda la vida de Jesucristo es exposición de la verdad pero,  los tres breves años de vida pública y predicación han sido y seguirán siendo de enorme fecundidad para el ser humano, a partir de su muerte en la cruz y su resurrección.

La humanidad, antes de la llegada de Cristo estaba desorientada y debilitada  para el conocimiento de la verdad. La prehistoria del cristianismo, la historia del pueblo hebreo,  es el relato de toda la preparación que Dios hace para, después de la creación dañada por el actuar humano, enviarnos a su hijo Jesucristo y recuperar nuestra dignidad.

La predicación de Jesucristo ha sido de tal fecundidad que gracias a ella, la razón humana ha recuperado su capacidad para descubrir y definir la verdad, en los aspectos claves del pensar y actuar humanos.



Eso es lo que más nos interesa del Antiguo Testamento,  la confirmación de que Cristo es la alianza definitiva querida por Dios Padre para la salvación de la humanidad, aparte de los aprendizajes morales que se desprenden del actuar incierto del pueblo israelita.

Lo que más necesitamos de la Biblia es la vida, hechos y predicación de Jesús. El resto de la Biblia está al servicio de sus palabras, es simplemente un anuncio de la Buena Nueva. Jesucristo culmina la historia del pueblo hebreo y el cumplimiento de la Antigua Ley para establecer un Mandamiento Nuevo. El Antiguo Testamento es prehistoria y ley cumplida y abolida por el Mesías.

Juan 14,1-12: Entonces Tomás le dijo: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?".  Jesús le respondió: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí".

Es admirable observar el rigor científico con el que la Iglesia, estudiando a Jesucristo, a lo largo de más de 20 siglos, ha ido definiendo las verdades y exponiendo como la razón humana es capaz de explicar la fe. La fe no es inculta, todo lo contrario, es razonable.

Los cristianos empobrecemos el cristianismo cuando no lo conocemos bien, cuando actuamos contra nuestros principios y cuando lo exponemos inadecuadamente. Eso lo sabemos y, por ello, la solidez de la doctrina católica nos da las certezas que necesitamos contra nuestra débil voluntad y escaso conocimiento.



Sabemos que hay una verdad y un camino aunque nuestros errores sean incontables. Tener ese sólido punto de apoyo da claridad a nuestra vida.

Por eso, cuando cristianos, como los protestantes, o los evangélicos, enuncian los principios de ¨sola fe¨ o ¨solo la escritura¨, están  vaciando el cristianismo, están vaciando la verdad porque están eliminando la capacidad de la inteligencia humana, la libertad y consiguiente responsabilidad de la persona.

¨El camino, la verdad y la vida¨ es Jesucristo, no es la Biblia. La llamada ¨libre interpretación de la Biblia¨ tiene su origen en  la vanidad de pensar que no son válidos 20 siglos de investigación de la doctrina de Jesús, en la inteligencia, en la lógica y en la profunda piedad. Pero si confían en  el fervor entusiasta de una pastor lleno de buena voluntad. Eso genera miles de iglesias, con miles de interpretaciones y millones de incertidumbres, en lugar de certezas. Eso es lo contrario del ¨camino, la verdad y la vida¨: eso son muchos caminos, muchas verdades y muchas vidas.

La certeza doctrinal no es solamente una necesidad sicológica, sino una exigencia de la razón humana, es prueba de seriedad y rigor en el pensamiento.

Cuando los cristianos no practicamos los sacramentos, estamos despreciando la ayuda, la gracia, que Jesucristo nos ha ganado para vencer nuestra debilidad de voluntad e inteligencia, estamos empobreciendo nuestra vida espiritual.

Cuando los protestantes evangélicos, ignoran los sacramentos, están privando a los cristianos de ¨el camino y la vida¨ que nos ha ganado y ofrecido Jesucristo. Tienen que recurrir a las actuaciones emotivas y sugestivas de puestas en escena de oratoria que ilusamente llaman ¨la palabra¨. Quizás a muchas prédicas católicas les falta esa capacidad persuasiva. Están empobreciendo el cristianismo de sus verdades, de sus certezas, ganadas con la razón  y la fe, y sustituyéndolas con técnicas, más o menos acertadas, de oratoria y conferencias bíblicas, poco centradas en la vida y palabras de Jesucristo y muy concentradas en el Antiguo Testamento, en la prehistoria.

Hasta incluso la Biblia la han empobrecido, eliminando los siete libros llamados Deuterocanónicos que  Jesús cita en frases de la Septuaginta en el 80% de sus referencias al Antiguo Testamento. De hecho, en el nuevo Testamento se citan 351 veces textos de estos siete libros que los protestantes y, curiosamente también los judíos, eliminan de la Biblia.

La Iglesia Católica en su propia historia ha aprendido los errores que no se deben repetir pero, también ha acumulado la experiencia de millones de santos con vidas ejemplares que nos enseñan las muy diversas maneras de imitar a Jesucristo. Toda esa experiencia enriquecedora la desaprovechan los protestantes.

Desconocen que, a través de Jesucristo, todos somos intercesores, no solo los santos. Y empobrecen la vida del cristiano al ignorar que el cumplimiento de nuestros deberes ordinarios de familia, amistad y trabajo, a través de la Redención de Cristo, son también corredentores.

El vacío histórico del conocimiento de la verdad en los protestantes, les ha generado una debilidad y confusión doctrinal, con falta de certezas, un empobrecimiento de tradiciones, litúrgico, cultural y hasta artístico. El total empobrecimiento de la unidad cristiana en un solo rebaño y un solo pastor.

Y. finalmente, un empobrecimiento espiritual por la falta de los sacramentos instituidos por Jesucristo. En sus templos no se celebra el Sacrificio Eucarístico, ni tienen la reserva de La Eucaristía, no tienen a Cristo presente en el pan, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Sus templos están, vacíos, empobrecidos, sólo tienen la entusiasta palabra del pastor y la emoción de los cantos.

¡Son tantas las riquezas que se pierden!

 





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