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Renovando el amor conyugal
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El amor conyugal es la gran aventura de dos.


Por: María Teresa González Maciel | Fuente: Catholic.net



“Ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo… No pueden los torrentes apagar el amor, ni los ríos anegarlo". Ct 8-6, 7

 

El 2018 se nos presenta a todos como un cuaderno en blanco. De él tenemos la posibilidad de hacer en sus hojas una obra, o llenarlo de mediocridad escribiendo apenas unas líneas de cosas buenas y significativas, y dejando la mayoría  de páginas con rayones, sin calidez, sin ternura, sin la fuerza del amor.

Uno de los propósitos que más favorecen a la persona, a la familia, a la sociedad, es voltear a ver el rostro de quien elegimos como compañero (a) de viaje, una persona que nos valoró y valoramos de tal forma que nos llevó a dejar la familia para ser una unidad.

Al inicio de la relación todo parece ir bien, los enamorados están centrados en lo positivo, en lo bello, en lo bueno de la otra persona. Y parece que oímos y vivimos la frase: “Y fueron muy felices”.



Toda relación requiere esfuerzo, compromiso, entrega, aceptación total del compañero (a) y donde es necesario permitir que aflore la totalidad del otro, las zonas menos amables.

Si existe unión, comunicación, apertura, voluntad y amor esas áreas, menos atractivas, se van sanando y superando.

Esas zonas más obscuras, que despiden un olor no grato, tienen su origen primero en nuestra naturaleza humana que está dañada por el pecado. Un segundo factor son las heridas que se han vivido a lo largo de la vida y que si no se sanan siguen emergiendo a la superficie, con ira, manipulación, adicciones y doblez.

La invitación es jugar el juego del explorador

Permitirnos ser investigadores. Adentrarnos en la belleza única e irrepetible de la persona que amamos. Ir extrayendo, sacando a la luz toda la bondad y belleza que existen en su interior.



Lo anterior solo es posible cuando este explorador está dispuesto también a encontrarse con gases tóxicos, polvo, bacterias patógenas, lo desconocido, lo no  atrayente.

El matrimonio que se deja guiar por la presencia de Dios tiene la posibilidad de vivir el verdadero amor. Esto se da en la exploración, en la aceptación y amor a la persona en todas sus facetas.

¿Qué pasos ayudan al explorador a encontrarse con el rostro de la persona que eligió amar?

Retomar la ilusión de los primeros días para encontrarse con la prenda amada; algunas pautas son:

Desempolvar las herramientas de la comunicación.

1.    Dedicarse al menos un día, una tarde para los dos.

En lo cotidiano mantener abiertas las puertas del corazón para que el otro (a) conozca nuestro interior; compartir  conocimientos, intereses, sueños.

2.    Cuidar los detalles.

Incluye el tono de voz amable, los piropos, una carta, una nota, un chocolate, una flor.

3.    Custodiar la relación de tal forma que lo exterior no afecte la relación matrimonial.

Familiares, amigos, evitar el uso excesivo de internet, T. V, chats WhatsApp, Facebook, celular, Twitter, Instagram. Blindar el amor de las cosas exteriores que lo puedan dañar.

4.    Capacidad de admirarse, de sorprenderse.

¿Cuánto tiempo hace que no te sorprendes, o te detienes a admirar la belleza interior de la persona que amas?

5.    Paciencia y amor.

Cuando nos enfrentamos con actitudes y zonas no gratas, mirarlas con calidez, con amor, ayudando a recrearlas en cosas positivas.

6.    Tener la capacidad de reírse.

No dramatizar los momentos difíciles. Dejar que aflore el sentido del humor.

7.    Apoyo y ayuda mutua en el crecimiento de la pareja.

La búsqueda de la superación del amado, impulsarlo en sus sueños, sus metas.

8.    En caso necesario buscar ayuda espiritual o psicoterapéutica con una persona formada en los valores y en la fe.

9.    El perdón y la misericordia no pueden faltar.

Ver al otro y a si mismo con bondad, con un corazón amoroso ante la fragilidad propia y ajena.

10.    Eliminar la lista de agravios del pasado.

Lo único que conseguimos es frenar la marcha de la relación.


Pretender que la relación permanezca siempre en la etapa del enamoramiento, de la ilusión donde se busca que todo sea perfecto, es quedarnos atrapados en el mundo de la inmadurez,  del narcisismo, del yo.

Atrevámonos a dar ese paso que nos lleva a lograr remontar a las mayores alturas como personas. Que nos impulse a contemplar, valorar, vivir, lo que no podríamos alcanzar encerrados en una burbuja, en un mundo de ilusión.

Jesús nos enseña con su ejemplo a permanecer en el amor. A no salir huyendo ante las primeras de cambio. A darnos la oportunidad de crecer frente a la propia realidad y la del amado. A mirarnos, conocernos, aceptarnos, superarnos.

El amor conyugal es la gran aventura de dos. Es una danza en la que se tiene la oportunidad de crecer, madurar, practicar el auténtico amor que conlleva aceptación, misericordia, capacidad de transformarse  y de colaborar en la transformación de la persona amada.
 

 

Artículo patrocinado.

Gracias a nuestro bienhechor Francia Santana por su donativo, que hizo posible la publicación de este artículo

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